Hay amores que empiezan en una fiesta o por culpa de un amigo que se cree cupido; otros, con un celular estrellado contra el piso. Así le pasó a Seo-yun, de Corea del Sur. En una pausa para el almuerzo, un desconocido tropezó y le tumbó su celular. Él ofreció pagar el arreglo. Ella, furiosa, aceptó verlo con la factura, pero terminaron hablando de todo menos del aparato roto. Luego llegó un celular nuevo y, tiempo después, un anillo de compromiso.
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Esa historia está en el Museo de Historias de Amor de Dubrovnik, Croacia. Es una pequeña casa cerca de la ciudad vieja, entre piedras claras, escaleras, vistas al mar Adriático y ese aire medieval que muchos reconocen por Game of Thrones, pues varias murallas, fortalezas y calles sirvieron para recrear Desembarco del Rey, la capital ficticia de los Siete Reinos.
El museo fue creado por los hermanos Goran y Dragan Miškovi y abrió en mayo de 2018. Tiene tres pisos y ocho salas. Su gracia no está en el tamaño, sino en contar amores felices y reales a través de cosas comunes.
Un cepillo, un peluche y un libro
El corazón del museo está en los objetos donados por personas de distintos países. No son piezas caras ni recuerdos espectaculares. Son cosas de todos los días, de esas que podrían quedar en una caja, perderse en un trasteo o terminar en la basura si nadie contara la historia.
Por ejemplo, hay un cepillo de dientes. No parece gran cosa, hasta que se lee la historia de Dawid, de Polonia. Su novia lo llevó cuando se mudó con él, y ese gesto, tan chiquito, decía más que cualquier declaración: ella ya no iba de visita, ya estaba haciendo espacio en la misma casa, en el mismo baño, en la misma rutina. Para él, que vivía su primera relación seria, ese cepillo quedó como el recuerdo de una vida que empezaba en pareja.
A pocos pasos aparece la historia de Matteo, un italiano de 33 años que leía Crepúsculo en un tren casi vacío. Creyó que iba solo, hasta que una mujer se sentó a su lado y vio el libro. Él se puso rojo, pues su gusto culposo fue descubierto. Sin embargo, a ella le causó ternura. Empezaron a hablar de libros, de estudios, de la vida. Después vinieron varias citas, un vestido caro manchado con vino y, al final, el matrimonio.
También hay un pocillo de Estocolmo. Lo donó Dorel, de Estonia, que tenía 56 años y pensaba que el amor ya había pasado para ella, pero conoció a su esposo en un tren que salía del aeropuerto. Los dos viajaban solos. Primero les gustó la ciudad. Después se gustaron ellos.
El museo también guarda un peluche de perrito, regalo de una primera cita. Lo donó Patricia, de Croacia, como recuerdo de una relación que terminó saliendo mejor de lo que ella misma esperaba.
Incluso hay una corbata negra de una pareja que se conoció en el funeral de un amigo en común.
En esa misma colección aparecen una revista de avión de una pareja que se encontró dos veces en vuelos distintos y terminó casada; una camiseta con un número escondido en la bolsa de la tienda; unas gafas de paracaidismo de un primer salto en Dubái; y el medallón de Suzel, una mexicana que guardó la foto de una tercera cita y un primer beso.
Vistos juntos, esos objetos tienen algo raro y bonito. No son importantes para todo el mundo, pero sí para alguien. Y eso es lo que sostiene el museo: el amor contado desde las cosas pequeñas, las que parecen normales hasta que alguien explica por qué no pudo dejarlas atrás.
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Historia, cine y música
El recorrido también cuenta relatos de la ciudad vieja de Dubrovnik, la cual que durante siglos prescribió reglas fuertes sobre la vida privada. Por eso aparece la historia de Katarina Giorgi Bona, una joven noble que se negó a casarse con el hombre elegido por su familia porque estaba enamorada de Louis Doderlein, un oficial francés, cuando las tropas napoleónicas habían llegado. Lo más fuerte para la sociedad no fue solo elegir a un extranjero en un momento político difícil, sino que su madre la apoyara.
