Hasta hace unos meses, Gabriela* había decidido morir.
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Después de firmar el fideicomiso —un documento que le garantizaba que, llegado el momento, cada cosa terminaría en las manos correctas— empezó a ordenar la casa bajo la lógica de una búsqueda del tesoro. A simple vista no había nada extraordinario: libros ilustrados, muebles de madera entre pino y maple, una cafetera color menta. Pero cada objeto estaba colocado pensando en quien, cuando ese documento se leyera, sabría dónde encontrarlo.
“Normalmente, cuando un hijo se muere, quienes heredan legalmente son los papás. Mis cosas no tenían mucho valor, pero quería que las tuvieran distintas personas que habían sido importantes para mí”, dijo mientras se levantaba de la silla para tomar uno de los libros de carátula color vino. Lo abrió. En la primera página había una pequeña nota pegada con cinta: el libro y la serie son hermosos, disfrútalos. 2025.
Todo lo había firmado ese año. El peor de su vida: cuando la casa empezó a sentirse distinta y más grande desde que él se fue.
La tarde en la que conversamos, Gabriela* picaba las verduras del arroz al wok que preparaba. Yo la escuchaba con la grabadora encendida.
—¿Cómo se conocieron Alejandro* y tú?
—Fue hace muchísimo tiempo. Teníamos como siete años. Crecimos y nos volvimos novios a los 12. Obviamente fue algo de niños pequeños, no duró mucho. Siempre fuimos muy buenos amigos y, aunque cada uno se dedicó a lo suyo mientras crecía, seguíamos en contacto.
Gabriela —que actualmente está en los últimos años de sus treinta— había regresado a Bogotá tiempo atrás para entrar a la universidad. Alejandro estudiaba Medicina. Cuando se reencontraron, se pusieron al día y retomaron una cercanía que en realidad nunca había desaparecido.
Él quería algo más que amistad, pero ella aún dudaba. Salía con otras personas y mantenía cierta distancia. Con el tiempo, al ver que sus intentos no avanzaban, Alejandro empezó a salir con una compañera de su facultad que, sabía, sentía interés por él. Fue entonces cuando entendió que no quería perderlo. También empezó a insistir y, poco después, terminaron siendo novios.
Se fueron a vivir juntos. Gabriela dice que casi todos sus amigos los felicitaban y veían la relación como una de admirar. Se casaron en 2014.
“Había algo y es que Alejandro nunca me formaba problema por nada. Si salía, si no salía, si me quedaba en la casa, si viajaba… Él decía que a veces prefería hacer otras cosas y eso estaba bien”.
Pasaron los años y, después de graduarse, Alejandro se convirtió en profesor de medicina. Fuera de la casa, el único espacio que parecía disfrutar especialmente era un evento académico en el que despedían a los antiguos residentes de las universidades y recibían a los nuevos. La jornada tenía dos momentos. En la mañana había actividades más bien académicas; en la tarde y la noche, un ambiente mucho más social. Cuando llegaba ese día, solía desaparecer.
“A veces lo llamaba para saber si estaba bien o si iba a llegar, pero él se desconectaba completamente”. Hubo varias ocasiones en las que Gabriela, sin importar la hora, salió a buscarlo. No importaba si le contestaba el teléfono: si Alejandro parecía hablar “en letra pegada”, entendía que estaba ebrio y que debía ir por él.
A eso debía sumarle que tampoco le gustaba la confianza que tenía con algunas residentes. “Siempre le dije que me parecía que eso no estaba muy bien, que se podía malinterpretar. Pero él me respondía que a ellos les habían enseñado a tratar muy bien a los estudiantes, a ser muy cercanos”. Ese argumento nunca terminó de tranquilizarla. Había algo en esa dinámica que a Gabriela le producía una incomodidad difícil de explicar, aunque en ese momento todavía no sabía exactamente por qué.
Discutían. Vivía contrariada porque Alejandro siempre había sido muy permisivo y, mientras él le daba libertad absoluta, ella terminaba siendo la que cuestionaba todo. Sentía que era un poco injusta con él.
