En 1996, Colombia sumó a su lista de especies de murciélagos a Saccopteryx antioquensis, un pequeño mamífero también conocido como murciélago de sacos alares antioqueño. Era una especie rara, que a diferencia de las otras de su género, a este le hacían falta dos líneas blancas onduladas en la espalda. Pronto supieron que era una especie endémica, que solo habitaba el oriente de Antioquia. Desde entonces, los científicos esperaban volver a verlo para obtener más información, pero extrañamente, S. antioquensis desapareció.
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Pasaron los años y la idea de que la especie se había extinguido era más fuerte. Sin embargo, un día, mientras la bióloga e investigadora de la Universidad de Antioquia (UdeA), Lady Laura López, realizaba un trabajo al norte del municipio de Sonsón, encontró un pequeño murciélago al que justamente le hacían falta las dos rayas en su espalda. Sí, era Saccopteryx antioquensis.
López y el grupo de Mastozoología de la UdeA lograron capturar a este murciélago y tener sus registros acústicos después de 24 años, en diciembre de 2020, un momento clave, en el que los murciélagos no la pasaban bien debido a la pandemia y toda la desinformación que circulaba en torno a estos mamíferos los ponía en peligro.
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“Es un murciélago muy difícil de capturar, yo creo que por eso pasaron décadas sin poder colectarlo e identificarlo”, dice Sergio Estrada Villegas, investigador y docente de la Universidad del Rosario. “Lo que sabemos, hasta el momento, es que está muy restringido a zonas de bosques asociados a sistemas kársticos de oriente antioqueño, es decir, a cuevas, y a los bordes de los bosques”, agrega.
El redescubrimiento de S. antioquensis ilusionó a los biólogos, pues aunque Colombia es el segundo país con más especies de murciélagos del mundo, con 239, y el primero en América, esta es una de las ocho endémicas del territorio nacional, es decir que, no se encuentran en ningún otro lugar del planeta.
La tarea que seguía era ¿cómo conservar a esta especie y el hábitat donde vive?
Una historia marcada de mitos
Sobre los murciélagos se dicen muchas cosas, la mayoría falsas o desproporcionadas: que atacan a las personas, que tienen rabia, que son “vampiros” y consumen sangre. Lo cierto es que son más importantes de lo que muchas personas pueden imaginar. “Nos ayudan a tener un balance en el ecosistema, lo que es clave”, sostiene Melquisedec Gamba Ríos, director regional para América Latina del Bat Conservation International (BCI), una organización dedicada a la conservación de estos mamíferos.
Esto se debe, en gran parte, a que tienen diferentes dietas. “Los más comunes son los que se alimentan de insectos y estos son vitales porque controlan los niveles de insectos, especialmente de plagas para cultivos”, explica Gamba. Otros, consumen el polen y el néctar de diversas flores y lo llevan a otras nuevas, lo que se conoce como polinización, y otros dispersan semillas, y ayudan a la reforestación.
Pese a que son vitales, una de las principales amenazas que enfrentan es justamente su mala reputación. En la pandemia del covid-19, por ejemplo, muchos señalaron a los murciélagos como responsables de la enfermedad que paralizó al mundo en 2020, cuando no era así. En Perú, por ejemplo, se registraron casos de personas que iban hasta cuevas donde vivían estos animales para incendiarlas y “evitar contraer el virus”.
Pero en el caso de S. antioquensis hay otras amenazas que también influyen. “Esta especie ha sido considerada amenazada desde hace mucho tiempo, porque el área geográfica que ocupa es muy restringida. Cuando esto sucede, se concluye que cualquier cosa que pase en esa área puede poner en peligro a la especie”, explica Estrada, de la U. del Rosario.
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A esto se suma que tiene un hábitat fragmentado y degradado. La especie vive en la región kárstica del oriente de Antioquia, un sistema formado por cavernas y abrigos rocosos. Esta área enfrenta una considerable pérdida y fragmentación de los bosques debido a actividades humanas como la explotación a gran escala de calizas y mármoles, así como la ganadería extensiva y el turismo no controlado.
El refugio Ika
Ante este panorama, en el país han ido creando estrategias que buscan conservar este lugar. En 2019 se estableció allí un Área de Importancia para la Conservación de Murciélagos (AICOM), denominada CoKOA por el nombre del corredor. Esta abarca 11 municipios de Antioquia, desde Sonsón, hasta Yolombó.
