5 Nov 2015 - 3:55 a. m.

Nuestros alucinantes bosques de niebla

Estos ecosistemas son unas de las joyas más valiosas que tiene Colombia. Se extienden sobre la Cordillera de los Andes, la Sierra Nevada de Santa Marta e, incluso, la soledad del desierto de La Guajira. En las cuencas del Cauca y el Magdalena están severamente diezmados.

Rodrigo Bernal*

La mayoría de los colombianos empiezan a apreciar por fin la espectacular naturaleza de este rincón del planeta que ocupamos. Poco a poco, los ciudadanos del común han descubierto que Colombia contiene una diversidad de maravillas naturales de las que no tenían noticia. Los páramos, la serranía de Chiribiquete, Caño Cristales, la inmensa selva amazónica, son joyas que sólo ahora muchos colombianos empiezan a apreciar. Les presento el próximo invitado: el bosque de niebla.

El bosque de niebla es uno de los ambientes más sobrecogedores de nuestro país. Los gigantescos árboles silueteados como fantasmas entre la neblina perpetua, recubiertos de musgos y más musgos, cargados de bromelias y orquídeas, de bejucos y de toda clase de plantas epífitas, tienen un aura de misterio que hace de estos bosques lugares casi irreales. A través de los siglos, viajeros y naturalistas han descrito este paisaje como enigmático, mágico, encantado, lúgubre y muchos adjetivos más, que apenas logran describir su grandeza y su inquietante aspecto. Y en verdad, al caminar por estas selvas de montaña en medio de la niebla tiene uno la sensación de que detrás de cada árbol va a aparecer de repente alguna criatura sobrenatural.

Los bosques de niebla se forman cuando las nubes cargadas de humedad chocan contra las empinadas montañas y envuelven con su blancura toda la selva. Al entrar en contacto con la vegetación, las nubes descargan sus diminutas gotas sobre las plantas, aportando de esta manera hasta el 40% del agua disponible para ellas en un determinado lugar. Este fenómeno se produce entre los 1.500 y los 3.200 metros de elevación sobre el nivel del mar, aunque en algunos sitios, como en la Sierra Nevada del Cocuy, los bosques nublados suben hasta 4.000 metros, mientras en la Cordillera Occidental descienden hasta 1.200 metros.

Aunque menos restringidos que los páramos, los bosques de niebla son también un ecosistema escaso en el planeta. Hay bosques nublados a lo largo de los Andes desde Venezuela hasta Argentina, y en otras montañas tropicales y subtropicales dispersas alrededor del mundo. En Colombia los bosques de neblina cubren apenas una pequeñísima área del país, pero, al igual que los páramos que están por encima de ellos, son inmensos reservorios de agua, auténticas fuentes hídricas, pues el denso manto de musgos que recubre la vegetación en estas selvas es una gran esponja viva que acumula una cantidad de agua hasta 300 veces superior a su propio peso. De hecho, dos de los ríos más caudalosos del país, el Atrato y el San Juan, no nacen en páramos sino en bosques de niebla.

Nuestras mayores extensiones de selva nublada están en las tres cordilleras de los Andes y en la Sierra Nevada de Santa Marta, aunque hay bosques de niebla a menor elevación en otras montañas aisladas, como la serranía del Darién, que marca la frontera con Panamá, y la serranía de Macuira, un oasis de verdor y neblina en medio del desierto de La Guajira. Nuestros bosques de niebla incluyen, entre muchos otros, los espectaculares parches de palma de cera del Quindío en la Cordillera Central y los extensos robledales de la Cordillera Oriental.