Pero le restó peso a todo eso cuando ocurrió lo que todavía recuerda como uno de los errores más grandes de su vida.
Hace casi diez años, Gabriela había estado en una fiesta. Sabía que le gustaba a uno de los muchachos que estaba allí, pero nunca le había prestado demasiada atención. “Ese día tomé mucho, se me fueron las luces. Al día siguiente amanecí con él”. Asumió la responsabilidad. Como era de esperarse, Alejandro reaccionó con rabia y mucho dolor, tal vez más de lo que uno esperaría en esos casos.
Dejó abiertas todas las posibilidades, incluso la de que el matrimonio terminara. Pero él, aun después del golpe, decidió que seguirían juntos. El episodio quedó atrás, o al menos así lo intentaron.
Pero hasta hace menos de cinco años, una residente del programa del que es profesor comenzó a ir con frecuencia al consultorio para revisar material de terapia. Dentro de la formación es normal: los residentes presentan casos y los profesores supervisan su trabajo clínico. Una noche, sin previo aviso, su esposo la llamó: “me dijo ‘voy a llegar tarde porque, pues, la clase empezó tarde’. Pero yo no le creí. Tal vez una intuición, no sé cómo decirlo”. Cuando regresó a la casa, Gabriela notó que seguía mensajeando y, por primera vez en todo el tiempo que llevaban de relación, decidió revisar su celular.
Rogaba estar equivocada, pero encontró una conversación con esa residente. Cuando lo enfrentó, Alejandro respondió desviando la conversación hacia lo ocurrido en 2016. Como si la discusión volviera inevitablemente a ese episodio, le hizo entender entre líneas que era su culpa. Aún así, con el tiempo, él terminó admitiendo que Ana*, su estudiante, había intentado besarlo en el consultorio. Le juró que no había pasado nada más.
Y, por esos días, justo cuando la versión podía sonar un poco creíble, Gabriela encontró unos condones en el consultorio. Condones que nunca había usado con ella. “Un día llegué y lo empecé a seducir, a ver qué pasaba. Nunca habíamos tenido sexo en el consultorio. Yo estaba esperando a que sacara eso que había visto, pero me dijo ‘es que no tengo condones aquí’. Ahí supe que algo estaba muy mal”.
Ese mismo año su vida se empezó a desmoronar por varios frentes. Se quedó sin trabajo, su mamá pasó meses hospitalizada y ahora su esposo se estaba convirtiendo en un completo desconocido. Todo le ocurrió al mismo tiempo. En medio de ese colapso terminó ingresando a una clínica psiquiátrica en Bogotá. Llegó en un estado de crisis, con ansiedad y pensamientos suicidas.
—¿Y qué te dijo cuando lo llamaron de la clínica?
—Me preguntó: “¿Estás segura de que quieres que te hospitalicen?”. Y empezó a decirme todo lo que iba a pasar: que me iban a quitar el celular, que me iban a revisar, que prácticamente me iban a desnudar para examinarme… En fin, mil cosas. Yo le respondí: “Hace rato te vengo diciendo que estoy mal y tú me dices que no tengo nada. Mira la historia clínica que me acaban de hacer”. Él no quería que su esposa terminara internada en una clínica psiquiátrica.
—¿Por su profesión? ¿Por el cargo?
—Yo sentía que no quería que estuviera allá porque todo el mundo se iba a enterar. Como si fuera una vergüenza.
Permaneció hospitalizada más de diez días. Paradójicamente, dijo que ese periodo también le sirvió para replantear muchas cosas en su vida.. Cuando salió, hablaron, revisaron todo lo que había pasado y por un tiempo sintieron que iban a poder estar tranquilos.
La madrugada frente al consultorio
Gabriela hizo una pausa con las verduras y los condimentos porque le costaba recordar y cocinar al mismo tiempo.
—¿Te gusta la pimienta?
—Sí, gracias.
—Perdón, es que estoy desbloqueando recuerdos que ni siquiera tenía presentes. Me da cosa que quede mal la comida. ¿En qué iba?
