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En Mesetas conocí a Salomé, una niña de nueve años. Se sentó conmigo cerca al río, al Güejar. Acompañadas por su caudal ruidoso, empezamos a dibujar con nuestras manos en la arena húmeda y gris. Intentábamos cada una adivinar los garabatos de la otra. A ella le fue mejor. Ganó. Salomé es tan joven como la paz en el departamento del Meta, nació en el mismo año de la firma del Acuerdo de Paz con las FARC.
De vez en cuando me mostraba páginas de su libro, La guía ilustrada de avifauna de Mesetas, en el que se describen más de 800 especies de aves. El libro estaba un poco desgastado en las esquinas a pesar del cuidado con el que lo trata Salomé. En un costado lleva su nombre y apellido. De todas las especies que me mostró, recuerdo los azulejos. Especialmente el azulejo arcoíris, la Tangara chilensis: un ave de 13 centímetros con la cabeza verde, el pecho en un degradado de azules y alas negras que contrastan con su espalda amarilla y naranja.
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Cuando mi compañera de clase, Milagros, le preguntó a Salomé cuántas aves del libro podía identificar, ella respondió con una mezcla de timidez y orgullo:
—El águila harpía, los azulejos, la bruja, el gallito de roca —y enseguida añadió el nombre científico para la última— Rupicola peruvianus.
Apenas lo dijo, sonrió triunfante.
Después de unos minutos, cuando se cansó de explicarme sobre la guía de avifauna, se fue a correr, a hacer piruetas y medialunas con otros niños avistadores de aves. A través de los binoculares que los niños me prestaron, pude ver un pájaro amarillo que estaba inquieto volando y se turnaba entre los árboles. Salomé regresó y con sus binoculares empezó a rastrear las copas de las ceibas, “pajareando” con la calma silenciosa de una experta.
Más tarde, mientras los niños escuchaban los melódicos cantos de las aves a la luz del atardecer llanero, yo escuchaba la historia de Adriana Reina, de 44 años y con los mismos ojos cafés de su hija, Salomé. Sentadas en unas sillas Rimax en la terraza de un restaurante, Adriana me dijo que hay preguntas a las que nunca pudo encontrar una respuesta y me contó del conflicto que tanto la marcó.
— Los que asesinaban utilizaban unas motos pequeñas. Uno escuchaba el ruido y ya sabía que venían a matar a alguien. Una vez vinieron y mataron a una señora. Cuando vi eso creo que yo tenía unos 14 años.
A sus veinte años, Adriana vivió “la época más difícil”, cuando mataron a su tío y su hermano. Cuando asesinaron a su tío, la familia recibió la noticia de que “había un tipo botado en la carretera”, y como en esa época ninguna autoridad hacía el levantamiento de los cadáveres por miedo a represalias, las mujeres de la familia asumieron esa tarea. Adriana nunca supo por qué lo mataron.
También me contó que, en Mesetas, hubo una época en la gente le temía a salir, “porque si salían, muchos no volvían y nunca se supo qué pasó con ellos, si los mataron o se los llevaron, nunca se supo nada”. Hoy en día Adriana se reúne con otras personas que pasaron por una situación similar, se reúnen a pensar qué fue de sus familiares, “¿Será que los mataron por acá cerca o se los llevaron lejos?”.
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Casi dos décadas antes de que naciera Salomé y una antes de que naciera yo, el conflicto armado en Colombia estaba en su momento más intenso. Mesetas, donde nos encontrábamos, había sido uno de los municipios con más presencia histórica de las FARC. Como lo documentó muchas veces el sociólogo y periodista Alfredo Molano, la geografía del Meta hacía de esta una región valiosa para cualquier actor que buscara controlar rutas y recursos. Así mismo, como se menciona en el informe de la Comisión de la Verdad, la poca presencia del Estado contribuyó a que este territorio se convirtiera en la retaguardia de la guerrilla.
Entre 1998 y 2002, durante un intento fallido de paz, esta zona fue desmilitarizada y se convirtió en refugio para las FARC. En el Meta, La Macarena, La Uribe, Vista Hermosa y Mesetas conformaban una extensión tan grande como Suiza, y era un territorio donde la fuerza insurgente era la autoridad.
— Estábamos incrédulos de que la guerra pudiera cesar —, me dijo Adriana al recordar esos tiempos.
Cuando terminó de contarme todas estas anécdotas sobre su vida, reconoció que ahora lo puede hacer sin llorar gracias a las sesiones de ayuda psicológica que le brindó la Comisión de la Verdad.
Salomé volvió a acercarse a su mamá y a mí. Me dijo que su cumpleaños número nueve había sido hace poco. Me contó que estuvo feliz, lo celebró con su familia, y en vez de pastel comió ensalada de frutas y carne asada. Pensé en algo que me dijo Adriana antes: durante la época de la zona de distensión, el estigma marcaba los nacimientos. Las mujeres embarazadas viajaban hasta Villavicencio para dar a luz y que en el registro civil de sus hijos no figurara que habían nacido en alguno de los municipios de la zona de despeje. Las cosas son distintas ahora.
— Aunque dicen que el loro viejo no aprende a hablar, nosotros los padres también hemos aprendido mucho de los niños — cuenta Adriana.
Las familias de los pequeños avistadores de aves los acompañan de madrugada a pajarear, organizan salidas a la ribera del río y en muchos casos incluso terminan aprendiendo algunos de los nombres científicos de las aves. El año pasado, Colombia ocupó el primer puesto en el Global Big Day, un evento mundial de observación de aves impulsado por el Laboratorio de Aves de la Universidad de Cornell. Solo en el Meta se registraron 658 especies. Salóme y otros niños participaron en esa jornada de “pajareo” junto a otras 1.600 personas del departamento.
Ver esto es esperanzador, especialmente porque de los testimonios que recogí durante el viaje y de lo que hablé con Adriana, entendí que durante el conflicto las personas que vivían aquí tenían una conciencia lejana sobre su territorio, “muchos no conocíamos los sitios que hay cerca de aquí porque antes eran prohibidos, por ejemplo, las cascadas o Charco Azul” y fue hasta que la guerra cesó que pudieron empezar a conocer aquello que siempre estuvo tan cerca.
El conflicto armado se tomó la montaña y la llanura, pero hoy sus habitantes salen a recuperar cada rincón que les había sido arrebatado. Actualmente, muchos de los habitantes del Meta han tomado la iniciativa de impulsar el turismo y hacer del territorio uno atractivo para los visitantes.
El último día que estuve en Mesetas fuimos a un recorrido por el río Güejar. Este cuerpo de agua pasa por seis municipios, y su caudal contempló por muchos años la violencia colombiana. El Centro Nacional de Memoria Histórica registró 32 masacres en los territorios que lo atraviesan. Mientras recorría este paraíso natural recordé que cuando alguien le preguntó a Adriana por el río, ella se refirió a este como aquel “donde iban a parar todos los muertos”. El Güejar fue un testigo silencioso de las heridas del sur del Meta y recorrerlo hoy en día es un privilegio que antes ni siquiera los locales tenían.
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La última vez que hablé con Salomé, tenía un tallo de pasto seco doblado en forma de L y apuntaba hacia el cielo. Me dijo que lo usaba para enmarcar las aves; cuando veía una, acomodaba la varita para que hiciera la ilusión óptica de que el pájaro estuviera encima de la parte recta. La pequeña avistadora miraba al cielo esperando a que llegara el gallito de roca. Ahí escuché el trino de los pájaros, que, como me contaron otros pequeños avistadores, una de las razones por las que las aves cantan es por felicidad.
* Estudiante de Periodismo, Universidad Javeriana.
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