Mis favoritos siempre han sido los bosques de neblina que ocupan enormes extensiones en la vertiente oeste de la Cordillera Occidental, la que mira al Pacífico. El esplendor de la vida alcanza en estas selvas unos niveles que parecen casi ostentación. Cada rincón está ocupado por alguna planta o algún animal. Musgos y hepáticas que crecen por todas partes: sobre los tallos, sobre las ramas, sobre las hojas; flores de las formas más descabelladas; hojas con todo tipo de rugosidades, que incrementan la superficie de condensación de la niebla y de captación de la luz, en un ambiente donde la primera es abundante y la segunda escasa; hay además innumerables pájaros multicolores e infinidad de ranas y de insectos inverosímiles: un auténtico laboratorio de la vida. El piso mismo del bosque está cubierto por tal diversidad de tallos, bejucos y ramas caídas, que a veces resulta difícil pisar en firme. Y por todas partes agua, mucha agua.

Para los musgos, las selvas nubladas son el paraíso. El 75% de las 1.650 especies de musgos y hepáticas de Colombia crecen en bosques de niebla. Y estos bosques son también un verdadero edén para muchas otras plantas que crecen sobre los árboles. Bromelias, orquídeas, peperomias, anturios, helechos, ericáceas, gesneriáceas, cubren por completo las ramas de los árboles, formando verdaderos jardines entre las copas. Y este denso manto de epífitas acumula tal cantidad de agua que a menudo las enormes ramas de los árboles se descuajan enteras desde el dosel, incapaces de sostener el peso de semejante carga de vida.

También para los animales las selvas de neblina constituyen un verdadero refugio: poco más de la tercera parte de las especies de aves de Colombia se encuentran en estos bosques. En la Reserva Natural Loro Orejiamarillo, un diminuto pedazo de bosque de niebla de menos de 2 km² sobre la Cordillera Occidental en Antioquia, se encuentran 248 especies de aves, el 13% de todas las que se conocen en Colombia. Y estas selvas son también el hogar de animales tan escasos y sorprendentes como la guagua loba, el venado conejo, el puma y el carismático oso de anteojos.

Pero, al igual que los páramos, los bosques de niebla se han visto afectados por la intervención humana y son uno de los ecosistemas más devastados del país. Las mayores extensiones sobreviven en las vertientes del Pacífico y de la Amazonia y en las laderas de la Sierra Nevada de Santa Marta que miran hacia el Caribe. En cambio, en las cuencas del Cauca y el Magdalena, donde habita el 80% de la población del país, los bosques de niebla han sido severamente diezmados. En muchos casos su destrucción lleva al establecimiento de auténticos “potreros de niebla”, pantanosos y poco productivos, pues la elevada precipitación se lleva en pocos años los nutrientes que el bosque mantenía en perpetuo reciclaje. Al quedar sin bosque, estas áreas terminan fuertemente erosionadas y pierden su función como reguladoras del agua, llevando a la rápida sedimentación de los cauces y a inundaciones severas y fuertes sequías, como las que hemos visto en años recientes.

Por fortuna, casi la tercera parte de las áreas de nuestro Sistema de Parques Nacionales Naturales protege bosques de niebla, al menos en el papel. Las más importantes incluyen los parques nacionales Paramillo, Las Orquídeas, Tatamá, Farallones de Cali y Munchique, en la Cordillera Occidental; Los Nevados y Las Hermosas, en la Cordillera Central; Tamá, Los Yariguíes, Cocuy, Pisba, Cueva de los Guácharos y Alto Fragua Indi Wasi en la Cordillera Oriental, y Sierra Nevada de Santa Marta y Macuira en el Caribe. Además, numerosas reservas privadas conservan fragmentos pequeños pero representativos de estos bosques.

La conservación efectiva de nuestros bosques de niebla representa una interesante perspectiva para el posconflicto, ya que muchos de ellos han sido escenario de la guerra. El turismo bien planeado y cuidadosamente ejecutado ofrecerá una interesante alternativa para la conservación de este ecosistema, a la vez que sensibiliza a los visitantes sobre su belleza y su importancia para el desarrollo del país y para la conservación de su riqueza biológica.

Botánico. PhD en Ciencias. Especialista en Palmas.

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