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Las palabras importan, ministro de Ambiente

Un Ministerio de Ambiente no debería empezar definiendo quiénes son los “verdaderos” y los “falsos” ambientalistas. Su tarea consiste en convocar, escuchar y aprender de esa extraordinaria diversidad de experiencias que ha hecho posible que Colombia su riqueza biológica y cultural. | Opinión

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Tatiana Roa Avendaño*
18 de julio de 2026 - 05:46 p. m.
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No conocemos aún plenamente cuáles serán las principales decisiones del nuevo ministro de Ambiente. Pero sí conocemos las palabras con las que ha decidido comenzar.

Y las palabras importan.

Importan porque no solo describen la realidad: también la interpretan y contribuyen a construirla. Pueden abrir espacios de diálogo o levantar nuevos muros; reconocer décadas de construcción colectiva o borrar de un plumazo la historia de quienes han cuidado los territorios cuando el Estado estuvo ausente. Las declaraciones del ministro designado sobre la pobreza como una de las principales amenazas para la conservación, la existencia de “falsos ambientalistas”, la supuesta “histeria ambiental” y sus posiciones frente al fracking, la minería y la transición energética no son afirmaciones aisladas. En conjunto, expresan una determinada manera de comprender la crisis socioecológica, el papel del Estado y el lugar que se reconoce, o se niega, a las comunidades y al movimiento ambiental en la construcción del futuro del país. Precisamente por eso merecen una reflexión.

Hablar de “falsos ambientalistas”, de “histeria ambiental”, de “ambientalistas extremos” no solo empobrece el debate público, sino que instala una sospecha sobre quienes durante décadas han construido buena parte de la agenda ambiental del país.

En Colombia, el ambientalismo no nació en las oficinas ni en los escritorios de las instituciones. Se forjó en los territorios, mucho antes de que la agenda ambiental ocupara un lugar en la política pública. Ha sido construido por pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes, organizaciones campesinas, colectivos de mujeres, procesos juveniles, comunidades pesqueras, redes de reservas naturales, organizaciones urbanas y cientos de iniciativas que han hecho del cuidado de la naturaleza una práctica cotidiana. Gracias a ellas hoy existen selvas conservados, semillas recuperadas, mercados campesinos, procesos agroecológicos, restauración ecológica y formas comunitarias de gestionar el agua y la energía.

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En mi investigación Voces Campesinas. Historias de resistencias y construcción de propuestas de vida en Colombia encontré que las comunidades no solo resisten los proyectos que amenazan sus territorios. También producen alternativas. Construyen economías para la vida, regeneran ecosistemas, fortalecen la soberanía alimentaria, recuperan semillas, reconstruyen vínculos comunitarios y ensayan otras formas de habitar el territorio. Allí donde algunos solo ven pobreza, existe una enorme riqueza de conocimientos, prácticas y formas de relación con el mundo que han permitido sostener la vida.

Paradójicamente, muchos de los territorios, biomas y ecosistemas mejor conservados del país coinciden con territorios donde pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes y organizaciones campesinas han ejercido históricamente el cuidado de la naturaleza.

Por eso preocupa que quien dirigirá el Ministerio de Ambiente comience su gestión descalificando, caricaturizando y clasificando quién merece o no llamarse ambientalista.

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La crisis socioecológica que enfrenta Colombia es demasiado compleja para abordarla desde una sola manera de entender el mundo. Ningún sector, ninguna disciplina y, mucho menos, una única racionalidad —sea técnica, económica o de mercado— tiene por sí sola las respuestas. Los grandes desafíos ambientales exigen construir puentes entre distintos conocimientos, experiencias y formas de habitar los territorios. Exigen escuchar a la ciencia, por supuesto, pero también a los pueblos indígenas, a las comunidades campesinas y afrodescendientes, a las organizaciones sociales y a quienes, desde hace décadas, cuidan los ecosistemas y sostienen formas de vida fundamentales para el cuidado de la vida.

Un Ministerio de Ambiente no debería empezar definiendo quiénes son los “verdaderos” y los “falsos” ambientalistas. Su tarea consiste en convocar, escuchar y aprender de esa extraordinaria diversidad de experiencias que ha hecho posible que Colombia conserve buena parte de su riqueza biológica y cultural. La política ambiental no se fortalece estrechando el campo de quienes pueden participar en ella, sino ampliando el diálogo y reconociendo que existen múltiples maneras de comprender y cuidar la vida.

Porque las palabras importan. Pueden abrir caminos de encuentro o profundizar las fracturas; reconocer trayectorias o sembrar sospechas; convocar inteligencias diversas o clausurar el diálogo. Y un país que enfrenta una crisis socioecológica de la magnitud de la nuestra necesita, justamente, lo contrario: más diálogo, más escucha y más reconocimiento.

No empecemos mal.

*Ex viceministra de Ambiente, ex directora de Censat.

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Por Tatiana Roa Avendaño*

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JUAN GARCÍA(i5w8f)Hace 1 hora
Muy de acuerdo con usted. Buen llamado de atención para él, y para nuestra sociedad.
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