Greenwich Village, Nueva York.
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“95, 96, 97… ¿ves? Te lo dije, menos de 100 pasos desde nuestra casa hasta aquí”, le dice Joey a Chandler en el cuarto capítulo de la primera temporada de Friends al llegar al Central Perk: el café en donde reposaba el icónico sofá naranja que terminó convirtiéndose en punto de referencia para toda una generación.
Referente de la cultura pop de finales del siglo XX y un relato construido entre las tragedias cotidianas, los logros efímeros y las relaciones interpersonales, Friends fue una comedia televisiva que durante 10 temporadas y 236 episodios logró poner la amistad en el centro de la conversación sobre crecer.
Parece que Tania Bossa (@semillamind.psico) disfruta hablar de Friends. A la psicóloga de la Universidad Konrad Lorenz y magíster en terapias de tercera generación de la Universidad de La Rioja, la serie le parece algo más que una comedia noventera.
Para quienes crecieron viéndola, además de los cafés y los chistes -que por supuesto plasmaban la idiosincrasia neoyorquina de la época-, funcionó como una referencia de cómo podía verse la adultez joven. Fue una forma de entender que los amigos podían ocupar un lugar estructural en la vida, la idea de que pasara lo que pasara, alguien iba a estar sentado a tu lado en el sofá.
Desde la psicología del desarrollo, explica, crecer también implica moverse e incomodarnos. Hay un punto en el que la familia de origen (no necesariamente sanguínea) deja de ser el centro y comenzamos a construir vínculos desde lo que podemos elegir. Lo explica a través de un ejemplo propio: Bossa atravesó distintas subculturas —desde emo hasta rasta— que funcionaron como espacios de prueba. Para ella no eran modas sin importancia; simplemente buscaba escenarios en donde podía sentirse cómoda mientras diferenciaba y entendía quién quería ser.
Es un proceso que redefine en dónde buscamos apoyo, validación y compañía. Retoma la teoría del apego de John Bowlby, quien planteó que todos necesitamos una “base segura” desde la cual explorar el mundo. Y claro que los amigos pueden convertirse en esas figuras, pues la red primaria de apoyo no se limita a los padres; también se encuentra en esas relaciones que, con el tiempo, terminan siendo el lugar al que volvemos cuando algo parece no tener solución o cuando algo, por fin, sale bien.
“Lo que mostraba la serie era precisamente eso: un grupo que funcionaba como sostén emocional fuera de casa, que acompañaba crisis amorosas, fracasos laborales, miedos y logros. Esa representación conecta con una necesidad básica del ser humano que es pertenecer”, asegura.
La identidad se construye en interacción
No todas las personas necesitan grupos grandes, porque funcionan mejor con uno o dos vínculos significativos. Son solamente configuraciones distintas que pueden facilitar procesos en la personalidad. En esos espacios, sea cual sea la cantidad de amigos, se aprende a negociar, a resolver conflictos, a tolerar frustraciones y a leer emocionalmente al otro.
Esa base segura de la que hemos hablado permite explorar el mundo con una mayor sensación de respaldo. Entonces, pedir ayuda o hablar en público resulta menos amenazante, un dolor de corazón puede sentirse más ligero y la frustración llega con mayor flexibilidad.
Pero no contar con una red cercana no implica que haya algo mal en nosotros y tampoco implica desarrollar una personalidad deficitaria. De hecho, puede fortalecer habilidades intrapersonales: autonomía, introspección, pensamiento independiente, capacidad para tolerar la soledad sin angustia constante. Y, en algunos casos, incluso hay menor influencia de la presión grupal en la construcción de identidad.
Nadie puede condenar socialmente a quienes deciden transitar la vida de forma solitaria, pero lo que puede ocurrir, afirmación que no parte de un juicio, es estar expuestos a mayor vulnerabilidad al aislamiento o la ansiedad social. La psicóloga menciona el caso de niños de nueve o diez años que salieron del encierro de la pandemia convertidos en adolescentes y la falta de contacto social que interrumpió sus procesos de consolidación de confianza interpersonal.
Es cierto que aparece una preocupación psicológica cuando cualquiera de los extremos se extrapola.
“Si la autosuficiencia se vuelve una rigidez de ‘yo puedo con todo, no necesito a nadie’, ahí ya hay aislamiento emocional. Y si la dependencia al grupo es excesiva, aparece el miedo intenso a la soledad y la dificultad para tomar decisiones autónomas”, explica Bossa.
No es una pelea de extrovertidos versus solitarios. En realidad, nos da la posibilidad de entender cómo esas experiencias tan diversas se integran en la construcción del self. Un desarrollo saludable, dice, implica poder moverse entre ambos mundos: saber estar acompañado y saber estar solo sin que ninguno se convierta en amenaza.
