¿Qué hacer si su vecino es un jaguar?

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Una de las investigaciones más grandes que se han hecho en el país sobre estos felinos muestra que palmeros y ganaderos pueden coexistir con él sin cazarlo, como sucedió en Magdalena Medio.

En 2014, entre los muchos visitantes que llegaron a Casanare para comprobar los estragos de la fuerte sequía, hubo uno que pasó inadvertido. George Schaller, conocido como uno de los padres de la conservación de la vida salvaje y uno de los primeros científicos que exploraron el comportamiento de mamíferos como los gorilas de montaña y el oso panda, había llegado a ese sitio para recorrer 17.000 hectáreas. Su anfitrión era el colombiano Esteban Payán, director de la fundación Panthera para el norte de Suramérica. Ambos, mientras las cámaras de los medios captaban miles de chigüiros muertos, se preparaban para hacer una de las investigaciones más grandes sobre jaguares que se han hecho en Colombia y que acaba de ser publicada en la revista Plos One.

El lugar al que llegaron fue el hato La Aurora, una finca cercana a la cuenca del río Orinoco. La idea era ubicar, entre los pastizales, los humedales y los bosques, 150 cámaras trampas para seguirle la pista al felino más grande de Suramérica. Era el ejercicio más grande de ese tipo que se hacía en el país, si se le suman las cámaras que ubicaron en el valle del río Magdalena, en Santander, el otro punto que incluía estudio. No muy lejos de allí, en Puerto Berrío (Antioquia), dos hombres cazaron un jaguar que hace un par de días Colombia conoció en nueve fotografías.

Pero, más allá de la complejidad de ubicar esos aparatos bajo el calor del Llano y del Magdalena Medio, Payán y los otros seis investigadores que hicieron parte del estudio querían comprobar si este felino, en vía de extinción, podía vivir en paisajes modificados por el hombre. Esos dos puntos eran una buena muestra: en el primero estaba la ganadería extensiva tradicional. En el segundo había cultivos artesanales de palma de aceite.

Tras comprobar que en ambas regiones había un promedio de tres jaguares por cada 10.000 hectáreas, vieron que el mamífero puede convivir con ambos gremios, sin que haya necesidad de cazarlo. “Es una gran receta de coexistencia”, dice Payán.

La receta, claro, tiene sus ingredientes claves: en el caso de la ganadería debe haber un sistema mixto, como lo hay en La Aurora, en el que se destine un pedazo de tierra a la conservación y se creen prácticas para proteger las reses. Es natural que, a medida que Colombia arrasa los bosques del jaguar para meter vacas, éste las vea como potenciales presas.

En el caso del Magdalena Medio, palmeros y felinos pueden coexistir siempre y cuando ese tipo de agricultura no se haga a gran escala ni con las prácticas que cada vez quieren abrirse más camino en Colombia. Es decir, el equilibrio funciona a la perfección desde que no sea una siembra superior a las 2.000 hectáreas y no se tumbe la selva y se sequen las aguas de los humedales y las ciénagas.

“En este lugar, donde hay palmas medianas, los trabajadores paran sus actividades a las 3:30 p.m. y desde esa hora hay una explosión de biodiversidad. Pero en otras áreas palmeras, donde hay camiones de acopio prendidos 24 horas y se fumiga con glifosato, solo hemos visto culebras y ratas”, cuenta Payán.

A lo que se refiere es a que sí hay maneras de garantizar la supervivencia del jaguar sin, como le dicen algunos, oponerse al desarrollo. En sus palabras, no se trata de satanizar ningún sector, como suelen hacer con los ganaderos, sino de crear buenas prácticas. De hecho, dice, los habitantes del Llano se han convertido en grandes aliados. Pero pueden dejar de serlo si les hacen caso a las grandes compañías agrícolas que los están seduciendo para comprarles sus terrenos.

Entre sus cuentas, si el país quiere conservar esta especie para que sobreviva dentro de 300 años, se requieren mínimo 500 jaguares. Por eso, desde hace más de seis años insiste en que haya mejores medidas de protección para el Corredor del Jaguar, un proyecto que busca conservar trozos de bosque desde Argentina hasta México. Para lograrlo, Colombia es una conexión esencial que garantizaría el paso de información genética. Lo grave es que no todas las autoridades ni todos los sectores productivos le han prestado atención. Y si, como afirma Payán, siguen haciéndose los miopes, dentro diez años posiblemente solo habrá jaguares en fotos de redes sociales.

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