Publicidad

Bogotá en 2038: con identidad y autoestima*

Ciudadanos y ciudadanas de todas las edades y condiciones disfrutan esta ciudad que cumple quinientos años. En Bogotá el ser humano es sagrado. Los niños y niñas que al nacer son amados y deseados, asisten a mega jardines sociales, similares a los construidos a finales del siglo XX, en donde les atienden con cariño y profesionalismo.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Enrique Peñalosa / Ex alcade de Bogotá 1998-2000
02 de agosto de 2008 - 02:06 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Adolescentes que participan en múltiples actividades culturales, deportivas y comunitarias– miran con optimismo el futuro porque tienen proyectos de vida ambiciosos y de largo plazo, que les exigen dedicación. Ancianos, pobres o quienes se movilizan en silla de ruedas, se sienten respetados y protegidos.

Los mejores colegios privados administran los del Distrito en los sectores más necesitados, mediante el modelo de concesión. Recordemos que ese modelo sobrevivió a pesar de alcaldes interesados en congraciarse más con el sindicato que con la felicidad de los niños y la calidad de la educación, y gracias al movimiento de padres de familia que promovió una consulta popular.

El ambiente y los resultados académicos evidencian los beneficios de la emulación entre el sistema público tradicional y los colegios por concesión. En todos se aprende a leer música en primaria, y en bachillerato muchos profundizan los estudios musicales. La enseñanza de las artes ayuda a identificar y a promover talentos.

Varias universidades locales, reconocidas por su excelencia en el ámbito mundial, atraen estudiantes y profesores, mientras pacientes extranjeros vienen a buscar tratamientos médicos. La integración de la ciudad al mundo y su competitividad mejoró notablemente desde que se consolidó el bilingüismo en todos los colegios públicos, en los cuales la mitad de las materias se dictan en inglés. El aprendizaje de este idioma permitió reducir la tasa permanente de desempleo por debajo del 5%.

Por el goce ambiental

Dado que no solo las mujeres sino también muchos hombres han logrado habilidades excepcionales para tejer, en algunos fines de semana la Alcaldía promueve Tejido al Parque; en otros, la gente escoge entre Ajedrez al Parque, exhibiciones de orquídeas y los Clubes de Astronomía apoyados por el Planetario Distrital y las universidades. Aficionados a las mariposas u observadores de aves, árboles y vegetación organizan recorridos de goce ambiental. Hay quienes se asocian para disfrutar el paisaje recorriendo ciclorrutas seguras, en carreteras y a campo traviesa. El control social al consumo de alcohol es fuerte, gracias a una mayor responsabilidad y contribución de las familias. Algunos centros comerciales cerrados, se reconvirtieron en zonas comerciales abiertas al cielo y al espacio público, con vivienda en los pisos superiores.

Quedó atrás el populismo que rebajaba las tarifas de acueducto antes de haber alcanzado la cobertura total de alcantarillado, la descontaminación de canales y ríos y de haber construido cientos de kilómetros de canales de aguas lluvias descontaminadas, con infraestructura para peatones y ciclistas. Disfrutamos por fin los parques lineales Tunjuelo y San Cristóbal-Fucha, inspirados en el del Juan Amarillo; gracias a sus senderos, ciclorrutas, zonas verdes y espacios deportivos y culturales, miles de personas atraviesan la ciudad entre oriente y occidente, para ir al trabajo y al estudio.

Un paseo agradable es navegar en canoa el descontaminado río Bogotá, en medio del verde de la sabana; otra opción es recorrer su parque lineal, a pie o en bicicleta. Los colegios organizan excursiones que empiezan en el embalse de San Rafael (en La Calera) y descienden por el borde del río Teusacá (en el valle de Sopó) hasta el sendero-ciclorruta del río Bogotá; algunos paseantes continúan hacia oriente, por el río Tunjuelo, hasta la represa de La Regadera. Los más deportistas buscan el camino hacia el páramo de Sumapaz, Cabrera, Venecia, San Bernardo, Arbeláez y Fusagasugá.