Hace dos años a Alejandro le ofrecieron un puesto fuera del país: casa, carro y un salario muy alto. Ella, que acababa de empezar en un nuevo trabajo, lo dudó, pero decidió acompañarlo. Se mudaron. No fue hasta Navidad que empezó a notar ciertos cambios bruscos en él.
Desde entonces, y también regreso al país, Alejandro adoptó una forma extraña de comunicarse: hablaba en metáforas, frases sueltas y difíciles de entender. Decía que “los pedazos se estaban rompiendo”. Que “la maleta pesaba demasiado”.
“Recuerdo que le dije ‘de verdad me siento bruta. No entiendo nada de lo que estás diciendo’”, recordó. En lugar de aclarar las cosas, él empezó a traer de vuelta la infidelidad de la década anterior. Cada discusión volvía al mismo punto. Empezó a rechazarla, a tomar distancia. Apenas hablaban.
Ella intentó todo lo que pudo. Le propuso terapia de pareja. Le pidió que hablaran con calma para entender qué estaba pasando. La respuesta siempre era la misma: no. Después, dejó de despedirse con un beso cuando salía de la casa. Más tarde se quitó el anillo de matrimonio. De hecho, la última vez que tuvieron relaciones sexuales, apenas terminaron, Alejandro se levantó de la cama en silencio y salió de la habitación mirando al suelo. Así, sin más. “Me sentía fea, vieja, bruta. Era una sensación espantosa, no sabía qué más hacer”.
Un día se lo dijo: quería separarse. Para entonces la distancia era total. Comenzó a salir más. Se emborrachaba, decía que iba a visitar a su familia, que tenía clases o simplemente desaparecía. Una de esas veces, él le escribió por WhatsApp para avisarle que había llegado. Pero a los pocos segundos, Gabriela leyó un mensaje que, claramente, no era para ella: “Sí, mi amor, yo también te amo”. Se quedó helada mirando la pantalla.
—Gaby, él tiene otra —le dijo uno de sus amigos más cercanos luego de lo que había pasado en el chat.
Se negaba a creerlo. Pero la explicación que él le dio fue brutalmente simple: “cuando los hombres se enamoran de otra persona, empiezan a rechazar a la pareja que tienen. No hablan claro; simplemente se distancian, se vuelven fríos y ya”. Gabriela empezó a mirar hacia atrás y las metáforas cobraron sentido. Todo, todo comenzó a cobrarlo.
Un día, su hermano menor vio a Alejandro entrar a una tienda acompañado de una mujer. Algo en la escena le pareció raro y tomó una foto.
—Tu esposo está con esta vieja.
Sintió que se le cerraba el estómago. Buscó el perfil en Instagram. Era una residente, pero no la misma de hace algunos años. Otra, otra estudiante. La información empezó a llegar sin que Gabriela la pidiera.
Un viernes, por ejemplo, Alejandro le dijo que iba a visitar a sus papás. Ella lo llamó más tarde para pedirle que le trajera una barra de chocolate al regresar.
—¿Qué quieres? ¿Para qué me llamas? —le gritó irritado.
Gabriela sintió cómo la voz se le encogía. Él respondió con impaciencia y colgó.
Esa misma noche, la novia de una amiga lo vio en un bar. No estaba solo: estaba con la residente. Se tomaban de la mano. Se besaban. Ella grabó videos, tomó fotos. Durante un momento pensó en enfrentarlo, pero no lo hizo. “Yo estaba saliendo de hacer ejercicio cuando me llamaron a contarme, lo recuerdo muy bien”, me dijo Gabriela.
Al día siguiente, aparentemente, Alejandro tenía un evento académico con estudiantes. Y ella, que quería comprobar lo que ya sabía, organizó algo junto a su hermano que, visto desde fuera, parecía una operación del FBI. Consiguieron un carro distinto al suyo, blindado, y empezaron a seguir los movimientos usando la ubicación compartida.
A las dos de la madrugada, entró con la residente a su consultorio. Gabriela estaba cerca. Podía entrar. Podía subir y enfrentarlos. Llorar, patalear. Gritarlos. Llamó a su amiga para saber qué hacer: “No. Esa es una escena demasiado fuerte. No entres”. Se quedó afuera con su hermano, esperando. Alejandro salió tres horas después, cerca de las cinco de la mañana.
