6 Nov 2019 - 2:07 a. m.

Análisis especializado, clave para combatir el hurto

Que el 0,5 % de la población es responsable del 75 % de la criminalidad y que solo en el 2 % de las calles ocurren el 90 % de los asesinatos son datos que, según el experto, plantean la necesidad de una estrategia focalizada.

Alexánder Marín Correa (jamarin@elespectador.com) / @alexmarin55

 Enrique Betancourt asesora gobiernos locales en estrategias de seguridad ciudadana.  / Gustavo Torrijos
Enrique Betancourt asesora gobiernos locales en estrategias de seguridad ciudadana. / Gustavo Torrijos

Enrique Betancourt es urbanista, pero recorre América asesorando proyectos de seguridad ciudadana. El salto lo dio luego de trabajar en 2010 con el gobierno del presidente mexicano, Felipe Calderón. Desde la Secretaría de Desarrollo Social lideró el proyecto “Todos somos Juárez”, cuando lideraba los escalafones de violencia. Los resultados, inspirados en acciones desarrolladas en Medellín, le sirvieron para llegar al círculo personal de asesores del mandatario, para estructurar una política de seguridad nacional. Hoy, más allá que pensar en la eficiencia de una política general, cree que cada delito amerita una conversación especializada.

¿Por qué se inspiró en Medellín?

Cuando empezamos el trabajo en Juárez se hablaba de la “colombianización” de México, trazando paralelos con el narcotráfico y la violencia. Las tasas de homicidio se dispararon. Quisimos ver qué estaba haciendo Medellín, que había logrado disminuir sus indicadores de violencia. Me llamó la atención la idea del proyecto urbano estratégico, influir en la seguridad con acciones puntuales y estudiadas. Además, nos dimos cuenta de que, muchas veces vendemos como soluciones algo sin evidencias.

¿Qué aplicó en Juárez?

Creo que esa idea de territorializar los esfuerzos de seguridad. Los esfuerzos por integrar en el territorio a la Policía, a la justicia y la prevención de violencia; el conciliar diferentes visiones, y las experiencias de vinculación de actores comunitarios. Todo eso formó parte de esa primera aproximación. Tuvimos que aprender e ir matizando algunas ideas, que tuvieran sentido en el contexto de lo que estábamos viviendo.En seguridad, ¿cómo ve a Bogotá?

Hace 10 años los modelos de seguridad eran Bogotá y Medellín. Con el tiempo, la capital colombiana ha hecho un trabajo continuo y serio. Aunque la gente sigue percibiendo alto nivel de criminalidad, las cifras en homicidios muestran efectividad. Si bien, en los últimos 15 años se han presentado vaivenes, el marcador global juega a favor. Los esfuerzos por vincular lo local, llevar el Estado donde antes no había, fue una buena estrategia. Aunque aún hay retos.

¿Por qué el homicidio es el primer indicador para medir la seguridad?

Aunque no es el único, pues cada delito (hurto, extorsión, violencia) requiere una conversación especializada, el homicidio es la cifra más confiable. Además, es la máxima expresión de violencia y la que más afecta a los menos atendidos socialmente. Su impacto es enorme, no solo para la gente, sino por los costos. En EE.UU. se calculan en US$17 millones: el levantamiento, la investigación y los años productivos que esa persona le deja de aportar a la sociedad. Es dinero que no se gasta en desarrollo social.

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En Bogotá bajan los homicidios, pero la gente se siente insegura. ¿Por qué?

Es difícil de contestar, porque la percepción está exacerbada por las redes sociales. Si se le pregunta a la gente, esta dirá que la seguridad está peor. Las tasas de criminalidad no se correlacionan con la percepción. ¿Cómo se contrarresta? Con acciones específicas y sabiendo cómo se siente más segura la gente. Por ejemplo, en algunas zonas seguramente se sienten más tranquilos si no ven a la policía patrullar. En un barrio marginal, donde nunca han visto a la Policía, si la empiezan a ver posiblemente sientan que algo malo pasó.

Cuando a un delincuente lo dejan libre crece la desconfianza en las autoridades. ¿Cómo cambiar eso?

