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El Premio Lápiz de Acero que fue publicado por la Bienal de Arquitectura, en la década de los 90, daban para pensar que en el hogar de Álvaro Ricardo Prada los planos y diseños de construcciones iban a ocupar todos los espacios. Pero no fue así e incluso los sofás, las mesas, los cuadros y jarrones de su apartamento fueron remplazados por las sillas de un vehículo, una transmisión completa y estanterías repletas de piezas automotrices de todos los tamaños, cuidadosamente etiquetadas.
Para los visitantes era algo extraño y parecía un rompecabezas, pero para él tenía un sentido especial, pues en su mente estaba la idea y el propósito de darle vida a un BMW.
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Podría decirse que todo cambió para Álvaro cuando tuvo el primer contacto con un modelo de la marca alemana. Un exjefe, amante y coleccionista de autos clásicos, evaluaba la compra de un BMW 2002ti modelo 1971. Pero fue Álvaro quien se dejó conquistar por las líneas de esta máquina y quien, impulsivamente, decidió comprarlo, sin saber que ese era el comienzo de un viaje sin retorno.
Su nuevo bien cobró protagonismo dentro de sus pertenencias, al punto que decidió bautizarlo ‘Ayrton’, no solo por tratarse de su primer vehículo, sino como tributo al múltiple campeón de la Fórmula 1, el brasileño Ayrton Senna da Silva.
Lo que parecía una pasión personal terminó convirtiéndose en un aporte invaluable para el gremio automotor. Su disciplina, perfeccionismo, exactitud técnica y visión estética —forjadas en la arquitectura— encontraron un nuevo escenario en la restauración de vehículos clásicos, especialmente de la marca alemana.
Quién lo creyera. Lo que comenzó como una afición desprevenida se transformó con los años en una vida paralela y, luego, en una comunidad. BMW se metió en su corazón y, junto con otros fanáticos, fundó un club dedicado al BMW 2002, que con el tiempo evolucionaría hasta convertirse en el BMW Club Clásicos Colombia, con reconocimiento nacional e internacional.
Álvaro Ricardo no olvida los inicios ni los momentos que marcaron su camino. Uno de ellos permanece intacto en su memoria: durante meses, junto con unos amigos, siguió la pista de un vehículo abandonado en un taller. Tras investigar el número VIN, descubrieron que se trataba de un BMW 3.0 CSL “Batmobile” de 1974, una pieza única en Suramérica.
No dudaron en comprarlo, pero 24 horas después el dueño se arrepintió. Quince días más tarde, el auto salió del país y le perdieron el rastro. “Fuimos dueños de un Batimobile por un día”, recuerda.
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Lejos de rendirse, continuó con nuevos proyectos. Entre ellos, un BMW Bavaria rescatado en condiciones precarias, afectado por el paso del tiempo e incluso por roedores. Cada vehículo representaba un reto que iba más allá de la mecánica: implicaba investigación, paciencia y un profundo respeto por la historia original.
Con repuestos traídos desde Alemania y Estados Unidos —muchos entre maletas de familiares— logró restauraciones completas, meticulosas y casi perfectas. El resultado no era solo un carro: era una obra reconocida por su autenticidad.
Con el tiempo, su entusiasmo por los autos clásicos y antiguos, sumado a su experiencia, lo llevó a consolidarse como restaurador y proveedor de piezas de alta precisión para vehículos de colección alrededor del mundo. Durante la pandemia, mientras el mundo se detenía, encontró una nueva oportunidad: diseñar y fabricar piezas que ya no existían en el mercado. Así nació Oils Design Group.
Hoy, en un contexto en el que muchas piezas originales dejaron de producirse, Álvaro Prada representa una nueva generación de expertos capaces de devolverle la vida a vehículos históricos mediante el desarrollo de componentes artesanales e industriales fieles a los diseños originales, cuidando cada detalle.
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Su proyecto más reciente —un BMW 3.0 CS de 1974— refleja el nivel al que ha llevado su pasión. Digitalizó diagramas eléctricos, reconstruyó cableados desde cero, replicó piezas y documentó cada etapa como si se tratara de un archivo histórico. Además, retiró la pintura él mismo para descubrir la verdadera condición del vehículo. Lo que encontró fue una mezcla de alivio y desafío: sin parches estructurales, pero con daños ocultos que exigían soluciones de alto nivel.
Después de años entre motores, piezas y restauraciones, ha llegado a una conclusión clara: “Restaurar un clásico no es solo devolverle la vida a un carro. Es decidir hasta dónde se quiere llegar y no soltar el proceso”.
Hoy, mientras varios proyectos esperan su turno en el taller, la historia de Álvaro Ricardo Prada Díaz sigue creciendo. Y como todo buen clásico, mejora con el tiempo, porque es, sin duda, un arquitecto que nació para transformar entornos… y también máquinas.