También está Cvijeta Zuzorić, recordada como una de las grandes musas de Dubrovnik. Creció en Italia, volvió con ideas nuevas, inspiró poemas durante el Renacimiento y, al mismo tiempo, fue blanco de rumores en una sociedad donde el apellido, la familia y la reputación pesaban demasiado.
En esa misma parte aparecen historias más de calle. Está la lumblija, un pan dulce de la isla de Korčula, cerca de Dubrovnik, ligado a la historia de un soldado francés que se enamoró de una joven y, antes de irse, le dejó un postre con una frase: “no me olvides”.
También están los galebari, hombres de la costa adriática conocidos entre los años sesenta y noventa por sus romances de verano con turistas extranjeras. Y aparece el Maskeron, una cabeza de piedra en la ciudad vieja sobre la que, según la leyenda, había que subirse y mantener el equilibrio para probar suerte en el amor.
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Luego el museo se vuelve más pop. Hay una pared llena de frases de películas como A Walk to Remember, 10 Things I Hate About You y Crepusculo.
En una pared aparece “Si tú saltas, yo salto”, de Titanic, y también “Tú eres mi mayor aventura”, de Up. Son frases cortas, conocidas, de esas que muchos han visto repetidas en redes, cartas, tatuajes o fotos de pareja.
También hay referencias a producciones filmadas en Dubrovnik, incluido Game of Thrones, ese imán que lleva a muchos visitantes a buscar escaleras, murallas y rincones que ya vieron en pantalla.
La serie aparece como una puerta de entrada, pero el museo no se queda ahí. La usa para conectar con las historias de amor que la gente aprende en el cine, en la música y en la vida real.
Y en la sala de música aparecen Layla, de Eric Clapton, marcada por su amor por Pattie Boyd, entonces esposa de George Harrison, guitarrista de The Beatles y amigo suyo. También están John Lennon y Yoko Ono, cuya relación quedó ligada durante años a la separación de la banda.
También aparece Amy Winehouse con Back to Black, una canción marcada por una ruptura y por una oscuridad. Ese tramo evita que el museo se vuelva empalagoso, pues no todos los amores terminan bien.
El último piso está lleno de corazones
Después de los objetos, el otro gran momento está en el tercer piso. El calor de Dubrovnik se siente incluso dentro de la casa, pero el recorrido sigue.
Arriba, todo está cubierto de corazones de papel de colores. Cuelgan del techo, llenan las paredes y aparecen en cada rincón. Hay nombres, fechas, dibujos, promesas, chistes internos y mensajes escritos por visitantes de muchos países. Algunos se entienden. Otros, no. Pero todos apuntan a lo mismo: fueron escritos pensando en una persona que estaba cerca, lejos, que hacía falta o que ya no podía volver.
Después de leer historias ajenas, hay una mesa con marcadores, pines y corazones vacíos para quien quiera dejar su testimonio. El museo no cierra con una explicación, sino con ese gesto pequeño: escribir algo, pegarlo en la pared y seguir el viaje. Puede ser un nombre, una fecha o una frase que solo dos personas entienden. Al final, eso también es amor, dejar una señal para que algo no se pierda del todo.
Una ruta romántica por Dubrovnik
El museo puede ser una parada dentro de una ruta romántica por Dubrovnik. Después de visitarlo, el recorrido puede seguir por las murallas, las calles de piedra, algún bar con vista al Adriático, el teleférico al monte Srd, un paseo en kayak por la costa o una salida hacia las islas cercanas.
Afuera también sobran razones para quedarse un rato más: piedra antigua, mar azul, escaleras, barcos, calor y atardeceres. Después de una casa llena de objetos raros, canciones, películas y corazones de papel, la ciudad continúa el plan entre miradores, murallas y ese aire de verano que hace que todo parezca un poco más intenso.
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