Faltan dos años para que el primer pasajero se suba a la línea 1 del metro de Bogotá, un sueño que parece que tendrá un desenlace feliz, luego de casi medio siglo de espera. La obra de infraestructura más importante del país hoy supera el 70 % de avance, y tanto la ciudadanía como los operadores urbanos imaginan cómo funcionará la capital con semejante obra atravesando la ciudad y movilizando a casi un millón de pasajeros al día.
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En esa lista de pendientes, para complementar el metro, hay un componente urbanístico clave, que se deriva de la pregunta: ¿cómo serán los alrededores del proyecto férreo? La respuesta es amplia y va desde los equipamentos necesarios para articular los servicios metropolitanos al sistema, hasta cómo mitigar los impactos urbanos del viaducto en su trazado, especialmente en corredores como la avenida Caracas.
Ahí entran las llamadas actuaciones estratégicas (AE), piezas formuladas por el POT para generar grandes transformaciones urbanas. Y para el caso de la transformación alrededor del sistema masivo de transporte surge una en particular: la AE Calle 72, próxima en adoptarse, como se evidencia con la publicación del borrador de decreto que le dará vida jurídica.
Dicho documento describe no solo una intervención urbanística para ordenar, financiar y guiar la renovación en inmediaciones de la última estación de la primera y la segunda línea del metro, sino de la futura segunda línea y la posible extensión hasta la calle 100.
En este sentido, la calle 72 dejará de ser una calle más en Bogotá, para convertirse en un eje que conectará centralidades, barrios tradicionales, zonas de comercio popular, el corazón financiero de la ciudad y puntos de alta accesibilidad. Además, con el metro en el horizonte, se convertirá en un laboratorio urbano, en el cual la ciudad deberá elegir bien cómo densificar sin destruir, modernizar sin expulsar y complementar un megaproyecto de transporte con la nueva ciudad.
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Detalles de la actuación estratégica
La actuación estratégica Calle 72 cubre un ámbito amplio —más de 140 hectáreas— y busca transformar el corredor con una mezcla de vivienda, espacio público y movilidad sostenible. Los planes indicativos señalan, por ejemplo, la multiplicación de las viviendas, que podrían pasar de 5.708 a 12.500, señal clara de redensificación en torno al transporte masivo.
Pero el proyecto no está pensado solo como una suma de edificios. También hay metas urbanas visibles. Según los anexos del borrador de decreto, el espacio público proyectado crecería de 27.908 m2 a 91.978 m2, al contar con más andenes, cruces peatonales y ciclorrutas. El reverdecimiento es otro componente clave, ya que el número de árboles podría multiplicarse, al pasar de 298 a 2.488.
Todo esto ocurre en un contexto muy concreto: la calle 72 como corredor estratégico para articular Transmilenio, centralidades económicas en torno a la primera línea del metro y, sobre todo, la segunda estación de la línea 2 del metro. Carlos Felipe Reyes, gerente de RenoBo, lo plantea así: la actuación va “de la mano con el trazado de la línea 2”, y busca que el desarrollo inmobiliario que se active por esa infraestructura se traduzca en nuevo espacio público verde y mejoras urbanas dentro del mismo territorio.
En este sentido, El Espectador conoció que RenoBo ya trabaja para dejar adoptada, también en este cuatrienio, la AE Chapinero, con la cual se complementará este anillo urbanístico, pero en la zona correspondiente a la calle 63.
Un elemento clave del instrumento, insiste el gerente, es que las cargas urbanísticas no se pierden en la bolsa general, que luego se distribuye a otros puntos de la ciudad. “Lo que logrará la actuación estratégica será amarrar que los recursos queden dentro del polígono de la actuación”. Es decir, que la inversión se quede donde se genera el impacto.
Los riesgos
Pero ninguna renovación urbana es neutra o cercana a un idilio urbano. Los documentos del proyecto lo reconocen con claridad: junto a las oportunidades vienen impactos sociales, que pueden ser severos. Uno es la pérdida temporal o definitiva del lugar de vivienda o la expulsión de moradores, como ya lo han denunciado las veedurías de otras AE.
Dado que detrás de cada predio de la ciudad que se pretende renovar hay hogares, historias y redes barriales, cualquier atisbo de transformación física puede romper arraigos y generar incertidumbre, especialmente en sectores donde predominan estructuras residenciales consolidadas.
El problema se agrava para quienes no son propietarios. Los arrendatarios —que suelen ser invisibles en los grandes planes— aparecen como población vulnerable y, por lo tanto, el desplazamiento sin garantía de permanencia es un riesgo real. Y a eso se suma la posibilidad de conflictos derivados de la gestión predial o incluso de la desinformación.
En este sentido, Reyes reconoce que el reto social es inevitable y que parte del trabajo ha sido cambiar la forma de relacionarse con las comunidades. Dice que ya no se trata del “típico vertido de socialización, donde se comunica una norma compleja”, sino de construir un diálogo más amplio, con puntos físicos en alcaldías locales, recorridos en territorio, camiones vitrina e incluso responder derechos de petición en casa de propietarios, para que entiendan la actuación.
El nodo de la NQS
Dentro de ese gran corredor hay un punto que recibe un tratamiento especial: el nodo carrera 30, en la intersección de la calle 72 con la NQS. Es una unidad funcional pequeña en área —unas 7,23 hectáreas—, pero enorme en importancia urbana. Ahí se cruzan los flujos de movilidad más pesados, la proximidad directa al metro y la presión más alta por construir.
Por eso el nodo tendrá reglas propias y no se licenciará como cualquier sector. Exigirá estudios de tránsito, redes de servicios, condiciones ambientales y un reparto interno de cargas (similar al de una obra pública). El espacio público deberá priorizarse frente a la estación del metro y se obligará a generar áreas peatonales activas sin cerramientos.
De momento, la actuación promete nueva vivienda y revitalización económica —con una proyección de hasta 39.400 empleos—, pero el punto crítico siempre será el mismo: quién logra quedarse en el territorio renovado y quién termina viéndolo desde lejos. De momento, la publicación del borrador de decreto abre una discusión necesaria: ¿cómo se implementarán estas actuaciones estratégicas sin que se conviertan en simples motores de valorización y expulsión?
Bogotá necesita complementar urbanísticamente proyectos de impacto como el metro con mejor espacio público, vivienda digna y renovación planeada, pero también que ese futuro no se construya borrando a quienes ya habitan esos barrios.
Si la calle 72 va a ser un corredor ejemplar, no puede serlo solo por sus andenes nuevos o sus árboles sembrados, sino por su capacidad de demostrar que la transformación urbana puede hacerse con respeto: al morador, al arrendatario o al comerciante, pues al final la ciudad no es solo concreto, sino, ante todo, permanencia, memoria y vida cotidiana alrededor de lo nuevo.
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