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En enero de 2023, el fuego sorprendió a los bogotanos con un incendio que ardió durante varios días en los cerros orientales de la ciudad. El fenómeno de El Niño que ocurría en ese momento, al igual que hoy, generó un largo período de ausencia de lluvias y altas temperaturas. Residuos, como colillas de cigarrillo o botellas de vidrio dejados por visitantes, cerraron la lista de los ingredientes necesarios para originar la conflagración. La cicatriz de ese evento aún es visible desde una gran parte de la ciudad.
Algo similar ha ocurrido durante los últimos dos meses en otros departamentos. La temporada seca de 2026 ha dejado un saldo de más de 30.000 hectáreas quemadas en Tolima, según la Gobernación del departamento. Mientras tanto, en Boyacá un solo incendio forestal ha dejado más de 1.400 hectáreas afectadas en Villa de Leyva, de las cuales alrededor de 800 corresponden al Santuario de Flora y Fauna Iguaque, un área protegida.

Pero el panorama no es el mismo en toda Colombia. En la Orinoquía, una de las regiones más extensas del país y cubierta en su mayoría por sabanas naturales, agricultura y ganadería, el fuego casi nunca es una sorpresa. Allí, cada año arden miles de hectáreas durante la temporada seca y, en muchos casos, se trata de un mecanismo utilizado por las personas para preparar la tierra antes de iniciar una nueva siembra.
En los últimos 26 años, en Colombia se han quemado 13,9 millones de hectáreas, más de una décima parte de todo el territorio nacional. Así lo demuestra la plataforma MapBiomas Fuego, una recopilación de imágenes satelitales e información a lo largo de más de dos décadas sobre las dinámicas del fuego en el país, presentado hoy por la Fundación Gaia Amazonas y la Universidad del Rosario.
El área quemada entre 2000 y 2025, de acuerdo con la plataforma, corresponde a 314,1 veces el tamaño del área de Bogotá. En promedio, los incendios afectan más de 2,3 millones de hectáreas anualmente. El fuego, sin embargo, no es bueno o malo por sí mismo. Como explica Ángela Parrado Rosales, profesora titular de la Universidad Distrital y experta en ecología del fuego, “hay ecosistemas en donde los incendios tienen que ocurrir, es una situación positiva”. En otros, ocurre con más frecuencia de la que debería, afectando la recuperación de los ecosistemas. Así se comporta el fuego en Colombia, según la radiografía publicada por MapBiomas.
Así arde Colombia
Aunque Colombia no tiene las estaciones que se conocen en otros lugares del mundo, sí hay dos épocas bien establecidas a lo largo del año y que marcan la dinámica del fuego: la temporada seca y la temporada húmeda. De acuerdo con los datos recopilados por MapBiomas Colombia, el 84,5 % del área quemada en el país entre 2000 y 2025 se registró entre diciembre y marzo, los meses que coinciden con la época de sequía en lugares como la Amazonía, la Orinoquía y el Caribe. Solamente entre enero y febrero, cuando más suelen acentuarse las altas temperaturas, ardió el 59 % de los 13,9 millones de hectáreas que se reportaron en los últimos 26 años.
Durante los demás meses del año, la lluvia “apaga el fenómeno” del fuego, de acuerdo con Parrado. Las precipitaciones también son la explicación de que en el Pacífico se registre la menor cantidad de área quemada durante el período de análisis del informe: apenas 58.000 hectáreas, del total de casi 14 millones. Pero la frecuencia con la que se presentan incendios y quemas en las regiones que lideran el listado no puede explicarse solo con la ocurrencia de la temporada de sequía.

En la Orinoquía, por ejemplo, durante esos 26 años se quemaron 9,6 millones de hectáreas distintas. Pero, “más allá del área que se quemó, lo que a mí más me sorprende es la frecuencia con la que ocurre en algunos puntos”, señala Parrado sobre los datos. Varios millones de hectáreas se quemaron más de una vez. De hecho, en promedio, en la Orinoquía cada hectárea quemada ardió 5,5 veces entre 2000 y 2025, acumulando un total de 52,8 millones de hectáreas quemadas, si se sumaran por separado.
En el listado de regiones más afectadas por el fuego le sigue la Amazonía, con 1,8 millones de hectáreas distintas, que ardieron en promedio 2,1 veces, acumulando un total de 3,9 millones de hectáreas. Mientras tanto, en el Caribe la cifra asciende a 1,1 millones de hectáreas distintas, que ardieron 1,7 veces; y en la región Andina, el total fue de 971.000 hectáreas quemadas, que reportaron eventos en promedio 1,5 veces por cada hectárea.
Las variaciones entre una región y otra, apunta Parrado, se explican “porque somos el país con mayor diversidad de ecosistemas del planeta”. Por eso mismo, “tenemos que empezar a abrir los ojos ante el fuego y la frecuencia con la que ocurre”. Detrás de las cifras presentadas por MapBiomas Colombia hay un panorama preocupante para una porción del territorio que se quemó durante esos 26 años.
De los 13,9 millones de hectáreas reportadas, 4,5 millones solo se quemaron una vez durante los 26 años analizados. En algunos ecosistemas, que un área se queme una vez cada 60 años puede hacer parte de “un régimen que le permite recuperarse”, dice Parrado. Esto, según MapBiomas, se trata de “fuego mayoritariamente esporádico, no instalado en el paisaje”.
Pero hubo 509.500 hectáreas que, durante el mismo período de tiempo, se quemaron más de 10 veces. La mayoría de las hectáreas que ardieron más de una vez se encuentran en la Orinoquía, que también aparece encabezando ese indicador. Lo problemático detrás de este dato, advierte la profesora de la U. Distrital, es que “un sitio que se te quema un año y al otro año se te vuelve a quemar es un sitio que tiene un problema serio de alteración del régimen, así sea un ecosistema dependiente del fuego”.

