8 Oct 2015 - 3:05 a. m.

Los peces que no sabemos comer

Hace unas semanas, el ministro de Ambiente firmó junto al ministro de Agricultura y de Comercio el decreto 1780, que les otorgó la nacionalidad colombiana a la trucha y la tilapia.

Pablo Correa

Hace unas pocas semanas, el ministro de Ambiente, Gabriel Vallejo, firmó junto al ministro de Agricultura y la ministra de Comercio el decreto 1780, que les otorgó la nacionalidad colombiana a la trucha y la tilapia, dos especies introducidas, ajenas a las más de 1.500 especies que por millones de años han nadado en los ríos y cuerpos de agua de Colombia.

Creo que no había entendido la rabia y la tristeza que les provocó este tema a los biólogos e ictiólogos del país, hasta que por casualidad toqué la puerta de esa vieja y acogedora casa en el barrio La Soledad de Bogotá, sede de la Fundación Tropenbos, que dirige Carlos Rodríguez, uno de los científicos colombianos más entrañables que he conocido.

Las paredes de la casa están adornadas con cuadros pintados por indígenas del Araracuara, en especial los de Abel, un artista que ha sabido atrapar la selva en acuarelas que pinta sobre lo que le den: cartulinas, cartones, papel. Por los pasillos de la casa de dos pisos uno encuentra arrumados cestos tejidos con fibras de bejuco yaré. Del techo, lo que provoca una sensación surreal, acuática, cuelgan centenares, casi 500, representaciones de peces tallados en madera.

Iba a hablar con Carlos sobre otro asunto, pero en algún punto de la conversación mencioné el dichoso decreto de la trucha. Carlos se paró de su silla, caminó hasta una de las bibliotecas de su oficina y regresó a la mesa para desplegar una serie de ilustraciones coloridas, delicadas, exquisitas en sus formas. Era una pequeña muestra del conocimiento que tienen los indígenas sobre los peces.

Carlos me contó que en 1986 viajó por primera vez al Amazonas. A Puerto Córdoba. Por el río Mirití. Ya era biólogo de los Andes. Ya tenía una maestría. Su esposa, la antropóloga Clara van der Hammen, lo acompañaba. Toda la vanidad y el orgullo académico quedaron hechos trizas cuando se encontraron con los “conocedores” tradicionales indígenas de esa comunidad. “Cuando uno ve ese conocimiento local, no deja de asombrarse por su sofisticación y maestría. Es maravilloso y profundo”, dijo Carlos.

Eso era lo que tenía frente a mí. Carlos me contó que un niño indígena de 12 años fue capaz de dibujar 80 especies distintas de peces en tres días. Me explicó que cuando los indígenas abordan el mundo de los peces, crean sistemas de clasificación tanto o más sofisticados que los nuestros, los occidentales. Con una diferencia: sus sistemas son para la vida. Saben cuáles peces se comen entre sí y las distintas semillas de las que se alimentan. Saben cuáles producen malestar estomacal, los que enferman por su contenido, los que producen daño en la piel y hasta los que producen pereza. Saben cuáles no se comen. Saben cuáles producen bienestar.

En el Vaupés, hace unos seis años, técnicos del Sena se acercaron a las comunidades con una propuesta para enseñarles a cultivar tilapia y especies foráneas. Los indígenas agradecieron la ayuda, pero sugirieron trabajar con especies locales. Ellos conocían más de 200 variedades comestibles, conocían las trampas para atraparlos según los cuerpos de agua, las horas, las dietas de esos peces, los ciclos reproductivos. Lo sabían todo. El proyecto, al final de cuentas, resultó bastante exitoso.

“No tenemos propuestas de acuicultura que privilegien especies nativas”, explica Carlos, quien desde que conoció a esos viejos sabedores se ha encargado de otorgar becas para que los indígenas de distintas comunidades del Amazonas profundicen su conocimiento, lo plasmen en pinturas o textos o hasta bailes si así lo quieren, y lo puedan transmitir a las nuevas generaciones.

Algunas propuestas de cría y levante de peces nativos realizadas con jaulas flotantes, a su vez fabricadas con materiales locales, por parte de algunas comunidades indígenas en el Vaupés, muestran el potencial productivo de nuestras propias especies.

Al final de la charla me regaló unas de esas postales con reproducciones de los dibujos que hicieron los indígenas huitotos Confusio y Enrique Hernández. El conocimiento verdadero es sutil, complejo, difícil, se ramifica, se conecta con todo, se cocina generación tras generación, es delicado y frágil. La ignorancia, en cambio, es menos tímida y siempre ligera. Entendí la rabia de los biólogos frente al decreto que convirtió en colombianas la trucha y la tilapia.

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