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En Montería, el agua volvió a cobrar lo que le quitamos

Entre los barrios donde crecí, en la margen izquierda del río Sinú, en Montería, la imagen es repetida: familias evacuando con lo indispensable ante el miedo a perderlo todo. ¿La solución? A mediano y largo plazo: prevenir, que significa aceptar que el río necesita territorio.

Ronald Ayazo*

15 de febrero de 2026 - 08:06 a. m.
En Montería decretaron toque de queda nocturno en varios sectores de la ciudad.
Foto: Alcaldía Montería

En Montería y Córdoba el agua no solo se lleva muebles y recuerdos, sino también deja al descubierto nuestra fragilidad institucional. Las inundaciones de estos días, disparadas por un frente frío atípico que descargó en menos de 24 horas lluvias equivalentes a un mes, nos recuerdan que, cuando el clima aprieta, el agua siempre gana.

Con acciones que en varios casos parecieron improvisadas durante las últimas semanas, volvió a quedar claro que en mi tierra natal la gestión del riesgo se activa casi exclusivamente para atender el desastre, no para prevenirlo. En Montería, mientras algunos barrios intentaban sacar el agua con urgencia, se hizo evidente que el Estado llega tarde y, muchas veces, poco: vecinos, empresarios y voluntarios terminan sosteniendo —a pulso— lo que debería ser política pública permanente.

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(Lea Atención: el caudal de agua que entra a la hidroeléctrica Urrá aumentó 69 % en solo 24 horas)

Los números abruman, pero lo que más pesa no cabe en estadísticas. Se habla de decenas de miles de familias damnificadas y afectadas en Córdoba. Entre los barrios donde crecí, en la margen izquierda del río Sinú, en Montería, la imagen es repetida: familias evacuando con lo indispensable, ante el miedo a perderlo todo en un éxodo histórico y aterrador que alcanzó a detener el tránsito por varias horas en los dos puentes que conectan este sector con el resto de la ciudad. Estas familias, hoy lejos de sus viviendas por evacuación obligatoria, cargan además con otra angustia: el temor a que les roben lo poco que pudo salvarse del agua dentro de casas ahora abandonadas.

Pero el agua no llega sola. Llega con decisiones. Y aquí entra un actor imposible de ignorar: Urrá. Históricamente la hidroeléctrica —como parte de la defensa frente al desastre social y ambiental que se le atribuye— ha sostenido una narrativa técnica y política: que “ha evitado peores inundaciones” gracias a la regulación del embalse. Sin embargo, esta vez queda la evidencia vivida de que la operación de la represa no mitiga el pico, sino que agrava la situación de inundación para las comunidades aguas abajo. En medio de lluvias excepcionales, la empresa anunció incrementos “controlados” de descarga y reboses descontrolados al río Sinú por el aumento del caudal en el embalse. El Ideam, por su parte, advirtió el tránsito de una onda de creciente por Córdoba y el aumento significativo de caudales aguas abajo del río Sinú. Cuando esas piezas se juntan —cuenca saturada, creciente del caudal y descargas desde el embalse— el resultado se parece a lo que vimos: el río y su sistema hídrico empujando agua hacia donde ya no hay espacio para recibirla.

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Y ese “ya no hay espacio” tiene nombre y apellido: ocupación histórica del valle de inundación y desaparición de humedales de planicie. Lo que antes eran zonas de amortiguación —ciénagas, rondas, playones y bajos inundables— hoy son barrios, vías, rellenos, muros, camellones, diques y promesas de “urbanismo” sobre terrenos que el agua siempre reclamó como suyos. Lo que llamamos “desastre natural” muchas veces es, en realidad, una factura social por haber ignorado la ecología básica del territorio.

Habitantes de Montería intentan rescatar sus pertenencias tras la creciente del río Sinú.
Foto: EFE - Carlos Ortega

Por eso, cuando el presidente desde Montería volvió a proponer aplicar con fuerza pública la Sentencia T-194 de 1999, para la recuperación de humedales en Córdoba, tocó una verdad incómoda: el país lleva décadas reconociendo el problema en el papel, pero no logra ejecutarlo en el territorio. La sentencia existe, las competencias existen y los diagnósticos sobran. Lo que no ha existido es una articulación efectiva y sostenida entre autoridades ambientales, entes territoriales y Fuerza Pública para pasar del fallo a la acción. Y sin esa coordinación, la sentencia se convierte en consigna: útil para un discurso, insuficiente para una creciente.

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La inundación del sábado pasado dejó a miles de personas con el corazón en la garganta y la casa vuelta nada. En la margen izquierda, incluyendo familiares y amigos de infancia, se perdió el patrimonio de una vida: colchones, neveras, fotos y documentos, cosas adquiridas con años de trabajo. En estos días suele aparecer, desde el deseo de consolar, el consejo: “Hay que agradecer que seguimos vivos, lo material se recupera”. La vida es más importante, sí. Pero esa frase también puede convertirse en una forma de minimizar lo que duele. Sentir tristeza y agotamiento no es ingratitud ni falta de fe. Es humano. Los duelos por la casa, por el esfuerzo y por la seguridad perdida son necesarios. Y negarlos no acelera la recuperación: la vuelve más dura.

Lo inmediato, para los barrios inundados de la Comuna 1 en Montería y tantos otros, no termina cuando el agua baja. De hecho, ahí empieza otra emergencia: aguas estancadas, vectores, infecciones, problemas respiratorios y una crisis psicológica silenciosa que se cuela en la noche, cuando ya no hay ayudas ni visitas oficiales. A eso hay que sumarles las pérdidas agropecuarias, inmensas y el sufrimiento de animales perdidos o abandonados.

A mediano y largo plazo, lo que casi nunca hacemos: prevenir. Y prevenir no es comprar más motobombas o canalizar más desagües para atender la emergencia. Es aceptar que el río necesita territorio. Es rehabilitar bosques de ronda e inundables. Es rehabilitar o crear humedales temporales donde el Sinú se pueda explayar sin destruir vidas. Es recuperar —de manera realista— pulsos de expansión del agua que el valle tenía, pero diseñados con criterios modernos y ajustados a las realidades del paisaje: zonificación del riesgo, reasentamientos concertados cuando no hay alternativa, infraestructura verde y azul, y reglas claras para no seguir urbanizando donde el agua siempre volverá.

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También es transparencia: si tantas vidas dependen de la operación de Urrá, la ciudadanía tiene derecho a información clara, oportuna y verificable sobre escenarios, umbrales y planes de acción frente a posibles eventos de riesgo, con monitoreo independiente y ciudadano. Porque en emergencias la confianza aguas abajo es tan importante como la operación del caudal en el embalse.

Córdoba no necesita más discursos sobre resiliencia. Necesita un pacto territorial serio con memoria: aprender de esta calamidad para que la próxima no sea otra tragedia anunciada. La solidaridad salva vidas hoy, pero solo la prevención salva vidas mañana.

* Investigador del Centro Soluciones Basadas en la Naturaleza, Dirección de Conocimiento. / Instituto Alexander von Humboldt

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Por Ronald Ayazo*

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