Miles de personas recorren 60 kilómetros por un amplio, asequible y comercial sendero perimetral en los cerros, o aprovechan la menor oportunidad para participar en paseos ecológicos alrededor del embalse de Tominé, la red de ciclorrutas de la sabana, Chingaza (con sus venados y osos) y por el borde del río Sumapaz (entre Melgar y Girardot), o algunas más


lejanas, como la del Guarinocito (en Caldas). Bogotá, primera ciudad de América en darles importancia a las bicicletas y ciclorrutas, tiene hoy una red protegida de estas últimas en todas las vías. El 30% de la población usa bicicletas para ir desde la casa al trabajo o al estudio, o hasta las estaciones de Transmilenio.

Verde, verde y más verde

Gracias a la adquisición por parte del Distrito de predios para parques y la destinación de recursos para adecuarlos y mantenerlos, estos espacios son sitios de encuentro comunitario, impecables y bien iluminados, especialmente para los niños y niñas. Se tuvo conciencia de que el acceso al verde sería un factor notable de inclusión, de que muchas cosas se podían arreglar pero no la falta de parques y que tumbar la ciudad para abrirles espacio, no era viable. Personas de bajos ingresos los disfrutan porque en sectores populares el Distrito compró manzanas para parques y lotes cercanos donde fueron construidos edificios para los vecinos cuyas viviendas fueron demolidas y además 4.000 hectáreas en el borde de la ciudad, que ya están en la zona urbana y lo estarán más en el futuro.

A ese logro contribuyó la ley que exigió a las corporaciones regionales destinar el 20% del presupuesto a la adquisición de terrenos para todo tipo de parques.
Las personas de ingresos altos se dieron cuenta de que un parque sembrado con muchos árboles se convertía en un bosque oscuro, húmedo y frío; entendieron que para percibir la tibieza del sol de la sabana, debía estar cubierto no más de 20%; y aceptaron que el 20%, como mínimo, debía destinarse a zonas duras, es decir, al uso de la gente.

Los parques en zonas de estrato alto también se llenaron de vida y de vecinos de todas las edades. Ni que decir de las trescientas canchas de fútbol, con pasto sintético e iluminadas que transformaron la vida barrial, mejoraron la seguridad y se convirtieron en zonas de intercambio vecinal y juvenil.

Vivir sin miedo

Por décadas, los bogotanos no disfrutaron el derecho fundamental a vivir sin miedo porque el Estado –concentrado en la guerra contra el narcotráfico y la guerrilla– se había resignado a la inseguridad urbana. Puesto que el miedo deformó la ciudad, los ciudadanos de ingresos altos temían salir a caminar y a movilizarse en el transporte público o en bicicleta. Ahora que Bogotá es una de las ciudades más seguras del mundo, mujeres solas y niños salen sin temor en cualquier parte, hacia


cualquier lugar y a cualquier hora. Y eso es posible porque entendimos que ninguna sociedad –llámase Suiza o Singapur– salió del subdesarrollo y la pobreza, sin limpieza y orden. Nuestros vendedores de hoy en el espacio público están organizados, pero solo para ofrecer algunos productos legales de consumo callejero como helados, dulces, aguas aromáticas y flores.

Adiós a los barrios pirata

En 2008, la mitad de la ciudad estaba conformada por barrios ilegales, y desde la creación de Metrovivienda, el gobierno no había adquirido en el perímetro urbano un solo metro cuadrado de tierra para vivienda y había desaprovechado la compra de miles de hectáreas a bajo precio. Y por eso, los pobres seguían buscando urbanizadores pirata que les ofrecían lotes inadecuados en Usme, Ciudad Bolívar y los cerros de Soacha. El panorama cambió cuando  la reforma urbana se convirtió en prioridad del Estado colombiano. Solo entonces fue posible planificar ciudadelas en miles de hectáreas en el borde de la ciudad: la alameda Porvenir (entre Fontibón, Soacha y Kennedy) se convirtió en modelo para una red de 400 kilómetros, integrada a los parques lineales de los ríos; y en predios de propiedad estatal, planos y con urbanismo óptimo, se ofrecieron viviendas de calidad en el occidente del Distrito a personas de menores recursos, que acabaron con la expansión pirata de la ciudad.