Pese a esto, hay varias zonas dentro de esta área de conservación en peligro por cambios drásticos en el uso del suelo. Por esto, varios científicos, empresas y comunidades empezaron a buscar la manera de crear una estrategia duradera que permita proteger a S. antioquensis, y a las demás especies con las que convive.
Fue así como nació la Ruta de las Alas, un proyecto que buscaba crear un refugio silvestre para el pequeño murciélago, dentro del AICOM CoKOA. Durante dos años diferentes representantes del BCI, de la Universidad del Rosario, la UdeA, y de empresas como Cuantico y Terrasos empezaron a trabajar en la creación de un banco de hábitat que son áreas designadas para la conservación, y seleccionadas porque tienen unos atributos importantes donde se emiten los llamados créditos de biodiversidad. “Estos funcionan como una herramienta financiera que le permite a las empresas que generan impactos ambientales, invertir en la conservación de estas áreas”, explica Diana Cardona, directora del proyecto.
Lo que buscan los bancos de hábitat es que las empresas no hagan sus compensaciones de forma aislada, “de a poquitos en diferentes lados”, como dice Cardona, sino que se concentren en esas áreas estratégicas.
Para poder crearlo, primero tuvieron que estudiar el área y esto requería, necesariamente, buscar al Saccopteryx antioquensis. Este trabajo se hizo principalmente con bioacústica, una disciplina que combina biología y sonido para entender cómo se comunican los murciélagos. “A lo largo de diez municipios se instalaron grabadoras en el dosel de los bosques, que es una parte concurrida por la especie. Son murciélagos que tienen muy desarrollada la ecolocalización y podían detectar fácilmente las redes de niebla (unas mallas que también se usan en el estudio de murciélagos para poder capturarlos)”, sostiene Cardona.
Gracias a este trabajo pudieron identificar a la especie en 53 de los 80 sitios distribuidos en todo el AICOM CoKOA, y además conocer otros detalles como que tiene un único pico de actividad entre las 17:00 y 18:00 horas, extendiéndose en algunas zonas hasta las 19:00. También se registraron algunos eventos entre las 00:00 y las 2:00, aunque en menor proporción.
Pero esta estrategia no solo permitió conocer detalles de Saccopteryx antioquensis. “Cuando empezamos a trabajar en esta área teníamos registros de alrededor de 50 especies de murciélagos, y gracias al trabajo de más de 40 profesionales, identificamos casi 80 especies, algo que muestra la alta biodiversidad que tiene esa región”, afirma Gamba del BCI.
Una vez lista esta parte del proyecto, faltaba otra esencial: el trabajo con las comunidades, pues de ellas depende, en gran parte, el éxito de los proyectos de conservación. “Es muy fácil hablar de conservación cuando todos estamos bien económicamente, pero en muchas comunidades del país, que viven del día a día, mirando cómo subsisten, esto pasa a un segundo plano”, agrega Gamba.
Por eso, en la creación del refugio, llamado Ika, se trabajó con aproximadamente 300 personas de 73 veredas. Se realizaron talleres de educación ambiental, donde, inicialmente, se les enseñó acerca de los murciélagos y su importancia, y posteriormente, se dio a conocer el proyecto.
“Lo que buscábamos era hacer unos contratos con los dueños de los predios para definir unas áreas dedicadas a la conservación, otras a la restauración, donde se hacen actividades de siembra, por ejemplo, y otras para la producción de los propietarios”, explica la directora de la Ruta de las Alas.
Finalmente, se creó el refugio Ika (que significa murciélago en lenguaje embera) , en zona rural de Maceo, Antioquia, un lugar que cumplía con todos los requisitos: presencia de Saccopteryx antioquensis, territorios saneados jurídicamente y comunidades con vocación de conservación. Este refugio permitirá proteger a este murciélago, pero también a otras 139 especies de aves, 45 de mamíferos y 222 de flora.
Usar este tipo de organismo para crear un refugio hace parte de lo que se conoce como “especie sombrilla”, es decir, que conservándola, se conservan también a otras especies y los hábitats asociados. Antes se ha usado al jaguar como especie sombrilla, por ejemplo. Este caso, para Sergio Estrada Villegas, de la U. de Rosario y también codirector de la Ruta de las Alas, demuestra que no solo las especies carismáticas y grandes pueden cumplir un rol importante en la conservación. “Aquí hay un animal pequeño, que vive en la noche, que tiene un rol importante en su ecosistema y que gracias a él protegemos al jaguar, y a otros mamíferos y aves que están amenazadas”, puntualiza.
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