Las tortugas siguen regresando al mar

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Para salvar a las tortugas marinas del Parque Corales del Rosario y San Bernardo, funcionarios de Parques les proponen a los habitantes cambiarles cada tortuga capturada por un pollo (para comer).

Ochenta tortugas carey, las más abundantes en el mar Caribe colombiano, verdes, grandes y chiquitas, retornaron al mar desde Isla Arena, una de las cuarenta que conforman el archipiélago del Rosario. De manos de estudiantes de varias instituciones educativas del departamento de Bolívar emprendieron su viaje desde la playa, con el mar como horizonte y destino. Unas más decididas, otras un poco despistadas, finalmente se sumergieron como quien llega al paraíso. Felices ellas y felices los 50 niños que participaron en la jornada. Fue la ceremonia final de un evento organizado por el Parque Nacional Natural Corales del Rosario y San Bernardo con el apoyo de diversas organizaciones nacionales y locales, que duró dos días y medio y fue la última actividad de todas las programadas sobre conservación de tortugas marinas colombianas.

Salvar las tortugas

Desde hace 13 años los investigadores del Parque monitorean las tortugas que capturan los pescadores en la zona. Cuántas acabaron en una olla y cuántas no cayeron en las redes y los anzuelos y siguen libres en el fondo del mar es un enigma. Lo cierto es que las poblaciones han disminuido por la pesca y la recolección de huevos, pero también por otros factores como el cambio climático o la contaminación por basuras: confunden las bolsas plásticas con medusas, uno de sus platos favoritos, y hasta ahí llegan.

“Tenemos el gran río Magdalena que barre casi todo Colombia; en sus aguas caen residuos de fumigaciones, abonos, basura, detergentes, y todo esto llega a nuestro mar y a nuestras playas, y en este mar es donde las tortugas están siguiendo un proceso evolutivo de 120 millones de años”, dice con firmeza Diego Luis Duque García, a cargo del Programa de Monitoreo de Tortugas Marinas del Parque. “Buscamos generar un poco de conciencia en toda la gran cuenca del río Magdalena”, continúa. Este problema en la costa Caribe es responsabilidad también de quienes viven en el interior del país, es lo que quiere decir Duque.

En un programa conjunto entre el Centro de Investigación, Educación y Recreación (Ceiner), que administra el Oceanario Islas del Rosario, y el Parque, con la participación activa de los pescadores, se ha confirmado que la cantidad de tortugas disminuye cada año en esta zona del mar Caribe. Sin embargo, la que aún se ve más es la carey, a la que le gustan las aguas cálidas. “En este momento, en el Parque, es la única que anida y la que más se captura en bajos de alimentación, pero es la más amenazada a nivel mundial”, explica Duque. A la carey la sigue la verde, graciosa en su nadar y cuyo caparazón es más bien plano; esta especie está en vías de extinción. Luego la boba, gogó o caguama, que de boba no tiene nada: se ha dejado ver, pero no capturar en los últimos años. La tortuga laúd o canal, la más grande de todas, en peligro crítico, prefiere anidar en el golfo de Urabá, y finalmente la tortuga lora, la más pequeña, que por primera vez se ve en el Parque.

“El programa de monitoreo de tortugas incluye ubicación y avistamiento de nidos y zonas de alimentación, y marcación y control sobre el número de huevos que eclosionan”, explica el director del Parque, capitán Carlos Andrés Martínez. Para lograrlo, los pescadores son actores claves en el proyecto. Se les anima a que cuando vean una tortuga lo reporten a Parques, y si la capturan se les entrega un pollo para compensar la alimentación de su familia. El Ceiner las recibe y las monitorea hasta la siguiente liberación, que se realiza todos los 23 de mayo, Día Internacional de las Tortugas Marinas. “Se miden, se les toman parámetros físicos y se marcan, con el fin de determinar desplazamientos y rutas migratorias”, dice Duque. “Este año hemos empezado el trabajo en San Bernardo con el fin de determinar si ellas vienen de sur a norte”. También experimentan una nueva metodología: conjuntamente con los pescadores las capturan en los bajos, las suben a la embarcación donde las miden, las pesan, les toman foto y las liberan.

Desde hace ocho años, Bernardo Medrano, un pescador barulero, acompaña las salidas que hacen los funcionarios de Parques. “Yo me comía las tortugas y los huevos, y también las vendía”, le contó a El Espectador. “Eso fue lo que me enseñó mi padre, pero me di cuenta de que se estaban acabando y yo pensaba que esto no sucedía nunca. Ahora veo cómo ponen los huevitos y me da lástima”. Hoy en día recorren conjuntamente las playas con el fin de identificar los nidos, evalúan si están en peligro de ser inundados o depredados, y si es así las llevan al Oceanario.

 

@lisbethfog

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