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Comencemos con un experimento. Imaginemos que un mismo huracán recorre todo el mundo. Si bien el fenómeno natural es el mismo, es muy poco probable que las consecuencias que deje a su paso sean iguales en todos los países y ciudades. Habrá países mejor adaptados a estos eventos que sufrirán apenas daños, pero ciudades vulnerables pueden quedar destruidas. ¿Por qué?
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Los fenómenos naturales son recurrencias inevitables y en ocasiones imprevisibles, pero la manera como las sociedades se preparan y afrontan estos eventos repercute en la magnitud de los impactos que dejan. Es decir, no todos los fenómenos naturales resultan en desastres.
Esta es la principal tesis de varios investigadores que, desde hace más de tres décadas, han buscado desafiar la idea de “desastres” o “catástrofes” naturales. Estrictamente, las catástrofes ocurren cuando un evento geológico o climático se encuentra con comunidades o actividades humanas.
En un ensayo de 1994, el especialista en reducción de riesgos de desastres y adaptación al cambio climático, Terry Cannon, intenta aclarar la conexión entre los riesgos naturales y los desastres. “Argumento que los ‘riesgos’ son naturales, pero en general los desastres no lo son, y no deberían ser vistos como el resultado inevitable del impacto de un riesgo”.
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Por ejemplo, el 11 de marzo de 2011 un sismo de 9.0 de magnitud afectó la región japonesa de Tōhoku. Además de los impactos del potente movimiento telúrico, el inminente tsunami provocó fallas en el servicio eléctrico que provocó el accidente de la planta nuclear de Fukushima.
El “desastre” de Fukushima muestra que es la suma de riesgos naturales con la acción humana la que genera situaciones catastróficas.
Fenómeno, desastre… ¿Cuál es la diferencia?
Aunque pueda parecer una diferencia sutil, la manera como nos referimos a estos eventos impactan en cómo se piensa sobre estos y en cómo se afrontan. Las palabras importan. Kevin Blanchard, consejero en reducción de riesgo de desastres, explica que atribuirle naturalidad a los desastres fomenta la idea de que es poco lo que los humanos pueden hacer para alterar los impactos.
“La atribución de culpa a los desastres a la naturaleza o a un ‘acto de Dios’, absuelve a los poderosos tomadores de decisiones de su responsabilidad por permitir u obligar a las personas a vivir en condiciones vulnerables”.
En esta línea, Cannon hace hincapié en el aspecto social y económico de los desastres, pues explica que los eventos naturales pueden ocurrir con mayor frecuencia o intensidad por la destrucción ambiental que ha producido “la búsqueda de metas económicas y sociales que, hasta ahora, se han visto como los objetivos normales del crecimiento económico”.
Organizaciones como las Naciones Unidas o la Cruz Roja Internacional, han adoptado estas definiciones más precisas sobre los desastres. Por ejemplo, la ONU los define como:
Una interrupción seria del funcionamiento de una comunidad o sociedad en cualquier escala, debido a eventos peligrosos interactuando con condiciones de exposición, vulnerabilidad y capacidad, lo que produce uno o más de lo siguiente: pérdidas e impactos humanos, materiales, económicos y ambientales.
La acción humana
Estas aproximaciones permiten tener una mirada más centrada en la acción humana. Lo que esto permite es pensar que, así como son las sociedades las que agravan los impactos de fenómenos naturales, las acciones humanas también pueden mitigar los riesgos y los daños de estos eventos.
En Ambiente y Sociedad hemos acompañado a comunidades afectadas por la avalancha que impactó a Mocoa en 2017. Como parte de nuestro proceso de análisis sobre las pérdidas y daños, notamos que los escenarios de catástrofes coinciden con falencias estructurales, sociales, económicas y ambientales que impactan con mayor severidad a poblaciones vulnerables.
Los fenómenos naturales no se pueden evitar, pero la prevención y la gestión del riesgo son barricadas sociales que permiten entender y disminuir las pérdidas humanas y económicas, además de que disminuyen el tiempo de recuperación tras estos eventos.
De acuerdo con Andrea Prieto, coordinadora del programa de Justicia Ambiental y Climática, “más allá de la respuesta ante el desastre, es fundamental anticiparse, prepararse y proteger a las comunidades para que no sean vulneradas. No podemos permitirnos esperar a que la próxima tragedia nos golpee para tomar acción”.
*Periodista de la Asociación Ambiente y Sociedad
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