22 Sep 2015 - 3:59 a. m.

Tolima: en la línea de las llamas

Misiones del Ejército buscan frenar los incendios forestales que, solo en este departamento, han destruido más de 11.000 hectáreas.

Cristian Mendoza / Federico Benítez

Son las seis de la mañana en Ibagué. En la Quinta División del Ejército se alista un grupo de treinta hombres. Están entrenados para el combate cuerpo a cuerpo en la guerra, han pasado noches y días bajo el fuego enemigo. Pero esta vez se alistan a combatir el que está carcomiendo las montañas que rodean la capital del Tolima. Llevan varias semanas metidos entre la candela a más de 40 grados de temperatura, sofocando llamas de hasta seis metros de altura.

El capitán Taborda es un experimentado piloto de helicóptero de la aviación del Ejército. Es el encargado de coordinar las operaciones por tierra y aire que permiten identificar dónde es más urgente desplazar los soldados y el helicóptero para apagar el fuego.

Las llamas abrasaron con tanta fuerza las montañas que el infierno llegó a miles de hectáreas de bosques y a animales que no alcanzaron a huir del fuego, que se propagó por 28 municipios del Tolima, uno de los departamentos más afectados en la oleada infernal que azota al país.

Por más de 20 días los campesinos vieron como bocanadas de fuego arrasaban en cuestión de horas el pasto con el que alimentan a sus vacas y los árboles que cobijan los nacimientos de agua. La emergencia ambiental tiene en alerta roja el departamento.

El mayor general Jorge Alberto Segura prioriza hacia dónde debe desplegar los doscientos soldados que dispuso solo para apagar incendios en el Tolima. Sabe que las manos de sus combatientes no alcanzan a apagarlos todos, pero se multiplicarán por cinco si es necesario para salvar la fauna, la flora y las casas de los campesinos.

Al mismo tiempo, el capitán Taborda debe decidir a dónde dirigir el helicóptero MI 17 adaptado con un sistema bambi buket, una bolsa gigante que tiene la capacidad de recoger cinco mil litros de agua y lanzarlos en cuestión de cinco segundos sobre los incendios que están devorando montañas.

La situación parece complicarse. Hay muchos incendios fuera de control y solo hay un helicóptero. A eso se le suma que los ríos están casi secos y pocos tienen la profundidad necesaria para sumergir el bambi buket.

Mientras los pilotos alistan el helicóptero, por tierra sale el primer grupo de soldados hacia Piedras, donde reportaron gigantescas llamas. Dos camiones transportan a estos hombres, que llevan varias semanas madrugando a apagar incendios. El trabajo es tan duro que ni siquiera sus botas alcanzan a enfriarse entre el incendio que apagan y el que surge en otro tylugar.

El helicóptero despega para apoyarlos por aire. Encuentran un lago cerca en el sector de Las Mariposas, allí sumergen el bambi buket. El MI 17 puede estar hora y media en el aire y hacer 13 descargas de agua. Cada hora de vuelo de este camión del aire cuesta catorce millones de pesos. Luego deberá regresar a la brigada a recargar combustible. Así se va la mañana. Con los hombres en tierra y el apoyo del helicóptero logran apagar un incendio. A día de hoy, solo los vuelos de esta aeronave en el Tolima, regando agua, han costado 1’087 millones de pesos.

Apenas hay tiempo para almorzar, cuando reportan un nuevo incendio. Es en Payandé, una reserva ecológica cerca de Ibagué. De nuevo despega el helicóptero. Desde el aire se ve cómo el humo se convierte en una densa cortina que tapa la zona. Nos dejan en una montaña al frente de las llamas. Hay que quitarle peso al helicóptero, el calor hace que exista menos oxígeno en el aire, lo cual le quita potencia a la aeronave y necesitan volar por entre un cañón en donde se cruzan corrientes de viento muy fuertes y ante una emergencia necesitarían soltar el bambi buket y darles a los motores la fuerza necesaria para no estrellarse.

En la montaña del frente, don Luis Gómez lleva varias noches sin dormir cuidando que las llamas no se pasen hasta su casa. Si el fuego llegara hasta allá, la única manera de apagarlo sería con la ayuda del helicóptero. Un carro de bomberos no podría ingresar a esta zona. No tiene ni celular para pedir ayuda.

A pesar de las entregas de agua, el incendio se sale de control. El helicóptero cumplió con sus horas de vuelo por hoy. El protocolo dice que máximo puede realizar vuelos durante ocho horas diarias. La orden es regresar. La reserva sigue ardiendo y se ve la cara de impotencia del capitán Taborda al no apagar del todo el incendio.

Ya en tierra sigue llegando información poco alentadora. Los vientos hicieron que las llamas se dirigieran hasta Carmen de Burila, un corregimiento aledaño a la reserva sembrada de caña de azúcar. Anochece y el helicóptero ya no puede volar.

El capitán Taborda no lo piensa dos veces, se monta en una camioneta de la Alcaldía y busca el fuego por tierra. Nos lleva casi hora y media llegar hasta donde la carretera destapada lo permite.

Hay que seguir a pie por los cañaduzales y caminar cuarenta minutos. La visibilidad es casi nula, las hojas de la caña cortan la piel y se corre el peligro de que por las llamas nos alcancen las serpientes.

La única luz durante la noche es la que produce el incendio. Definen perfectamente el camino de cada centímetro de montaña que están consumiendo. Los campesinos suben y bajan a tomar guarapo para calmar la sed. A toda costa, con lo que pueden, trabajan para evitar que el incendio llegue hasta los cultivos. Una chispa en una mata de caña podría acabar con los trapiches donde se hace panela, las casas y la vereda entera. El capitán Taborda pide ayuda. Pero es tarde y por la distancia es difícil que llegue tropa a apoyar . Solo queda esperar a que amanezca.

Los soldados llegan temprano a la reserva, los campesinos lograron que el incendio no llegara a los cultivos de caña que les dan empleo a más de 30 familias. El panorama es desolador. Después de sofocar las ultimas llamas y de rociar con agua los últimos focos de candela, los soldado se encuentran decenas de tortugas calcinadas, serpientes y hasta un oso hormiguero que no alcanzaron a huir del fuego.

La reserva está sembrada de ceniza, pero la vida sigue peleando su batalla. Un par de tortugas y una lagartija sobrevivieron. Los soldados las lavan con agua y las ponen a salvo. Han acabado por hoy. Los soldados salen para su batallón. Tienen la esperanza de que mañana no se prenda una montaña más.

 

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