9 Jan 2021 - 2:00 a. m.

La salud mental, también afectada por el cambio climático

En medio de la pandemia nos enteramos de que 2020 fue el año más cálido registrado en el mundo. Personas empiezan a sentir “eco ansiedad” o “duelo ecológico” ante los efectos que está generando la crisis climática.

María Mónica Monsalve S. / @mariamonic91

Como si la presión que estamos sintiendo con la pandemia del coronavirus fuera poca, ayer nos cayó otra fuerte noticia. El 2020, el año de la incertidumbre y el encierro, también fue el más cálido registrado en el mundo junto con 2016. El aumento en la temperatura fue de +1,25° C con respecto a la era preindustrial, un escenario que no hace más que contribuir a la ansiedad y, quizá, temor por lo que podría venir. (Lea: El 2020 fue el año más cálido registrado en el mundo junto con 2016)

Desde hace algún tiempo psiquiatras y psicólogos han venido encontrando una nueva tendencia en sus consultas. Pacientes que llegan angustiados, genuinamente estresados, por las consecuencias de la crisis climática. “El primer paciente que se nos acercó venía por algo que él describió como ‘ansiedad climática’. Era un investigador de ciencias ambientales y necesitaba otro tipo de apoyo”, cuenta Megan Kennedy-Woodard, psicóloga y codirectira de la consulta británica Climate Psychologist.

Esta anécdota dio pie para que ella y su socio, el doctor Patrick Kennedy Williams, psicólogo clínico, se dedicaran a estudiar el fenómeno del cambio climático y la salud mental con más rigurosidad. Kennedy explica que la evidencia apunta a dos tipos de relación: una directa y otra indirecta. “La directa corresponde a problemas de salud mental tras eventos climáticos -como incendios e inundaciones-, y la indirecta tiene dos categorías”, señala. “La primera son consecuencias secundarias del cambio climático, como migración forzada y pérdida del empleo. Mientras la segunda subcategoría se relaciona con el impacto psicológico de escuchar, descubrir o involucrarse de una u otra manera ampliamente con la crisis climática”.

Las categorías, como casi siempre sucede, se mezclan en la vida real. Entre más desastres climáticos sigan ocurriendo, más difícil será entender cuál es la causa de nuestra ansiedad climática o “ecoansiedad”. Estudios como el dirigido por Joshua Morganstein y Robert J. Ursano, publicado el año pasado en la revista Frontiers in Psychiatry, han encontrado que después de desastres naturales ligados al cambio climático, como el huracán Iota que arrasó con Providencia, hay un incremento local de depresión, ansiedad, estrés postraumático e, incluso, abuso de sustancias. “La literatura también apunta a un aumento de violencia doméstica”, recuerda el doctor Kennedy. (Lea: Los nuevos líderes contra el cambio climático están dentro de los hospitales)

Pero no se necesita que un desastre climático nos deje sin recursos para que nos altere la salud mental. Estudiar cambio climático o incluso reportarlo o leer sobre sus consecuencias diariamente puede generar pesimismo. Dudas sobre nuestro futuro y nuestro rol como seres humanos

Aunque ambos expertos advierten que la “ecoansiedad” no está reconocida como un desorden psicológico como tal, en la literatura científica ya empiezan a surgir diferentes conceptos para estudiar lo que puede estar pasando en nuestras mentes al enfrentarnos a un peligro de gigantes dimensiones, como lo es el cambio climático.

En la literatura científica se encuentran términos como “pérdida o duelo ecológico”, “ecoansiedad o ansiedad climática” y solastalgia, un neologismo que, según explica Ana Rico, directora del programa de filosofía de la Universidad El Bosque, está “compuesto por la palabra latina solacium, consuelo, y algia, dolor”. El término fue acuñado por el filósofo Glenn Albrecht y expresa la angustia experimentada por el cambio que reconocemos en un entorno familiar, sobre todo cambios ambientales. El concepto también fue usado por el periódico The Guardian para describir lo que están viviendo los habitantes del Ártico al ver su paisaje desaparecer.

Los psicólogos de Climate Psycologist, sin embargo, prefieren hablar de “ecoemociones”. “Estas pueden ser positivas, negativas o una confusa combinación de ambas: culpa, tristeza, apatía rabia, depresión, duelo, motivación, emoción, esperanza y empatía. Las ecoemociones podrían ser una descripción más completa de la respuesta psicológica al cambio climático para permitir que las personas reconozcan la variedad de emociones asociadas con el cambio climático”.

Pero para muchos, como la filósofa Rico, la pregunta sobre la salud mental y nuestro medioambiente es una pregunta existencial. Una forma de percibirnos que debe cambiar. “El cambio climático está variando la concepción de cómo nos vemos ante la naturaleza, ante el mundo, ante nuestra propia existencia”, cuenta. “Distintas tradiciones de pensamiento, muchas ancestrales y de distintos rincones del planeta, han tomado fuerza y nos invitan a que examinemos cómo es que concebimos nuestra relación y lugar con la naturaleza. En muchos lugares aún la pregunta se hace dicotómicamente “o la naturaleza o nosotros” y se insiste en que dependiendo de qué o quién prime en esta dicotomía, se podrá hablar o no de desarrollo o sostenibilidad”.

Entonces, ¿cómo no caer en el pesimismo? ¿Cómo ser testarudos ante los datos? Kennedy lo dice de manera sencilla: actuar. Tener un sentido de propósito. “El cambio de comportamiento y deliberado alivia los estresores emocionales de la ecoansiedad y trabaja de la mano para combatir el cambio climático. Esencialmente, la “cura” para la ecoansiedad parecía ser la misma que la cura para el cambio climático -acción- y la acción es exactamente lo que el planeta necesita”.

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