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La novela del caimán llanero, parte 3: La casa de los cocodrilos esconde un silencioso caos

Tercera entrega de lo que está pasando con los cocodrilos del Orinoco. Un asunto de fondo en esta discusión, que ha pasado inadvertido: el pequeño caos en el que ha permanecido la Estación Roberto Franco, donde hay 127 animales. ¿Quién le dará un salvavidas?

Sergio Silva Numa

08 de junio de 2026 - 11:11 a. m.
Pintura de un caimán llanero en la Estación Roberto Franco, en Villavicencio.
Foto: Sergio Silva Numa
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*Nota editorial: Esta es la tercera entrega de un reportaje sobre “Crocodylus intermedius”. Antes de leerla, le sugerimos ver la primera parte: “Algo no encaja en esta historia de cocodrilos”, y la segunda parte: Y ahora, ¿qué hacemos con estos huevos de cocodrilo?

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La profesora Olga Castaño-Mora es muy conocida entre quienes estudian tortugas. Fue alumna del mítico Federico Medem, que en 1966 se puso al frente de la Estación de Biología Tropical Roberto Franco, con la idea de sacar de problemas al cocodrilo del Orinoco. La venta de su piel, apetecida para hacer zapatos y bolsos, lo había llevado al borde de la extinción en Colombia a mediados de siglo.

—Pero no me diga que soy la dura de las tortugas —replica al otro lado del teléfono con su acento caldense—. Fui la dura, en algún momento. Hoy hay gente mejor formada que maneja nuevas herramientas.

A finales de la década de 1970 Castaño-Mora viajó con una compañera hasta la Estación Roberto Franco, en Villavicencio, para proponerle a Medem que dirigiera su tesis de pregrado sobre serpientes. Él, uno de los herpetólogos más respetados, fue honesto: “No tengo ni idea de qué hacer con serpientes”.

—Me propuso, en cambio, que lo ayudara a investigar dos especies de tortugas que había en la Estación. Había muchísimas, de varios lugares de Colombia. Las teníamos casi todas.

La profesora Castaño-Mora, ya retirada de los afanes de la academia, recuerda a Medem como una “persona encantadora”, que todo el tiempo estaba mezclando anécdotas de su infancia y adolescencia con apuntes sobre ciencia. No olvida que cuando llegaba diciembre Medem tenía que sacar plata de su bolsillo para alimentar a los animales, pues en la Universidad Nacional cerraban la caja del presupuesto al finalizar el año y la abrían de nuevo en febrero o marzo. Además de las tortugas, tenía que darle de comer a dos machos muy grandes y a cuatro o dos hembras (su memoria no es del todo precisa) del Crocodylus intermedius, como los científicos llaman al cocodrilo del Orinoco.

—¡Imagínese! Desde entonces había ese problemita.

Imagen de un cocodrilo del Orinoco en la Estación Roberto Franco, una especie que está en Peligro Crítico de Extinción.
Foto: Sergio Silva Numa

Por aquellos días no era un secreto que en los pasillos de la facultad de Ciencias algunas personas pensaban que sostener a la Estación era “botar el dinero”. Por fortuna, asegura Castaño-Mora, a su cabeza estaba una persona que era un “especialista mundial” y “estaba haciendo una investigación pionera”. A nadie, al parecer, se le ocurría darle la espalda a un investigador que allanó el camino a quienes se han dedicado a entender a los reptiles y a los anfibios.

Hoy nadie niega el rol que ha tenido la Estación Roberto Franco en evitar la extinción de Crocodylus intermedius. Tanto los veterinarios como los biólogos de la Universidad Nacional que han pasado por sus pasillos agradecen que haya permanecido entre el caos urbano del centro de Villavicencio. Pero, después de más de medio siglo de haberse creado, en la facultad de Ciencias aún corre el rumor de que esa “unidad académica básica” —que es como está clasificada— continúa siendo un pequeño dolor de cabeza por el gasto que implica sostener a los cocodrilos.