Cuando Parrado habla de “dependencia” se refiere, precisamente, a lugares como las sabanas inundables de la Orinoquía. Allí, el fuego puede aportar en la estimulación de la regeneración de la vegetación y eliminar malezas, aportando al funcionamiento del ecosistema. Sin embargo, cuando la frecuencia con la que se quema un área es muy alta, “no está teniendo tiempo para recuperarse”, agrega Parrado, afectando el régimen de beneficios que un ecosistema puede obtener del fuego.
Aunque lo ideal sería construir bases de información que abarquen períodos de tiempo mucho más amplios, tener una mirada de los últimos 26 años “sí nos permite ver esos lugares en donde el régimen del fuego está totalmente alterado en la historia reciente”, en donde deberían enfocarse acciones encaminadas a la prevención y la gestión del fuego, asegura Parrado. De esta forma, podrían evitarse afectaciones negativas en ecosistemas que arden frecuentemente.
La importancia de estas acciones radica en que el 86,7 % del área quemada en los últimos 26 años en Colombia correspondía a cobertura natural. Es decir, sábanas o pastizales naturales (5,35 millones de hectáreas), mosaicos de agricultura y pastos (4,83 millones de hectáreas) y boques (518.200 hectáreas).

El panorama en las áreas protegidas de Colombia
MapBiomas Colombia también hizo un análisis detallado de lo que ocurrió desde el año 2000 en las áreas protegidas del país, incluyendo Parques Nacionales Naturales y sitios RAMSAR. En los 26 años del reporte, en las áreas protegidas del país se quemaron 3,25 millones de hectáreas. “Esto equivale a 20 veces el área de Bogotá D.C.”, se lee en el informe.
El lugar más afectado es el PNN El Tuparro, que se encuentra en Vichada, parte de la Orinoquía colombiana. Allí se quemaron, por lo menos una vez entre 2000 y 2025, 404.000 hectáreas, representando el 54,1 % del área quemada al interior de áreas protegidas. A este, le siguieron el PNN Serranía de Manacacías, con 53.700 hectáreas, y el PNN Sierra de la Macarena, con 53.200 hectáreas, ambos en Meta, que también hace parte de la Orinoquía.

En cuanto a los sitios RAMSAR, el Complejo Cenagoso de Zapatosa, reconocido por ser el humedal de agua dulce más grande de Colombia y uno de los más importantes del mundo, registró la quema de 16.500 hectáreas. Este complejo se encuentra entre Magdalena y Cesar, en la región Caribe, que fue la tercera región con mayor número de hectáreas quemadas, según el reporte.
Sin embargo, durante 2025 se registró una disminución importante de hectáreas quemadas en varias de estas áreas protegidas, en comparación con su promedio histórico. En la Zapatosa, fue de un 78 % menos, mientras que los PNN Serranía de Manacacías y Sierra de La Macarena estuvieron más del 60 % por debajo de sus registros históricos de área quemada.
Para Parrado, lo que nos muestra esta serie histórica sobre las dinámicas del fuego en Colombia es que, “así como hemos hablado de ordenar el territorio alrededor del agua, también tenemos que hacerlo alrededor del fuego. Si no puedo construir una casa cerca de un río por el riesgo de que se inunde, tampoco debería poder hacerlo en un lugar que sabemos que se quema con frecuencia”.
Este ordenamiento territorial, agrega la experta en ecología del fuego, debe hacerse teniendo en cuenta los contextos de cada ecosistema, “aplicando reglas a nivel local, más allá de las normas que se planteen desde lo nacional”.
*Este artículo es publicado gracias a una alianza entre El Espectador y la Fundación Gaia Amazonas.
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