Bogotá

27 Jul 2015 - 12:57 a. m.

Bogotá: un cruce de caminos

“¿Qué hacer con Bogotá?” es el reciente libro de Cecilia Orozco, en el que recoge entrevistas con cinco de los nueve candidatos a la Alcaldía. El Espectador publica su introducción.

Redacción Bogotá

Una mole gris, sucia, de transporte insuficiente e inseguro, invadida por basuras mal empacadas y peor recolectadas; con sus aceras —embellecidas hace apenas década y media— perdidas entre las chucherías que se exhiben en el piso, las toldas de celulares por minutos, los carritos de cigarrillos y los cambuches de comida y trapos que le arrebatan las ventas al comercio formal; una urbe atestada de vehículos que se disputan entre sí las calles agujereadas por el uso y el descuido; una ciudad desordenada, peligrosa, desenfrenada y mal desarrollada; unos cerros en vía de extinción y su río, humedales y fuentes de agua violados por la brutalidad humana y por los constructores sin control. En pocas palabras, una capital sin rumbo. 
 
Así califican hoy sus habitantes a Bogotá, aunque unos cuantos consideren que esa es una visión catastrófica e irreal, porque también hay avenidas, bibliotecas, más niños en los colegios, uno que otro parque, teatros, buen cine, fútbol, espectáculos, restaurantes para cualquier gusto y bolsillo, universidades y diversión. Sin embargo, ni los unos ni los otros niegan la hondura de la crisis que tendrá que enfrentar el hombre o la mujer que el primero de enero del 2016 llegue al Palacio Liévano, la edificación que alberga desde 1910 la Alcaldía Mayor.
 
Es injusta y no del todo exacta la afirmación de que los tres gobernantes locales más recientes son los responsables únicos de la debacle que está a punto de hacer colapsar la capital. Se ha vuelto frase de cajón aquella según la cual “la izquierda desbarajustó a Bogotá”. Es verdad, desde luego, que la masiva corrupción de la contratación pública en la administración de Samuel Moreno le produjo un daño enorme a su partido, el Polo Democrático. Y, también, a la credibilidad y confianza bogotanas en sus administradores y en el futuro de su ciudad, hoy paciente psicológica que sufre depresión emocional.
 
Es verdad que Lucho Garzón, el primero de la saga zurda, no puso en marcha la revolución pacífica o siquiera las reformas que sus votantes deseaban de su gobierno; es verdad que el tercer miembro en línea de la izquierda que dirigió este conglomerado urbano de ocho millones de personas, el ubicuo Gustavo Petro, que sucedió a Moreno porque enarboló la bandera de la lucha contra los ladrones del erario, decepcionó como ninguno antes (excepción hecha de Moreno), porque lo que se esperaba de él era muchísimo más de lo que jamás hubiera podido dar: su leyenda de congresista implacable y valiente no podía superar la aplastante cotidianidad que agobia a los alcaldes de una ciudad como Bogotá.
 
No obstante, la historia de los desaciertos de los mandatarios bogotanos y de nuestras desgracias urbanísticas no empezó ni terminará con esta trilogía trágica. Durante la primera mitad del siglo XX, la capital estuvo en las manos delicadas y casi siempre inútiles de la dirigencia tradicional. 
 
Ocuparon el despacho de la alcaldía apellidos de la alta sociedad y unos colados de la ilustración que poco hicieron por su desarrollo. Durante la segunda mitad del siglo hubo más suerte, debido a una mayor variedad de los mandatarios, a mejores conocimientos, apertura al mundo y anulación temporal del bipartidismo político, pero fue en el año 2000 cuando se desgranó la mazorca: Bogotá, que buscaba su destino por fuera de su clase gobernante de siempre, y que tuvo su momento de divertimento cultural con Mockus, de “cercanía a las estrellas” con Peñalosa y de “compa’e amigo” con Garzón, eligió a Samuel Moreno por simpático y a Petro por férreo. 
 
Ambos la desilusionaron y hoy ella, con razón, pretende desandar el camino: vuelve por los fueros de los candidatos menos sorprendentes pero más experimentados: el propio Peñalosa, con otros quince años de recorrido; Clara López, economista de las universidades más reputadas de Estados Unidos y con una abultada carga de méritos profesionales que no se compara con la de sus antecesores; el pulcro Carlos Vicente de Roux, concejal de juicio y rectitud probadas; Rafael Pardo, autor de sesudos libros que hablan por él y ejecutor de políticas en varias áreas; Francisco Santos, representante de un sector que cautiva casi a la mitad de la población, y Marta Lucía Ramírez, exministra en materias estratégicas, quien sin ser aspirante formal al primer puesto de la ciudad, orienta y define el programa de su partido para esta urbe.
 
Bogotá, agotada por ahora su capacidad de explorar vías alternas, involuciona en 2016 pero no para retroceder sino para intentar salir del atolladero y dar, finalmente, un paso adelante. Quien gane las elecciones de octubre se echará semejante fardo encima, y de él o de ella dependerá si los capitalinos se felicitan por regresar al camino central o si, de nuevo desengañados, buscarán extraer, de entre ellos mismos, líderes del común que nunca han tenido nada que ver con las jerarquías partidistas para ensayar el autogobierno de los “indignados”, como ha sucedido este año con ciuda des españolas de la importancia de Madrid, Barcelona, Valencia e incluso Sevilla y Zaragoza. 
 
Bogotá, como puede verse, se encuentra en el cruce de muchos caminos. Confío en que las entrevistas de este libro aporten elementos de juicio para que la ciudadanía se decida, de una vez por todas, a definir el rumbo que debe seguir la ciudad, y espero que los comentarios finales de Juan Carlos Flórez, concejal de Bogotá, y de Aurelio Suárez, uno de sus estudiosos mejor preparados, contribuyan a que dicha decisión sea la mas acertada.

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