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En 2020, un grupo de científicos australianos describió un árbol nuevo para la ciencia. En su descripción señalaron que era “de tamaño pequeño a mediano, con grandes hojas de color verde oscuro, corteza peluda y flores blancas vellosas que crece en los bosques tropicales de la región de Burnett, en Queensland”, en el oriente de Australia.
Sin embargo, en ese momento, los investigadores no lograron ponerse de acuerdo para darle un nombre. El problema es que, desde entonces, el 10 % de los árboles han muerto y ninguno de los que quedan puede producir flores o fruto.
¿La razón? La especie está siendo afectada por la roya de mirto (Austropuccinia psidii), un hongo patógeno de color amarillo brillante que ataca y mata los brotes jóvenes una y otra vez. Esto significa que “un árbol infectado no puede crecer ni reproducirse y, finalmente, muere”, explicó Rod Fensham, botánico de la Universidad de Queensland.
Recientemente, los científicos nombraron a la especie como Rhodamnia zombi, pues afirman que se necesita una ayuda ambiciosa para revertir su estado de “muerte viviente”. En palabras del profesor Fensham, “es una carrera contra el tiempo”.
De hecho, agregó el investigador, la Rhodamnia zombi hace parte de una lista (especies en categoría X) de las 17 especies que se encuentran potencialmente en peligro crítico de extinción debido a esta enfermedad, identificada por primera vez en Australia en 2010.
“Sin ninguna intervención, las 17 especies de esta lista de categoría X se extinguirán en una generación”, explicó el profesor Fensham, al señalar que ninguna de estas parece tener resistencia a la roya de mirto y que no existe ninguna población silvestre que aún no esté infectada.
Pese al panorama complejo, recientes análisis han mostrado que el genoma más amplio del género Rhodamnia ofrece cierta esperanza para el árbol zombi, pues otras especies relacionadas mostraban resistencia a la roya del mirto.
Mientras tanto, los investigadores buscan esquejes limpios antes de que la roya de mirto los ataque para intentar propagarlos en lugares seguros. Una vez se reproduzcan, los científicos esperan encontrar en las semillas la resistencia necesaria para enfrentar el hongo.
“Es una oportunidad única para estudiar este proceso evolutivo que se ha producido innumerables veces en la naturaleza a lo largo de milenios”, concluyó Fensham.
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