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Unión libre en Colombia: reinventando el “hasta que la muerte nos separe”

La frase que durante siglos selló los matrimonios nació en la Iglesia de Inglaterra del siglo XVI. Hoy, cada vez más parejas toman esta decisión sin necesidad de pasar por el altar.

Paula Andrea Baracaldo Barón

05 de febrero de 2026 - 01:15 p. m.
Foto: El Espectador
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“Si no puedes con ellos, funda una iglesia”. Eso pareció haber pensado el rey Enrique VIII de Inglaterra, para disolver su matrimonio con Catalina de Aragón, su primera esposa. Algo que la Iglesia católica romana se negó a autorizar en su momento.

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Y cualquiera creería que, seguro, eso sirvió como precedente para todos los que querían separarse. Pero, en realidad, fue más un privilegio que una regla. No había muchas vueltas para darle al asunto: casado era casado hasta que uno de los dos partiera del plano terrenal.

En 1534 se creó oficialmente la Iglesia Anglicana, y con ella, la famosa frase que se ha mantenido por siglos en las ceremonias matrimoniales: “hasta que la muerte los/nos separe”. Una frase que hizo su aparición estelar en 1549, en su libro de Oración Común.

Hoy la cosa es distinta. Por encima de las decisiones no siempre hay un mandato divino que nos ate. Priman los acuerdos y, sobre todo, derechos que, sí o sí, se deben proteger. Por eso, hoy hablaremos de aquellas parejas que algunos consideran desde “modernas” hasta “inapropiadas”, por tomar decisiones sobre su convivencia sin necesidad de pasar por el altar.

Colombia: menos matrimonios, menos divorcios y más preguntas

En 2024, según las cifras de la Superintendencia de Notariado y Registro del país, se documentaron cerca de 59.000 matrimonios heterosexuales, mientras que en 2025 la cifra bajó a 55.000. Pero esa caída también involucró a los matrimonios entre parejas del mismo sexo que, el año pasado, tuvieron una disminución del 20%.

Y sabemos que los números, por sí solos, no explican las razones detrás de estos cambios. Lo que sí permiten es abrir la discusión hacia un panorama más amplio: otras formas (aunque no tan nuevas) de convivencia. Entre ellas, la unión libre o, en términos legales, la unión marital de hecho.

Pero... ¿qué implica y cuáles son sus límites?

“Muchas parejas eligen la unión libre porque perciben menos carga jurídica, aunque en la práctica las figuras son muy similares”, explica Carlos Arturo Gómez, abogado especializado en Derecho de familia y conciliador profesional.

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En Colombia, una unión marital de hecho se define como la relación entre dos personas que viven juntas sin casarse. Durante este tiempo, se les llama “compañeros permanentes”, mientras que quienes se comprometen legalmente son “cónyuges”.

Aquí, a diferencia del matrimonio, en donde la sociedad conyugal surge automáticamente, la sociedad patrimonial solo se genera después de dos años de convivencia. Antes de ese periodo, los bienes adquiridos no se consideran comunes, aunque la pareja pueda acceder, por ejemplo, a beneficios como la atención médica compartida o las pensiones.

Además, Gómez explica que solo se comparten los incrementos de valor o los frutos que estos bienes generen. Contrario a lo que podría pensarse, la regla no siempre es la del 50-50: “Por ejemplo, si un apartamento costaba 300 millones al inicio de la convivencia y ahora vale 350 millones, únicamente los 50 millones de incremento se reparten entre ambos. Lo demás sigue siendo propiedad del dueño original”, asegura.

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Ahora, para que la unión tenga validez legal y genere efectos patrimoniales, la pareja debe realizar la declaratoria de existencia de unión marital de hecho ante un centro de conciliación, notaría o juez de familia.

Y, aunque no siempre parezca necesario, el abogado recomienda considerar las capitulaciones, que se pueden hacer tanto en el matrimonio como en la unión marital de hecho, pero siempre antes de iniciar la convivencia. Y que, en la práctica, si alguno de los miembros tiene un vínculo matrimonial anterior, es fundamental disolverlo mediante divorcio antes de iniciar una nueva convivencia y formalizarla. Esto evita problemas legales posteriores (y ahorra esas peleas entre múltiples parejas que quizás ni se conocían para decidir quién se queda con qué).

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Las razones para no casarse...

Al hablar de los derechos y responsabilidades de quienes conviven sin haber firmado algún documento o jurado ante Dios, también es importante considerar cómo los factores emocionales influyen en la decisión de formalizar una relación.

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En un artículo previo sobre la gamofobia —que puede leer haciendo clic aquí— explicamos que algunas personas sienten ansiedad o temor frente al matrimonio, incluso si conviven años con su pareja. Ese miedo irracional puede condicionarlas a evitar compromisos, incluyendo los legales.

Desde la psicología se señala que esta fobia puede originarse gracias a experiencias personales o familiares, expectativas culturales, modelos de pareja observados durante la infancia y adolescencia, o incluso la presión de cumplir ciertos roles tradicionales.

Pero las razones varían, pues muchas parejas optan por la unión libre simplemente porque les permite organizar su vida juntos, aparentemente, sin tanta formalidad: no hay necesidad inmediata de contratos, papeles ni trámites que compliquen la relación. Es, en sí, una forma de definir su permanencia y sus acuerdos a su manera, sin sentirse más limitados de lo que lo estarían si al dedo anular lo acompañara una argolla.

Los mitos que rodean la unión libre (especialmente desde la Iglesia)

Buena parte de las ideas que circulan sobre la unión libre no provienen del derecho, sino de creencias culturales y religiosas. Desde algunos sectores del pensamiento católico, por ejemplo, la convivencia sin matrimonio se ha descrito como una especie de “prueba” que evita el compromiso real.

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En un texto atribuido al padre Enrique Granados en CatholicLink —un grupo de, como ellos se denominan, “evangelizadores digitales” de distintas partes del mundo— se plantea que muchas mujeres ven la cohabitación como un paso previo al matrimonio, mientras que algunos hombres la asumirían como una forma de postergar responsabilidades. Incluso se compara la unión libre con un “test drive”, una prueba antes de decidir si vale la pena comprometerse, analogía que busca cuestionar la idea de “probar” una relación como si se tratara de un objeto.

Estos discursos suelen asociar la convivencia sin matrimonio con una menor disposición al sacrificio, la entrega o la renuncia, valores que, desde esa mirada, “sí estarían presentes en quienes deciden casarse”. Y el autor insiste, además, en que esta decisión no reduce necesariamente los divorcios y que el verdadero conocimiento del otro no depende de vivir juntos, sino del diálogo y la preparación previa en Dios.

Más allá de compartir o no estas posturas, lo cierto es que siguen influyendo en cómo muchas personas perciben la unión libre: como algo incompleto, transitorio o carente de compromiso. Pero su legalidad no está en discusión: la unión marital de hecho existe, produce efectos y requiere de ciertas decisiones para proteger a quienes la conforman. Es incorrecto, entonces, pensar que el matrimonio es el único que exige formalidades.

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Pero, de cierto modo, la unión libre es la versión contemporánea (pero no tan novedosa) de aquella solución que le funcionó a un rey: construir su propia definición y tiempos para ese “hasta que la muerte nos separe”.

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Por Paula Andrea Baracaldo Barón

Comunicadora social y periodista de último semestre de la Universidad Externado de Colombia.@conbdebaracaldopbaracaldo@elespectador.com

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