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De acuerdo con su director, Andrés Felipe Aponte, en este momento hay 127 ejemplares de Crocodylus intermedius que, junto con 228 tortugas, le valen a la Universidad Nacional COP 7 millones semanales, aproximadamente. Los cocodrilos, complementa Andrés Quirós, licenciado en Producción Agropecuaria y contratista de la Estación, están recibiendo cada semana unos 330 kilogramos de pescado, 45 kilogramos de res y otros 65 kilogramos de vísceras. Con los neonatos hay que ser más quisquillosos: cachama en trocitos y multivitamínicos. Estas cifras, sin embargo, no incluyen los 180 (o 179) individuos que hay en el Parque Merecure ni en la Universidad de los Llanos, a donde trasladaron animales en diferentes momentos de la última década.

—Por ese costo, desde que yo era estudiante de esa facultad (los primeros años del siglo XXI) era un secreto a voces que la Estación era como un hijo que lo único que ha hecho es comerse el presupuesto. Sé que de muchas maneras se ha intentado replantear esa obligación de cuidar a los animales— dice un científico que también investigó en ese lugar, pero prefiere no ser citado.

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Afiche del programa de conservación del caimán llanero en la Estación Roberto Franco.
Foto: Sergio Silva Numa

Para el físico Jairo Alexis López, que ocupó la decanatura de Ciencias entre el 2018 y el 2021, también fue un dolor de cabeza, aunque le parece importante mantenerla por la tradición que representa y por ser una puerta para estar en contacto con la Orinoquia. Según la decana actual, Gabriela Delgado, sumando la alimentación de los animales y el salario de los trabajadores (que suelen ser 15), la Estación vale alrededor de COP 1.000 millones cada año. Lamenta que ni Cormacarena, la autoridad ambiental de la región, ni el Ministerio de Ambiente, hayan aportado un peso para ese sostenimiento si fueron actores que estructuraron el Programa Nacional para la Conservación del Crocodylus intermedius.

El profesor López añade un elemento que, cree, no es menor y que está en la raíz de la discusión que se ha desatado en las últimas semanas: en su época como decano había una relación muy compleja con los trabajadores de planta. Es un punto en el que coincide Carlos Moreno, que dirigió la Estación durante 2024.

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—Cuando llegué había un conflicto entre trabajadores y administradores. Era dificilísimo y eso entorpecía el trabajo —agrega Moreno.

—La verdad es que nadie quería ser director de la Roberto Franco. Yo tampoco —admite Mario Vargas, director entre 2019 y 2023—. ¿Por qué? Había un conflicto grande entre los trabajadores.

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—En estas últimas dos décadas ha habido choques gigantes entre empleados. Una persona en particular, que posicionaron como “experto” sin serlo, siempre dificultó el trabajo de los científicos que llegaban. Era una pesadilla —señala alguien más que conoce de cerca la historia de la Estación, pero pide reserva de su nombre.

Ha habido “problemas de ambiente laboral” es la manera como la decana Delgado sintetiza la situación que otro colega suyo define como un “agujero negro” para quien se le mida a su dirección: “Le toca aprender a relacionarse con las personas y tener mucha paciencia. Pero, además, debe lidiar con la parte administrativa y, si el tiempo lo permite, tratar de hacer algo de investigación, pero es muy difícil. Por eso es que, comparada con otras unidades académicas básicas — como Biología o Química—, la Estación nunca pudo mostrar resultados tangibles como producción científica”.

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Trabajar, ¿pero con dos bandos?

Uno de los estanques on individuos del cocodrilo del Orinoco en la Estación Roberto Franco.
Foto: Sergio Silva Numa

Hoy las cosas no han cambiado mucho en la Estación Roberto Franco. A raíz del reciente debate —que venía dándose en los pasillos de la Universidad Nacional desde inicios del 2025, pero que se transfirió a medios de comunicación y redes sociales estas semanas— todos están con los pelos de punta y cuidan sus palabras en cada entrevista.

Algunos de los funcionarios, medio en broma, medio en serio, se refieren a la existencia de “dos bandos”: los que estaban antes y los que llegaron hace pocos meses, como Andrés Felipe Aponte, el nuevo director. Él prefiere no hablar de ese tema y trata de mantener una relación cordial con todos, pero su idea de “ordenar la casa para entender mejor qué animales hay —y ha habido— en la estación” y cuál es la condición de cada uno, no es que le robe sonrisas a los trabajadores de planta, que llevan, algunos, más de una década.

