Bienvenidos al verano del desastre: una temporada de incendios forestales y domos de calor, calles inundadas y cielos brumosos, tiburones que rondan playas muy concurridas, serpientes de cascabel que acechan en los senderos y praderas infestadas de garrapatas. Incluso el simple placer de comer una ensalada fresca se ha vuelto motivo de preocupación debido a un brote de Cyclospora en Estados Unidos.
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Los planes de vacaciones arruinados no son ninguna novedad. Lo inusual del verano de 2026 (en el hemisferio norte) es que, quizás, por primera vez, ni siquiera la gente con recursos puede escapar por completo de las crisis y catástrofes que normalmente recaen sobre quienes no tenemos una mansión frente al mar.
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“Ha sido un verano de alertas meteorológicas”, decía un editorial en The East Hampton Star. El periódico señaló que alrededor de una semana y media antes de que el humo de los incendios forestales de Canadá tiñera el cielo de un amarillo enfermizo, una tormenta había traído vientos con fuerza de huracán a partes de Long Island.
“Al fin y al cabo, todos vivimos en cuerpos humanos”, señala Brooke Harrington, profesora de sociología en Dartmouth College que estudia la riqueza extrema. “No puedes escapar de estas fuerzas de decadencia y muerte potencial”.
Muchos placeres del verano son gratuitos o económicos, pero eso no significa que todos puedan acceder a ellos con frecuencia o facilidad. Para 2025, el 20 % de los estadounidenses que trabajan en el sector privado no tenían vacaciones pagadas. Unos 32 millones trabajan al aire libre bajo un calor implacable y lluvias torrenciales. Así que es un momento extraordinario cuando hasta los ricos se ven acorralados por las brutales realidades del cambio climático.
“Creo que este verano marca el fin de una de las ilusiones más antiguas del turismo de lujo: que si tienes suficiente dinero, siempre hay algún lugar intacto al que escapar”, señala Jenny Southan, pronosticadora de tendencias de viaje. “Las olas de calor no se detienen a las puertas de un complejo turístico de cinco estrellas, y tampoco lo hacen los incendios forestales o el colapso ecológico. La naturaleza no reconoce la riqueza”.
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¿Esa cabaña en el idílico Sun Valley de Idaho (EE.UU.)? Tal vez no sea la mejor idea con el humo de los incendios forestales que llegan desde Oregon (Canadá). ¿La “cabaña” de 4000 dólares la noche en el Beach Village del Hotel del Coronado, el histórico complejo turístico frente a la playa de San Diego (EE.UU.)? Flujos “excesivos” desbordaron una planta de tratamiento de aguas residuales cercana, lo que cerró temporalmente las playas de los alrededores. Un grupo conservacionista local publicó un video en Instagram de agua turbia cubiertas de lodo marrón.
Martha’s Vineyard, la isla de Massachusetts que es el destino vacacional preferido de presidentes, celebridades y financistas, también se ha convertido en el hogar veraniego de la garrapata estrella solitaria. La picadura de esta garrapata puede causar una fuerte alergia a la carne roja y los lácteos, una afección conocida como síndrome alfa-gal. En 2024, un piloto de 47 años en Nueva Jersey que colapsó después de comer una hamburguesa se convirtió en la primera víctima mortal vinculada a una reacción alimentaria a la alfa-gal. Las garrapatas, históricamente una plaga del sureste, están causando pavor a medida que se propagan por todo el país.
“La gente está realmente aterrada por ello; es un tema de conversación todo el tiempo”, dice Alexandra Styron, una escritora. “Cada vez que hay una cena, inevitablemente se habla del alfa-gal, porque quien recibe tiene que pensar qué preparar y considerar las restricciones alimentarias de todos”.
Las cosas no están mucho mejor en los Hamptons: se han encontrado bacterias carnívoras en la laguna Georgica Pond, donde Jay-Z y Steven Spielberg pasan los veranos, así como en la laguna Sagaponack Pond y en la bahía de Mecox, donde Alan Alda y Jennifer López tienen casas.
Las lagunas del East End (EE.UU.) también se han visto afectadas por cianobacterias, que pueden hacer que se forme una espuma verdosa en la superficie del agua, potencialmente dañina tanto para humanos como para animales. (Mientras tanto, el National Mall en Washington lucha con su propio problema de algas verdeazuladas).
Los organismos proliferan gracias al nitrógeno, que está presente en el fertilizante que les da a los céspedes de los Hamptons su característico color verde oscuro. Y a medida que los Hamptons también se han convertido cada vez más en un destino de fiesta, con grandes grupos abarrotando casas de alquiler, las aguas residuales han sobrecargado los sistemas sépticos, filtrando nitrógeno y fósforo que contribuyen aún más al crecimiento de cianobacterias.
“He vivido 27 años en el East End”, asegura Christopher Gobler, biólogo marino de la Universidad de Stony Brook y experto en vías fluviales locales. “Simplemente hay mucha más gente, mucha más actividad, y ese es un factor que contribuye”.
Incluso quedarse en casa en la ciudad de Nueva York se ha vuelto peligroso para algunos. En el Upper East Side de Manhattan, ha habido un brote de la enfermedad del legionario —una forma grave de neumonía— que se ha cobrado la vida de cinco personas e infectado al menos a otras 85.
“Había una sensación de que, durante la covid, los superricos pudieron usar su dinero para protegerse de lo peor”, indica Jenny Jackson, autora de las novelas Pineapple Street, sobre las élites de la costa este, y The Shampoo Effect.
“Los ricos podían retirarse a sus fincas de campo; podían evitar los vuelos comerciales; podían trabajar a distancia desde sus enclaves privados; podían jugar al golf en sus clubes”, agrega. “Lo particular de este extraño verano es que el dinero no puede aislar a la gente de esta nueva ronda de plagas de la misma manera”.
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