Bogotá

11 Nov 2008 - 11:00 p. m.

Alquimistas de plomo

El martes se celebró el día del linotipista, una especie en vía de extinción.

Óscar Domínguez G./ Especial para El Espectador

En los genes de todo computador hay un  linotipo, esos armatostes descomunales en vía de extinción, operados por iniciados que legaban a su descendencia un destino también heredado de sus mayores. Se era linotipista por curiosa cooptación.

Eran irreemplazables como el sexto mandamiento (sí fornicar). Hacían huelga y temblaban los dueños. En el interior de estos “anónimos obreros” no corría sangre ni espermatozoides sino que circulaban tipos de letras que inoculaban el virus del oficio. Los ilustrados linotipistas tenían la memoria ortográfica y toda la gramática en las yemas de los dedos. Es como si en cada dedo llevaran a un miembro de la Academia de la Lengua.

Callados la boca, desde el 11 de noviembre de 1923, celebran su día clásico. El primer linotipo se armó en Bogotá el 4 de marzo de 1911 en la imprenta de la Gaceta Republicana, de Enrique Olaya Herrera. Este año, la efemérides número 85 de Andel, la organización que los eterniza, incluyó misa con todos los juguetes en el Cementerio Central, ofrenda floral en el mausoleo, y encuentro de camaradas en la sede del Barrio Ricaurte. Aprovecharon para hablar entre ellos en ocho, 10, 18 puntos. La vieja y amplia sede fue recuperada para la causa linotipística después de garroteras sin fin en los juzgados.

Los linotipos, bellos y misteriosos cachivaches que lindan con la perfección dentro de su magnífica complejidad, ayudaron a democratizar la cultura y la información. Hoy son carne de saudade, chatarra ilustrada del cuarto de San Alejo, donde son  recordados únicamente por nadie.

Bueno, por nadie es mucha gente: por los socios de la Asociación Nacional de Linotipistas, Andel, que no son muchos pero sí los machos para no dejar desaparecer el oficio. Lo aman porque con él ganaron la vida y para la vida. Fidelidad, linotipista te llamaría. Que lo diga el paisa Juan Rojas quien vino de Miami a abrazar colegas.

Todavía  hay linotipos en servicio activo. Es famoso el del Instituto Caro y Cuervo, empeñado en morir de pie como ciertos árboles centenarios. En la remodelada sede del Ricaurte tendrán un linotipo que hará juego con modernos computadores. Como los sastres, no se pisarán las mangueras. Sendas placas recordarán a los fundadores y a los miembros del Concejo bogotano, que aprobó la donación.

Operar las antiguas máquinas era como hacer el amor con cada una de las teclas, con el perdón de la patrona de los mecanógrafos, Santa Tecla, virgen, y por tanto, mártir. “La linotipia convertía las ideas en plomo”, recuerda un linotipista, Guillermo, El Mago, Dávila. Tan Mago que un oficio que los padres enseñaban a sus hijos, él se lo enseñó a su taita. Y a su hermano Julio.

En su autobiografía, García Márquez describe a los linotipistas como “tipógrafos cultos por tradición familiar, gramáticos dramáticos y grandes bebedores de sábados. Me hice a su gremio”. Bebían para curarse en salud. Algunos de ellos tomaban aguardiente una semana y leche la siguiente. Así contrarrestaban los efectos del saturnismo, enfermedad reservada a los alquimistas del plomo.

Algunos nombres que le dieron betún a este oficio fueron los de Víctor Julio Corredor, guardián del idioma, Gustavo Añez Avendaño, interlocutor en francés de Eduardo Santos cuando éste venía de París, Gabriel Baquero, Luis Carlos Adames, autor de varios libros, actual presidente de Andel y lúcido líder en la reconquista de la sede, y Mirón, linotipista de El Espectador y director de un noticiero radial.

El Mono José Salgar recordaba alguna vez que “los linotipistas eran unos sabios, dominaban el idioma, corregían los editoriales”. En su libro Historia del Periodismo, Antonio Cacua Prada  comenta que Andel fue “el único periódico que no necesitaba de los periodistas” porque lo hacían los linotipistas, muchos de los cuales eran virtuosos de la música de cuerda. Los llamaban lino-tiplistas.

Tienen poeta propio, Sergio Acebal, quien les dedicó un bello soneto en el que recuerda que si ponían una coma que olvidó el autor, nadie se enteraba. Pero, ay del que deslizara una errata. El profesional de dedos fáciles y manos brujas coleccionaba HPmadrazos.

El poeta y periodista Raúl Echavarría Barrientos escribió: “Música para diez dedos”, en honor del gremio: “Esos diez dedos son arquitectos cotidianos, habituados al andamiaje del alfabeto. Han construido el amor a su manera. A la manera de los hombres de paz”.

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