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Una de las cosas que no se explica es cómo no existe un inventario digital minucioso de todos los cocodrilos de la Roberto Franco ni de todas las tortugas, en el que se pueda buscar los detalles de cada individuo: desde el número del chip que le implantaron al nacer y que es del tamaño de un grano de arroz, hasta las diferentes mediciones que le han hecho a lo largo del tiempo. Además, dice, debería estar digitalizado el historial médico y el salvoconducto que otorgó la autoridad ambiental (Cormacarena) si es que, en algún momento, algún animal fue trasladado a otro lugar.

Quienes trabajan en centros de conservación de fauna llaman a esa compilación una “hoja de vida”, algo así como la “biografía” de cada individuo.

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Para Ximena Valderrama, veterinaria de la Fundación Omacha, que se encarga de estudiar y proteger delfines de río y manatíes, una de esas hojas de vida “debería incluir toda la información del animal desde su ingreso hasta la actualidad. Eso incluye identificación (especie, sexo, edad y peso), motivo de rescate o decomiso, examen clínico completo, diagnósticos, resultados de exámenes, tratamientos, alimentación, evolución diaria, comportamiento y bienestar, además de aspectos de manejo, bioseguridad y evaluación para una posible liberación”.

Debido a ese “vacío” digital, una de las primeras decisiones que tomó Aponte como director fue escanear todos los archivos físicos que hay en la Estación Roberto Franco. Es una tarea en la que ayudan dos personas, una nueva y otra antigua: Andrés Quirós, que se vinculó hace unos meses como contratista, y Carlos Piraligua, que entró en 2012. En la sala principal de la Estación, protegida por mosquiteros, ambos se sientan, día tras día, a revisar cada documento mientras toman un café tras otro y ven desfilar a funcionarios de otras entidades. Ya han escaneado 400 hojas de vida. A ojo de buen cubero, les falta el 25%, expresa Quirós.

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En la Estación Roberto Franco hay 127 individuos del caimán llanero.
Foto: Sergio Silva Numa

Todos son muy prudentes a la hora de hablar de lo que hay y no hay en esas carpetas, pues prefieren escarbar más a fondo en archivos físicos, digitales y en correos electrónicos antes de cometer alguna imprecisión. Aponte es partidario de que los periodistas no hagamos públicos esos registros ni los fotografiemos hasta tener certeza de que no se está saltando alguna norma, pero basta una ojeada para detectar que no todas las hojas de vida tienen los datos que sugiere Valderrama.

Por ejemplo: hay una hoja de vida que revela que un Crocodylus intermedius no se pesa ni se mide desde hace diez años. Otra que indica que a otro nunca le abrieron una historia clínica. Una más solo tiene los datos morfométricos básicos (como número de chip, peso y tallas), mientras que otras sí tienen información más detallada.

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El director, sin embargo, no cree que haya sido un error de sus antecesores, sino que “cada época trae sus cambios”. Para él, es clave que una Estación que se dedica a hacer investigación sea muy ordenada en términos de gestión documental digital, una exigencia que se acentuó en la U. Nacional, dice, después de la pandemia del covid-19.

—No quiero imaginar qué pasaría si tras un aguacero aparecieran goteras. Perderíamos información histórica sobre el caimán llanero. A mi juicio, esto debería estar escaneado hace mucho tiempo —reclama Aponte.

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En su defensa, el biólogo Mario Vargas, que fue director entre 2019 y finales de 2023, asegura que cuando él llegó a dirigir la Estación “tampoco había un inventario de cuántos cocodrilos del Orinoco tenía el lugar”. Por esos días, le advirtieron que “se había perdido una base de datos digital” y lo que hizo fue “reportarlo a la facultad”. Por fortuna, advierte, quedaba la base de datos física, compuesta de carpetas llenas (o a medio llenar) de hojas.

