25 May 2014 - 2:00 a. m.

La sinfonía de los bosques

Una bióloga que odiaba sacrificar animales para estudiarlos descubrió en los sonidos un camino para medir la biodiversidad. Grabadora en mano, está construyendo los paisajes acústicos del país.

Pablo Correa

A donde quiera que va, Paula Caycedo siempre lleva su principal instrumento para estudiar la biodiversidad: una grabadora. La ha llevado consigo hasta lo alto de los bosques andinos, la ha empacado en la maleta cuando se ha internado en la sofocante humedad de los bosques tropicales y también ha sido su compañera en largas caminatas por bosques de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Una vez se interna por algún sendero, busca un rincón seguro y allí instala la grabadora. En silencio espera a que la sinfonía que día tras día ofrece la orquesta de aves, anfibios, mamíferos e insectos en cada nicho biológico quede almacenada en la memoria de esa máquina.

Luego, de vuelta a su oficina en el Laboratorio de Biogeografía Aplicada y Bioacústica del Instituto Humboldt, en Bogotá, archiva el nuevo sonido junto a los 23.000 registros de cantos de aves y los pocos insectos, anfibios y mamíferos que hacen parte de la Colección de Sonidos Ambientales de este centro de investigación. Una tarea que comparte con su colega Óscar Laverde.

“Esta es una técnica muy reciente en la historia de la ciencia”, explica Paula, mientras en la pantalla de su computador se despliegan unos diagramas con las ondas acústicas de los lugares que ya ha referenciado. Cada bosque tiene una huella sonora, una marca que varía dependiendo de las especies que cohabitan en ese ecosistema.

Medir la biodiversidad

No es una huella estática. Va cambiando a lo largo del día. En las mañanas, muy temprano, el protagonismo musical suele ser para las aves, que con sus cantos se adueñan de todo el paisaje sonoro. Luego entran pausadamente en escena mamíferos y anfibios.

Con el paso de las horas, desde el fondo van tomando la batuta los insectos. Al cerrar la tarde, las aves revolotean, improvisan y tocan su último número antes de ocultarse. Momento que no desaprovechan los insectos para volver a escena a imponer su ritmo, ese natural gusto por los sonidos agudos, chirriantes y obsesivos. Grillos y saltamontes rozan sus patas como violines y los sapos, si los hay, se encargan de las voces.

La idea de esta investigación es sencilla y hermosa: convertir esos paisajes en un instrumento para monitorear la biodiversidad. Si la música que produce un lugar depende de la variedad y el número de sus músicos, entonces es posible saber el estado de salud en que se encuentra la orquesta a partir de la sinfonía que producen juntos. No es necesario distinguir sonido por sonido. Basta con escucharlos a todos tocar juntos.

Uno de los experimentos que realizó Paula junto con la Corporación Paisajes Rurales en la región de San Pedro, Valle del Cauca, es un buen ejemplo de lo que se podría lograr en todo el país. En esa zona, donde la Corporación Autónoma del Valle del Cauca (CVC) ha financiado proyectos de reforestación, Paula y un grupo de ornitólogos instalaron grabadoras en tres bosques de distintas edades. Uno muy joven, de apenas 17 años desde que fue plantado, otro de 25 y uno no talado con árboles de más de 80 años.

Al comparar las tres sinfonías, fue posible ver cómo en los más jóvenes “el paisaje sonoro” era menos complejo que el de los bosques más viejos, donde habita un mayor número de especies. Aunque en los tres se identificó un patrón similar, en los más jóvenes fue evidente la ausencia de ciertas especies.

Mailyn González, directora del Laboratorio de Genética de la Conservación del Instituto Humboldt, señala que hasta ahora el monitoreo de bosques restaurados se ha concentrado en registros de especies vegetales, pero el reto es saber si los animales están regresando a vivir allí. “A través de los sonidos puedes hacer seguimiento a los procesos de restauración”, dice, “y también a los impactos de actividades humanas en bosques nativos”. Mailyn imagina que con esta técnica se podría saber en qué medida se impacta la dinámica de las especies en un lugar en el que se ha puesto en marcha un proyecto de ecoturismo.

La razón por la que Paula terminó involucrada en esta línea de investigación es la más convincente de todas: se rehusó a sacrificar y disecar animales para estudiar la biodiversidad. Más tarde, al terminar la carrera de biología en la Universidad Nacional, viajó a Holanda para estudiar en la Universidad de Ámsterdam una maestría. Allí se hizo alumna de Hans Slabekoor, un investigador con una larga trayectoria en estudios relacionados con los patrones circadianos de los animales en África y los efectos del ruido sobre la biodiversidad. Bajo su tutela, Paula entendió que la comunicación basada en señales acústicas, la bioacústica, puede usarse para entender muchos aspectos de la biodiversidad.

“La ventaja es que es un método costo efectivo”, dice Paula. Una sola grabadora, cuyo precio ronda los dos millones de pesos, sirve para cubrir unos 200 metros a la redonda. En el método tradicional, para tener una medida de la diversidad biológica de un lugar, es necesario que unos cuantos biólogos se dediquen día y noche a contar variedades de especies.

Parte del trabajo que hoy desarrolla desde el Instituto Humboldt está sustentado en las investigaciones que se han llevado a cabo con las ballenas. Para evitar las colisiones de barcos y cetáceos, cuenta Paula, varios grupos de científicos comenzaron a estudiar hace unos 20 años sus patrones de comunicación sonoros. Gracias a estos trabajos se han rediseñado las rutas marítimas para evitar que los barcos interfieran en la comunicación de los animales.

Esos estudios de bioacústica, junto a los que han desarrollado los expertos en aves, son la base científica para la construcción de los paisajes sonoros de bosques. En un futuro no muy lejano, sueña Paula, quizás cualquier colombiano con un celular a la mano pueda ayudar a grabar el sonido de los bosques y así tener un registro masivo del estado de salud de esos ecosistemas.

pcorrea@elespectador.com

@pcorrea78

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