Carolina Martínez publicó El 17 de agosto la columna El Espectador: ‘Nueve horas de soledad adolescente’. Su experiencia como docente le permitió, con precisión, reflexionar sobre el uso de celulares entre alumnos de 14 a 17 años. A partir de las cifras y los estudios sobre el tema, quiso llevarlo a su aula y comprobarlo con sus ojos.
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“Les pedí a mis estudiantes que revisaran la aplicación Bienestar Digital de sus teléfonos y el resultado confirmó el informe: la mayoría registraba entre seis y 14 horas diarias de uso”. Para ella eso fue definitivo para replantear el problema: “Jóvenes que permanecen conectados porque, fuera de la pantalla, encuentran cada vez menos compañía. Una soledad que el celular no crea, pero sí mantiene ocupada”, analiza.
Esto es justo uno de los puntos de vista que alimentan la discusión sobre cómo cuidar la salud mental de los niños, niñas y jóvenes en un mundo hiperconectado. Desde el Distrito, la respuesta es prohibir el uso de celulares, si no es para formarse, sumándose con una resolución a otros países. Ante la decisión, los expertos coinciden en que solo la prohibición no resolverá la relación problemática con las pantallas.
El abecé de la resolución
Bogotá sería la segunda ciudad del país, luego de Ibagué, en implementar la restricción del uso de móviles en el colegio. El 28 de agosto se publicó el borrador de la resolución denominada “(Re)conectarnos para aprender”, siguiendo los pasos de la medida que implementó en 2024 la Unión de Colegios Internacionales de Bogotá (UNCOLI), en 27 instituciones, donde se restringió durante las ocho horas de estudio el uso de dispositivos móviles.
En octubre de 2025 presentaron los resultados: en cuanto a formación, hubo mayores niveles de atención, participación y disminución de distracciones en el aula. A nivel personal, los alumnos socializaron más y hubo “reducción de incidentes por acoso escolar”, aseguró Camilo Camargo, presidente de la asociación y rector del Colegio Los Nogales.
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La deuda, entonces, estaba con el resto de colegios públicos y privados de la capital. Si bien, el proyecto existía, la administración distrital decidió este año realizar jornadas de socialización con las partes involucradas. Según la Secretaría de Educación, 77.000 estudiantes, docentes, directivos y familias participaron de los Foros Educativos Institucionales en las 20 localidades, donde recogieron 266 rutas sobre cómo la escuela comprende y responde a las dinámicas de los entornos digitales.
En esta etapa, uno de los cinco consensos era el de “superar la discusión de permitir o no el uso de celular”. Sin embargo, con el borrador el Distrito toma partido y dice que solo se podría usar a partir de grado octavo y solo para actividad académica, bajo supervisión del docente. Incluso, limita apps y les dice a los colegios que, “según su contexto”, establezcan restricciones de ingreso o porte de los dispositivos.
“Es una medida que celebramos. Aquí hay una intención pedagógica y de excepciones razonadas como condiciones de salud o emergencias, sin sataniza el dispositivo”, opina Laura Arbeláez, investigadora del Laboratorio de Economía de la Educación (LEE) de la Universidad Javeriana.
Según la Secretaría de Educación, entre 2025 y 2026 encontraron que, en promedio, los menores usan el celular 9 horas al día y, durante clase, el 82 % lo usa para ver redes sociales o jugar. Esta problemática llevó al 58 % de los países del mundo a optar por la prohibición (Unesco), mientras Islandia, Perú, Indonesia, Polonia, Filipinas y Colombia optaron por regularla.
La prohibición no basta
El borrador de Resolución señala que el objeto de la restricción es, entre otros, favorecer la interacción y la convivencia escolar, una deuda del Distrito, pues, según el Observatorio de Convivencia Escolar, entre enero y marzo aumentaron a 2.319 los casos de violencia escolar (47 % en las aulas) y se han reportado 1.704 casos de conducta suicida en lo corrido del año.
Si bien, los datos no discriminan si el detonante fue el uso de pantallas, sí hay estudios que sugieren una relación entre la violencia escolar e ideaciones suicidas con el uso prolongado de dispositivos móviles y el contenido que se consume. De hecho, la Secretaría encontró en el Foro Educativo que el 45,3 % de los alumnos presentaban ansiedad o aislamiento, en el que las pantallas terminan siendo la única compañía posible.