Si ahora hay hojas de vida o necropsias incompletas, se debe —señala— a la labor del veterinario de planta, Germán Preciado, que tenía ese trabajo. Carlos Moreno (director en 2024), por su parte, coincide en que varias veces le llamó la atención a Preciado por la manera en la que, en algunas ocasiones, llenaba las hojas de vida.

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Germán Preciado, veterinario de la Estación desde 2011.
Foto: Sergio Silva Numa

Ahora, en su oficina, Preciado, que entró en 2011 a la Estación, se defiende argumentando que solo ha seguido órdenes de los directores anteriores. En el caso de las historias clínicas, afirma, una directora (María Cristina Ardila, que falleció en 2017) le pidió solo abrirlas cuando los animales se enfermaran. Si hoy le ordenan hacer lo contrario o llenar otros formatos, no tendrá ningún problema en cumplir.

Moreno, el exdirector, añade un punto más a su defensa: el 9 de diciembre de 2024, apunta, dejó una base de datos digital en la que están transcritos los datos de cada animal que hay en la Estación Roberto Franco. Fue un trabajo que contrató a una empresa externa y en la que colaboraron dos estudiantes suyos de Veterinaria de la U. Nacional. Aún hoy existe esa base de datos y muestra que había 619 individuos —entre tortugas y cocodrilos—, sumando los de la Estación y los que han enviado a Unillanos, al Parque Merecure, al Bioparque Wisirare, a Piscilago y a Hacienda Nápoles.

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Andrés Felipe Aponte sabe que esa base de datos se hizo, pero no está de acuerdo en que sea un ejemplo de gestión documental. Cree que una cosa es transcribir información y otra dejar evidencia documental de cada necropsia y cada salvoconducto que detalle todo el trabajo que ha habido con el caimán llanero en la Estación.

—Hay que escanearlo todo y organizarlo —insiste—. Es la única manera de poder sacar conclusiones completas del historial de cada animal que ha habido aquí. Luego nos toca contrastar esa información haciendo una inspección manual individuo por individuo. Los tenemos que medir y los tenemos que sexar. Eso nos tomará otros 4 o 5 meses.

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Es un ejercicio que, de paso, expresa, le facilitaría a él la tarea de responder, como nunca antes le había tocado, decenas de solicitudes y derechos de petición que le han llegado de la U. Nacional, de congresistas y de periodistas. Es tiempo, lamenta, que ha dejado de compartir con su hija de 7 meses.

Solo hasta que culminen ese proceso, podrán saber con certeza qué hay en la Estación y qué vacíos quedaron después de décadas de trabajo. En febrero de este año, el personal de ese centro ya había elaborado un informe preliminar, conocido por El Espectador, sobre las 228 tortugas. En él concluyeron que el 30% de los individuos evaluados presentó “algún tipo de observación relacionada con la ausencia de hoja de vida o la inexistencia de microchip”.

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También dejaron registrado que, para su sorpresa, había 32 tortugas híbridas, una “mezcla” entre la especie Rhinoclemmys melanosterna, que suele habitar las costas del Pacífico y del Atlántico, y Rhinoclemmys diademata, que está en Norte de Santander.

Imagen de algunas de las tortugas híbridas que hay en la Estación.
Foto: Sergio Silva Numa

La profesora Olga Castaño-Mora recuerda que cuando ella llegó a la Estación en 1979 a hablar con Federico Medem ya había algunos de esos ejemplares híbridos dando vueltas en la sede.

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Lo otro que se podrá resolver cuando se acabe ese papeleo es una pregunta que aún no tiene respuesta clara: ¿Dónde están los permisos con los que se movieron 104 cocodrilos?

*Lea mañana: La novela del caimán llanero, parte 4: ¿Quién dio permiso para mover esos 104 cocodrilos?

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Por Sergio Silva Numa

Editor de las secciones de ciencia, salud y ambiente de El Espectador. Hizo una maestría en Estudios Latinoamericanos. También tiene una maestría en Salud Pública de la Universidad de los Andes. Fue ganador del Premio de periodismo Simón Bolívar.@SergioSilva03ssilva@elespectador.com
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