Hay una sensación general de impunidad, de que el Estado es incapaz de procesar el crimen. La conversación es compleja. Es pensar en cuál es el castigo apropiado, por ejemplo, para un hurto. ¿Cárcel? ¿Cuánto? ¿Y si es reincidente? ¿Fue por necesidad? Se requiere unas miradas especializadas. Lo cierto es que hay un abismo entre los esfuerzos del Estado y la percepción de la gente.

¿Qué estrategias aplicar en Bogotá?

Los bajos niveles en homicidios obliga a las autoridades a focalizar los recursos, pues la ciudad no va a lograr reducir mucho más la tasa. Creo que deberían tener una aproximación hiperfocalizada. Ahora, en vez de atender a mucha gente en barrios degradados, debería enfocarse en grupos pequeños, que están vinculados a la violencia. Distintos estudios muestran que solo el 0,5 % de la población es responsable del 75 % de la criminalidad. Y que entre 2012 y 2015, en el 2 % de los 150.000 segmentos de calle en Bogotá se concentró el 100 % de los homicidios. Las relaciones de concentración del delito frente a la ciudad son menores de lo que la gente cree.

¿Y cómo enfrentarlos?

Con herramientas que permitan modificar el comportamiento de ese 0,5 %. Si no se aplica inteligencia, con policía en los barrios donde se concentra la criminalidad o no se usan las bases de datos de quienes cometen faltas menores para identificar patrones, será difícil. En Michoacán (México), por ejemplo, se encontró que la mayoría de las víctimas de homicidio habían estado en esa base de datos de delitos y contravenciones. Necesitamos generar herramientas para identificar ese núcleo de población involucrada en la violencia. Ahí es donde está la mayor ganancia.

¿Cómo aprovechar los recursos?

Supongamos que quiero enfrentar la criminalidad y me concentro en el 25 % de la ciudad. Si sé que solo el 2 % de las calles se concentra el 100 % de los homicidios, pues estoy tirando dinero a la basura, porque debería estar concentrado en la zona que ya tengo identificada.

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Unos hablan de más policías y otros de trabajo focalizado con los jóvenes. ¿Cuál es la apropiada?

Cuando se usa solo la fuerza, hay resultados que no son sostenibles a largo plazo y que dañan la relación del Estado con las comunidades. Y cuando me aproximo solo con la cara preventiva no logro desactivar el crimen organizado, porque la prevención no es retroactiva. Un paquete social no logra que ese chico que hace años necesitó una buena escuela o asistencia cambie su marco de pensamiento. ¿Qué funciona? El balance. Siendo justos, pero mostrando consecuencias.

¿Y cómo aplicó ese balance?

Integrando esfuerzos para identificar riesgos y una amenaza creíble de que el Estado aplicará sanciones, porque tiene la información y las herramientas, pero con una oferta institucional diseñada, con un paquete de apoyo y prevención, no solo para los chicos que no están involucrados en crímenes, sino para aquellos que el único Estado que conoce es la Policía y la cárcel. Con eso se construye sentimiento de legitimidad y la impunidad se reduce.

¿Detener capos o frenar la violencia?

En México fuimos por los capos y se disparó la tasa de homicidios. Provocó más competencia entre la delincuencia. Ambas estrategias deben alinear sus objetivos. Hay que golpear estructuras, pero ofrecer alternativas. Las políticas exitosas juegan con incentivos y desincentivos para cambiar comportamientos.

Frente al consumo de drogas en espacio público: ¿prohibir o permitir?

En Washington está legalizado el consumo. Cuando voy con mi hija de 10 años y se siente el aroma, no lo veo como un problema, porque percibo que hay una eficacia del Estado y sé que no hay nadie armado cerca vendiendo droga. Pero si estoy en México, cambia la perspectiva. Cuando alrededor del consumo empieza una actividad que genera inseguridad es diferente. No me atrevo a dar una solución, pero sí es más fácil implementar esas soluciones cuando la percepción de seguridad es fuerte. Si no, eso genera miedo y angustia en la gente.

 


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