No necesitaba más explicaciones. Regresó al apartamento, dejó el carro y apagó el celular. No tenía fuerzas para enfrentarlo y se fue. Había pasado la noche pensando que, durante meses, había cargado con la culpa de la relación: con la sensación de que todo lo que estaba pasando era consecuencia de su error del pasado. Pero ahora sabía que no.
Le dijo que necesitaba hablar. Estaba tranquila. Extrañamente tranquila. Le contó lo que sabía: quién lo había visto, en dónde, lo de las fotos.
—Si quieres, volvamos esto una guerra —le dijo Alejandro—. Yo puedo volverte mierda y dejarte sin nada. Tengo el peor abogado del mundo para eso. Y tú puedes hacer lo mismo conmigo e ir a la facultad a echarme al agua porque no puedo salir con estudiantes. Hazlo.
—Pero yo no soy así. Yo te amo. Y a las personas que uno ama no se les hace daño.
Lo único que salió de la boca de Alejandro fue: “alguno de los dos se tiene que ir… ah, verdad que tú no tienes adónde”. Entonces agarró un par de cosas del armario y se fue.
La decisión de seguir viva
Gabriela sirvió las verduras con temor a que se salieran de la olla y salpicaran el resto del mesón. Me preguntó si esa era una buena porción y pasamos al comedor de cuatro puestos. No dejaba de pensar en el cuarto vacío que me había mostrado cuando recorrimos el apartamento.
—¿Qué había en este cuarto? ¿Era un estudio? —le pregunté mientras ambas cortábamos las tiras de zanahoria que habían quedado un poco más que largas.
—Nos mudamos a este apartamento porque era más grande, así podíamos pensar en tener un bebé. Pero todo se fue a la mierda.
Luego de todo lo que había pasado, el segundo semestre del 2025, Gabriela buscó un abogado.
“La verdad es que quería suicidarme. Yo ya había decidido que no quería seguir viviendo. No quería estar acá. No creía en nadie, no quería nada. Fue ahí que hice lo del fideicomiso. En ese testamento dejé todo repartido. De hecho, todo está marcado todavía. Cada objeto tiene una nota. Si alguien revisara la casa con cuidado encontraría muchos elementos así. Pero nadie lo sabía. Si lo hubiera hecho, obviamente habrían intentado detenerme”.
Empezó a vivir como si fueran sus últimos días. “Me iba a los mejores restaurantes, pedía almuerzos deliciosos. También empecé a despedirme de la gente, pero sin que ellos lo supieran. Y mientras conversábamos yo pensaba que esa era la última vez que íbamos a estar juntos. Porque para mí ya era real”.
Por alguna razón, finalizando diciembre, sintió que debía hacer un viaje a la playa. En medio de esa pausa lejos de todo, rodeada de gente a la que jamás había visto, comenzó a reconocer con más claridad las manipulaciones, los malos tratos y el desgaste que había vivido, sobre todo en su salud mental. Cómo alguien que trabajaba en el área médica, tenía las herramientas para debilitarla y jugar con su cabeza hasta el punto de arrastrarla al vacío. Cómo la culpa, que jamás ha dejado de reconocer, había justificado el resto de lo que había ocurrido. Cómo dejar de hacerse preguntas sobre las dos residentes y lo que en verdad había ocurrido. Cómo su esposo era, ahora sí, un total desconocido.
Ese viaje, admitió, fue también el momento en que entendió que valía la pena seguir viviendo, incluso sin él, sin el amor que, creía, era el de su vida.
Mientras hablábamos, luego de terminar el arroz, Gabriela se quebró varias veces. Lo único que pudo decir con certeza fue que su próximo cumpleaños, fecha que celebra sin falta, tendrá esta vez otro significado. Porque, aunque todavía no sabe qué hacer con lo que queda de vida, lo que tiene claro es que, definitivamente, no será morirse.
—Eso es todo supongo… ¿quieres café? —me preguntó.
—Por supuesto.
(*) La historia de esta nota periodística es real. Los nombres fueron reemplazados a petición de las fuentes para mantener su privacidad.
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