Muchos barrios construidos en forma espontánea fueron declarados de conservación. En ellos se adelantaron programas de participación comunitaria para pintarlos, arborizarlos o construir aceras, escaleras o plazoletas que hoy son entornos de poesía. Centros comunitarios modernos sustituyeron a los viejos salones de acción comunal y en ellos se construyeron instalaciones deportivas y culturales que atraen a los jóvenes. Muchos barrios de San Cristóbal, Usme y Ciudad Bolívar son codiciados porque ofrecen vistas panorámicas sobre la ciudad, porque su colorido los presenta como obras de arte o campos floridos, o porque la mayoría de casas dispone de terrazas en las cuales se puede disfrutar de un asado en una tarde soleada de domingo.


Las vallas fueron restringidas y las autorizadas empezaron a pagarle a la ciudad por su usufructo. Las normas detuvieron la construcción de suburbios de estrato alto o “conjuntos campestres”, alejados de la ciudad e inspirados en el fracasado modelo gringo de casas grandes con jardín en conjuntos cerrados.

Planeación urbana

La nueva expansión suburbana exigió verdaderas zonas industriales planificadas, vivienda con  densidades altas, tamaños máximos en los globos a encerrar, y cesiones públicas para parques del 25%, en grandes globos, en lugar de microcesiones encerradas ilegalmente. El nuevo ordenamiento legal derogó, por fin, la tragicómica norma del Ministerio de Ambiente que bloqueó el desarrollo de 4.000 hectáreas al occidente, mientras suburbios de baja densidad se multiplicaban como maleza en los municipios aledaños.

Los propietarios de predios fueron obligados a conformar una sola empresa y a construir, en varias direcciones, los enormes parques lineales que hoy atraviesan a Ciudad Noroeste, reconocida por la calidad de su urbanismo y el bienestar que ofrece a sus habitantes. Además, la ciudad creció de manera ordenada en el perímetro urbano existente en 2038: normas nacionales y la actividad proactiva de la Empresa Distrital de Renovación Urbana impulsaron la demolición de grandes bloques en sectores deteriorados o aprovechados a medias, en los cuales fueron construidos desarrollos urbanísticos de calidad y alta densidad.

En 2038, la desigualdad entre municipios era cada vez más grave: en el norte, Chía y Sopó atraían residentes adinerados, y en el sur occidente, Soacha y Mosquera seducían a pobres necesitados de más servicios públicos y que pagaban pocos impuestos. Los políticos tradicionales protestaron contra la integración de doce municipios, liderada por el presidente en el Congreso, a pesar de que fue diseñada para racionalizar la planeación y el desarrollo de la gran ciudad y construir equidad mediante la transferencia de recursos de los más ricos a los más necesitados.

La ciudad gastó más de 3.000 millones de dólares en una línea de metro cuya operación hoy requiere cuantiosos subsidios anuales, pero aprendió que Transmilenio hace lo mismo a menor costo, que viajar en la superficie es más agradable y la sensación de seguridad es mayor. Por eso, se impulsó el sistema Transmilenio en las avenidas 1 de Mayo, 68, Avenida Longitudinal de Occidente (Alo), a Villavicencio, Centenario, Ciudad de Cali y las calles 127 y 170. Se logró que buses por fuera de las troncales operen integrados, dentro de un sistema computarizado y al servicio de Transmilenio durante 24 horas. Desde 2012 se construyeron, ampliaron o completaron grandes vías como la Ciudad de Cali hasta Soacha y la NQS hasta Ciudad Bolívar.

Por el sistema de concesión se construyeron autopistas como la Alo, la de los cerros orientales con extensos túneles y puentes y la que pasa por detrás de Ciudad Bolívar conectando la vía a Villavicencio con la autopista sur. Autopistas sí, pero también una ciudad con aceras amplias y rampas arborizadas y bien iluminadas, para coches de bebé y sillas de ruedas. Esta calidad de vida atrajo y sigue atrayendo a personas calificadas, inversionistas e industrias creativas y del conocimiento que han prosperado de manera especial. Bogotá es una urbe con identidad y autoestima: sus ciudadanos confían en la construcción de un futuro mejor, son participativos y también conscientes de la importancia de la ciudad para vivir felices.

 

Por Enrique Peñalosa / Ex alcade de Bogotá 1998-2000

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.