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“Ocupan así si tiempo, porque no hay otras actividades atravesadas por un entorno público inseguro; una oferta recreativa gratuita y de fácil acceso, o extensas jornadas laborales, en aquellos jóvenes que trabajan”, analiza Juan José Giraldo, psicólogo con énfasis en Desarrollo Cognitivo y docente de la U de la Sabana. De ahí que expertos coincidan en que, si se elige la prohibición, esta debe ir de la mano con entender por qué los menores permanecen más conectados y educarlos sobre cómo tener una identidad digital responsable.
“La prohibición debe estar acompañada de una formación que favorezca la autonomía de los estudiantes y la consolidación de las competencias para pensar y leer de manera contextual y crítica. Si estas condiciones no se cumplen, los jóvenes llegarán a sus casas y allí serán presa fácil de la manipulación, el ciberbullying y los engaños”, advirtió Julián De Zubiría , director del Instituto Alberto Merani, en una columna para El Espectador .
Desde el Distrito, antes de expedir el borrador, destacaron que “los colegios no parten de cero” y se han realizado 287 prácticas relacionadas con proyectos STEM, formación docente, prevención de riesgos, trabajo articulado con las familias y acuerdos institucionales. Si los colegios ya están actuando, ¿no debió continuar este enfoque pedagógico?, le pregunto a Laura Arbeláez del Laboratorio Lee de la Javeriana.
“Es debatible, porque seguramente las alternativas pueden funcionar un par de veces a la semana, pero la evidencia internacional muestra que lo más efectivo para reducir las horas que los estudiantes dedican a actividades distintas al aprendizaje es este tipo de restricciones, con la salvedad de acompañamiento y un uso pedagógico”, sentencia la investigadora.
El borrador de la resolución indica que habrá formación a docentes en alfabetización digital crítica; promoverán acciones a través de las Aulas con Emociones, para desarrollar capacidades en uso responsable y seguro de los entornos digitales; sensibilizarán a los padres, recomendándoles optar por poner “límites razonables”, y habrá, luego de un año, un balance de la restricción.
Puntos a mejorar
Al cierre de esta edición, el borrador de la resolución tenía dos comentarios. Desde la Rectoría del Gimnasio Superior Nuevos Andes Bilingüe (GSNAB), respaldan la medida, pero piden definir un glosario de los dispositivos que aplican la restricción; precisar el régimen de responsabilidad cuando guarden o se extravíen los dispositivos, y orientaciones concretas a los padres.
Por su parte, la ciudadana Leidy Fajardo pidió claridad sobre la custodia de los dispositivos; diseñar formatos sencillos de planeación para docentes, “sin generar una carga administrativa excesiva”, y que la política pueda ser socializada y asumida con los padres mediante espacios como el proceso de matrícula o los compromisos de corresponsabilidad con las familias.
Para la investigadora Laura Arbeláez, hay vacíos que pueden corregir en cuanto a la ausencia de un currículo explícito de competencias digitales. “No se solo de que se desconecten, sino de cómo van a aprovechar ese tiempo libre y qué van a aprender en esas horas. Finlandia ha avanzado en ese enfoque (...) Ahora, como no toda la responsabilidad debe caer en los estudiantes, hay que trabajar en la capacidad pedagógica de los docentes para que hagan una supervisión responsable”.
En eso coincide el psicólogo Juan José Giraldo: “No sé si, por ejemplo, en los grados inferiores a octavo grado habrá más actividades deportivas o uso de materiales que reemplacen las pantallas y quién va a asumir esa inversión”. Las instituciones educativas tendrán un plazo máximo de seis meses a partir de la publicación de la norma en septiembre para adaptar sus manuales de convivencia e implementar esta restricción.
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El borrador de Resolución es entonces la oportunidad para la Secretaría de Educación de ajustar los lineamientos de la restricción del uso de pantallas en las aulas. Es claro que, de acuerdo con los expertos, debe haber acompañamiento y corresponsabilidad entre padres y sociedad, para cumplir con el objetivo de “(Re)conectar para aprender”. Y quizá, así como termina su columna la lectora invitada, Carolina Martínez, “los adolescentes no tendrán que buscar en un celular la compañía que deberían encontrar en la vida real”.
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