17 Nov 2020 - 2:08 a. m.

Iota, una pesadilla para Providencia

Ayer Iota, que terminó como un huracán de categoría 5, causó estragos en la isla de Providencia y generó coletazos en la costa Caribe. El 2020 se convirtió en el año con más ciclones tropicales. El resto del país padece, además, el fenómeno de La Niña. El presidente Iván Duque pide solidaridad con los damnificados.

Providencia vivió ayer uno de los días más difíciles de este siglo. El huracán Iota, que antes de que empezara el lunes estaba clasificado como de categoría 2, pasó casi intempestivamente a categoría 5. Alrededor de las 10 a.m. de ayer, el National Hurrican Center (NHC) de Estados Unidos emitió un comunicado anunciando la noticia: justo cuando el huracán pasaba en cercanías a la isla de Providencia, Iota tomaba más fuerza y pasaba de categoría 4 a 5, la máxima en el escalafón de ciclones tropicales.

Ese número quiere decir, como explica la página de la NASA, que la velocidad del viento es de 157 millas por hora y que el daño que puede ocasionar en tierra firme es catastrófico. El último aviso del NHC antes del cierre de esta edición empezaba con un párrafo de alerta: “Se espera que Iota traiga vientos catastróficos, una marejada ciclónica amenazante a la vida y lluvias torrenciales a América Central”. En ese momento el huracán estaba rumbo a Nicaragua y Honduras.

Cuando se escribían estas líneas no se sabían con precisión las afectaciones que generó Iota en territorio colombiano. Desde la madrugada del lunes Providencia había quedado incomunicada y la señal en la isla de San Andrés no era buena. Los pocos videos que circulaban en redes sociales mostraban algunos árboles caídos, intenso oleaje, lluvias y fuertes vientos. Antes del cierre de esta edición, Providencia, según el presidente Iván Duque, había presentado daños en el 98 % de su infraestructura, así como una persona muerta.

El primer mandatario anunció ayudas para los damnificados y les pidió a los colombianos solidarizarse con los compatriotas afectados por el fenómeno natural.

Mientras tanto, las imágenes del Satélite Geoestacionario Operacional Ambiental, el artefacto que captura “imágenes fotos” de los ciclones tropicales y permite a los científicos emitir alertas casi en tiempo real, mostraban el avance de Iota a 35.888 kilómetros de altura.

Con esas “fotografías”, el 2020 batía un récord: pasó a ser el año con más actividad de huracanes en el Atlántico en toda la historia, desde que se hacen registros oficiales (1851). Desde que empezó la temporada, con la formación de Arthur el 16 de mayo, se han presentado 30 tormentas. El mayor registro lo tenía 2005, con 28.

La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos guarda el listado completo de los que se han presentado en estos meses: Arthur, Bertha, Cristóbal, Dolly, Edouard, Fay, Gonzalo, Hanna, Isaías, Josephine, Kyle, Laura, Marco, Nana, Omar, Paulette, René, Sally, Teddu, Vicky, Wilfred, Alpha, Beta, Gamma, Delta, Epsilo, Zeta, Eta, Thera e Iota. Si hay un próximo su nombre será Kappa. Aunque, advierte la NOAA, la temporada de huracanes finalizará el 30 de noviembre, con algunas tormentas adicionales.

Iota llega el mismo año en el que Kerry Emanuel, catedrático del Departamento de Ciencias de la Tierra, Atmosféricas y Planetarias del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), fue premiado internacionalmente por haber sido el primero en establecer una relación entre el cambio climático y los huracanes. A principios de enero, la Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento lo galardonó por el trabajo que había empezado en los años 80 y 90.

“Sus teorías predicen la intensificación de huracanes y tifones con el calentamiento global, algo que ya se ha observado. Su investigación ha abierto nuevas vías para estimar el riesgo asociado con fenómenos climáticos extremos”, dijo entonces el jurado.

Cuando recibió la noticia del fallo, Emanuel resumió el frágil escenario en el que estamos en un párrafo: “Un calentamiento de 3º C supondría huracanes un 15 % más intensos, pero el incremento en su capacidad destructiva se mide calculando el cubo de la velocidad del viento, así que nuestra estimación es que con este mismo aumento de 3 ºC su potencial para provocar daños aumentaría entre un 40 y 50 %”.

“Los huracanes son devastadores. Es nuestra responsabilidad hacer todo lo que esté en nuestras manos para reducir este riesgo. Debemos dejar de hacer caso a las voces negacionistas y es

cuchar a nuestros hijos, que nos están reclamando que actuemos. A mí me avergüenza que no lo estemos haciendo”, comentó entonces.

Además, fenómeno de La Niña

Aunque las ciudades costeras de Colombia habían sentido el coletazo del huracán Iota, también han tenido que enfrentar en las últimas semanas otro fenómeno de variabilidad climática: La Niña. Las lluvias que caracterizan este período, y que se presentan en buena parte del territorio nacional, ya han dejado saldos inquietantes a lo largo del fin de semana.

En Dabeiba (Antioquia), uno de los municipios más afectados por las precipitaciones y los deslizamientos, había hasta el cierre de esta edición había, por lo menos, 4 personas desaparecidas y cinco muertas, según el gobernador Aníbal Gaviria. En Chocó había 6.771 familias damnificadas. En Cartagena, donde las calles se inundaron, declararon calamidad pública. Hace unos días en Fundación, Magdalena, el río se desbordó. Lo mismo sucedió en Aracataca, Zona Bananera y El Retén, municipios de ese departamento.

Son imágenes que se asemejan a las que vivió el país en 2010, cuando el fenómeno de La Niña desembocó en la inundación de varios municipios. En ese entonces las autoridades advirtieron la necesidad de tomar decisiones para evitar esas tragedias. No todas han sido acertadas.

Como le dijo hace unos días a este diario la bióloga Sandra Vilardy, el país debe “evolucionar y reconocer a la Colombia anfibia. Necesitamos diseñar obras en humedales, con los humedales, no cercenando ni cortando el humedal, porque el 30 % de nuestro territorio nacional son humedales, y esta es la mejor garantía que tenemos para la adaptación climática”.

Su petición, como la que han hecho cientos de ambientalistas, es que se empiecen a tomar “soluciones basadas en la naturaleza”.

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