Los efectos cambian, por supuesto, según la etapa del desarrollo. En la adolescencia, por ejemplo, “los amigos permiten ensayar versiones de uno mismo. A través de grupos, subculturas o afinidades, el adolescente prueba quién puede ser. Si no existe esa red, puede verse afectada la consolidación de la identidad, la autoestima y la validación”.
En cambio, la “ausencia” de amigos en la adultez puede afectar el bienestar emocional y la regulación afectiva: “no influyen tanto en quién soy, sino en cómo sostengo mi bienestar y cómo me regulo emocionalmente”.
La amistad en la adultez
Catherine Pearson escribió ¿Cómo hacen nuevos amigos los adultos? Esto dicen los expertos, para The New York Times. Un tema que no es menor y que, definitivamente, no podíamos excluir.
En los primeros años de adultez, entre los 20 y los 25, las amistades suelen construirse por proximidad: universidad, primeros trabajos o los espacios que se frecuentan. Además, el cerebro —especialmente la corteza prefrontal— aún está terminando de desarrollarse. Como aún no se ha completado un grado importante de madurez (cosa que ocurre entre los 25 y los 27), esa consolidación, implica ajustes en funciones “ejecutivas” como la planificación, la toma de decisiones y la regulación de impulsos.
Es por eso que después de los 30 hay más claridad identitaria. Porque ya no se trata solo de explorarnos, sino de elegir. Desde la teoría del desarrollo, esta etapa se asocia con el conflicto que puede surgir entre la necesidad de intimidad y el aislamiento: la dicotomía a de seleccionar vínculos significativos en lugar de acumular contactos. “Mejor calidad que cantidad”, como aseguramos popularmente.
Bossa explica que a esto se le puede llamar “filtro natural”. Porque cambian los proyectos de vida, los tiempos y las prioridades. La maternidad, por ejemplo, puede reconfigurar círculos sociales sin que exista un conflicto explícito. Simplemente dejan de coincidir las dinámicas. Y, no necesariamente es más difícil hacer amigos después de los 30. Es diferente. Se construyen menos vínculos por azar y más por compatibilidad en los valores, en los proyectos, y en los ritmos de vida que cada adulto lleva.
No podemos desconocer que la presión social pesa. Que aparecen, más que de costumbre, las comparaciones: si alguien tiene o no pareja, hijos, estabilidad económica, fiestas, compromisos, éxito. Cuando se mide la realidad propia con la ajena y no coinciden, es normal sentir angustia.
Y, empapada del tema, la psicóloga incluso referencia un episodio de Friends en el que, durante el cumpleaños de Rachel, Chandler recuerda la crisis que tuvo al cumplir 30. No es casual que esa escena haya conectado tanto con muchos de sus fanáticos al crecer. Es que culturalmente esa década suele vivirse como la evaluación para la que nadie se siente preparado:
Crecer con un libreto prestado
Es una realidad que los productos culturales funcionan muchas veces como “guiones de vida”. Las series como Friends o The Big Bang Theory, precisa Bossa, muestran modelos de amistad, de pareja y de adultez que, aunque racionalmente sabemos que son ficción, emocionalmente terminan influyendo en nuestras expectativas.
A través de esas historias vemos cómo se supone que se vive una adultez joven. Crecemos viendo amigos incondicionales, crisis que se superan, rupturas que nos ayudan a encontrar nuestra mejor versión, dificultades laborales que eventualmente encuentran salida. Es una idea de normalidad que interiorizamos.
“Las series no nos determinan, pero sí nos ofrecen marcos de interpretación. El problema no es tener esos referentes, sino no cuestionarlos y vivir intentando replicarlos al pie de la letra”, dice.
Cuando la vida real no se parece a ese grupo inseparable que se ve todos los días, que cena a la misma hora o que atraviesa toda su vida en bloque, puede surgir una sensación de déficit. Creemos que no, pero nos prometimos una vida que, aunque podía parecerse a la televisión, no podría ser del todo cierta.
Sin querer, citaré una frase de cajón: “hay que aprender a ver el vaso medio lleno”. Porque también hay espacio para una resignificación. Con el tiempo, muchas personas ajustan esas expectativas y entienden que la adultez no tiene que verse igual a la ficción para ser válida. Ese proceso de ajuste es, en sí mismo, parte de vivir.
Crecer implica que revisemos esa historia que alguna vez imaginamos posible, depurar, entender qué partes conservar y cuáles dejar ir. Sentarnos en un sofá y reconocer que no todo salió como lo planeamos y, aún así, vale la pena (incluso si no somos seis amigos viviendo puerta con puerta en Manhattan).