1 Sep 2015 - 5:01 a. m.

Pruebas de paternidad a los tiburones de Malpelo

Las mismas pruebas que sirven para establecer la paternidad en humanos fueron utilizadas para identificar las zonas de cría de los tiburones martillo en el Pacífico colombiano.

Pablo Correa

En los primeros meses del año, las aguas poco profundas alrededor de la isla de Malpelo atraen a decenas de tiburones martillos (Sphyrna lewini). Las hembras embarazadas aprovechan la tranquilidad de este rincón del océano Pacífico para descansar y alimentarse antes de emprender un nuevo viaje.

Los tiburones martillos son una especie hiperactiva. Son, por naturaleza, viajeros inquietos. Gitanos. El uso de receptores satelitales instalados en las aletas de algunos individuos han permitido a los investigadores de la Fundación Malpelo conocer cada vez mejor sus movimientos migratorios. Saben que entre su hoja de ruta también está la isla Galápagos o la Isla del Coco en Costa Rica. Lo que hasta ha resultado difícil de establecer son los lugares de cría que eligen unas y otras familias de tiburones.

En 2011, el entonces director de la Fundación Malpelo, Germán Soler, y Susana Caballero, de la U. de los Andes, con el apoyo del Instituto de Genética de la U. Javeriana, decidieron resolver el problema de la forma más clara posible: con pruebas de paternidad.

Sabían que alrededor del Parque Nacional Sanquianga y el Parque Ensenada de Utría, suelen nada pequeños tiburones. Entonces diseñaron pruebas genéticas para establecer grados de parentesco entre estas poblaciones y las que visitan la isla de Malpelo.

Los investigadores tomaron 137 muestras de tiburones adultos y juveniles. Buscaron en el ADN secuencias específicas que delataran los grados de parentesco.

“Lo que se hace es copiar pedazos regados por todo el ADN. Repeticiones de tres o cuatro bases. El número de esas repeticiones debe ser igual entre el padre y el hijo. Si se encuentra que hay el mismo número en el mismo número de genes, se puede proponer con una certeza de 99% que ese individuo es hijo de otro”, explicó Susana Caballero, investigadora de la U. de los Andes.

Las sospechas se confirmaron después de varios meses de trabajo. En un artículo publicado en el Journal of Heredity escribieron: “Los análisis de asignamiento y pruebas de paternidad detectaron tres parejas de parental-cría entre Malpelo y Sanquianga y una pareja entre Malpelo y Utría”. Hasta ahora no se tenía noticia de sitios de crías para tiburones martillos.

Para Alberto Gómez, investigador del Instituto de Genética de la U. Javeriana, estos resultados son importantes porque hasta ahora era muy poco lo que se sabía sobre la conectividad genética de las poblaciones. Pero más que eso, porque permiten entender que la importancia biológica de santuarios como Malpelo en realidad depende de otros lugares cercanos a las costas, como Sanquianga y Utría.

Los tiburones, por sus largos ciclos reproductivos, son muy sensibles a la explotación pesquera. Mientras a los machos les toma unos diez años llegar a su madurez sexual, en las hembras se extiende hasta los quince años. “Las áreas de cría se están convirtiendo en un componente esencial de la conservación y los planes de manejo de los tiburones”, escribió el grupo de investigadores, encabezado por Sonia Quintanilla y en el que también figuran Camila Mariño, Carolina Sorzano y Jaime Bernal.

Sandra Bessudo, directora de la Fundación Malpelo, cree que este tipo de estudios genéticos son el mejor argumento para plantear nuevas estrategias de conservación. Por ejemplo, explica, proteger áreas marinas cerca de la costa y hacer acuerdos de conservación con las comunidades.

 

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