La conciencia sobre el río Bogotá crece poco a poco. Antes del fallo del Consejo de Estado, que ordenó recuperar la cuenca, la ciudad solo lo veía como una cloaca. Pero hoy no solo existe una fecha como el 12 de mayo para recordar por qué vale la pena cuidarlo, sino que hay quienes siembran este mensaje en las nuevas generaciones. Es el caso de Camila Velandia y Fabián Ramírez, dos jóvenes del barrio Villa Cindy (Suba), a quienes se les conoce como los “profes” de la Escuela Popular Guardianes del Río.
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La historia unió a estos profesionales de ciencias sociales en la pandemia, cuando se solidarizaron con el hambre de sus vecinos, que con trapos rojos en sus ventanas pedían ayuda. Ellos respondieron con una olla comunitaria y mientras ayudaban, al calor del alimento, reconocieron que esta solo era una de tantas problemáticas en su barrio. Las conversaciones los llevaron a reconocer un punto común: la mala relación de la comunidad con el río Bogotá, al cual solo veían como un afluente maloliente y sucio, que colindaba con su barrio.
Fue cuando optaron no solo por visibilizar ese secreto a voces, sino buscar cambios desde los más pequeños. “Los ríos se han vuelto canales de agua residual sucia. No se consideran cuerpos de agua viva”, cuenta Camila. Identificaron que detrás de esa relación había desconocimiento. “¿Cómo se llama?”, “¿por qué su color es diferente?”, “¿de dónde viene y para dónde va?”, eran frases recurrentes. Para resolverlas había que partir de dos preguntas: ¿cómo cambiar la relación con el río y por qué hacerlo?
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Enseñarlo implicaba un reto, en especial si sus alumnos serían niños entre 9 y 15 años. La estrategia parecía tener un camino: el arte. Con su pasión por el teatro, la música y el baile nacieron ideas como el “Carnaval Ríos por la Paz”, con personajes que van por el barrio contando historias; jornadas de limpieza en la ronda del río, espacios de lectura, y más. Hoy dan dos clases por semana, en un espacio abierto, cubierto por carpas y a escasos 10 metros del río.
Gracias al juego y al arte han logrado que los niños y niñas expliquen con propiedad dónde nace el afluente, dónde desemboca y quiénes lo han contaminado. Un cambio definitivo para quienes crecieron viéndolo como algo ajeno. “Es poderoso ver cómo los niños no son sujetos pasivos. Tienen una voz y un criterio frente a problemas ambientales”, resalta Ramírez.
¿Y el río Bogotá para qué?
En mayo se conmemora el Día del Río Bogotá,para generar conciencia sobre su estado crítico y movilizar esfuerzos para su recuperación. Con una extensión de 380 kilómetros, que pasan por 47 municipios de Cundinamarca y el Distrito Capital, es uno de los flujos de agua más importantes del país, pues en su ronda se desarrollan actividades agrícolas, pecuarias e industriales que representan el 30 % del PIB nacional.
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Aunque nace limpio en el páramo de Guacheneque, en Villapinzón (Cundinamarca) y así permanece por escasos 11 kilómetros, a medida que avanza se vuelve referente de contaminación. Vertimientos de curtiembres, minería extractiva, disposición de escombros, las aguas de los afluentes Salitre, Fucha y Tunjuelo, y el peso de recibir las aguas negras de 10 millones de personas terminan por teñir sus aguas, que desembocan en el río Magdalena, en Girardot.
“La deforestación, la ocupación en la ronda del río y la contaminación son factores que continúan. Por ejemplo, la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales de Salitre (Ptar) costó COP 2,6 billones y lo que recibe son toallas higiénicas, pañales, condones, colillas de cigarrillos, aceite usado”, denunció Ricardo Rodríguez, exgerente del Río Bogotá y actual director del proyecto Fondos para la Vida y la Biodiversidad del Ministerio de Ambiente.
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¿Qué hemos hecho por recuperarlo?
En 2014, el Consejo de Estado dictó una sentencia histórica que ordenó acciones inmediatas para mitigar una “catástrofe ambiental, ecológica y económico-social”, producto de décadas de negligencia institucional. Pese a que, en 2019, el entonces secretario de Ambiente de Cundinamarca, Eduardo Contreras, proyectó un río descontaminado para 2026, la realidad plantea retos mayúsculos, en especial por la inacción de 29 municipios que, según la Contraloría, continúan sin acoger la sentencia.
No obstante, organizaciones comunitarias y entidades del Consejo Estratégico de la Cuenca del río Bogotá (CECH) han adelantado acciones. La Secretaría de Ambiente, por ejemplo, habla de una inversión de COP 53.000 millones para cumplir el mandato, que en 2025 incluyó 674 monitoreos sobre niveles de contaminación del agua, 541 actividades de control a vertimientos del sector productivo, y 290 monitoreos a canales y ríos de la ciudad, para entender mejor qué sustancias lo contaminan y en qué cantidad.
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La Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR), por su parte, resalta la financiación de 40 Plantas de Tratamientos de Aguas Residuales en varios municipios, incluidas las PTAR Salitre y Canoas (que aún no empieza su construcción). Además, la compra de predios, la ampliación del cauce del afluente para evitar desbordamientos, y COP 100.000 millones en labores de restauración y reforestación, a cargo de las juntas de acción comunal o del acueducto. “Hoy lo que más nos preocupa es la seguridad hídrica y es donde tenemos el mayor reto”, señala Alfred Ballesteros, director de la CAR.
Pero los resultados seguramente no se verán sin una pieza clave: la PTAR Canoas, que tratará el 70% de las aguas residuales de la capital y el 100% de Soacha. Aunque la obra sigue estancada, la Empresa de Acueducto de Bogotá dice que están próximos a adjudicar el contrato. Hoy existe la PTAR Salitre, que trata el 30% de aguas residuales del norte y el centro de la ciudad (5.53 m3/s). Como acciones adicionales, el Acueducto corrigió 811 conexiones erradas en la ciudad, lo que sumado al mantenimiento de humedales, ha reducido la carga contaminante que llega a los cuerpos de agua.
Pese a todo esto, para Camila Velandia, profesora de la Escuela Popular Guardianes del Río, se necesitan más proyectos con la comunidad, para generar procesos de sensibilización constantes. “Lo hacemos voluntariamente, desde la educación popular, sin apoyo institucional. El objetivo es seguir haciendo un llamado de cuidado del río Bogotá, porque estamos ante una crisis climática que obliga replantear nuestro relacionamiento con la naturaleza y entender que hacemos parte de ella”.
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Mientras las grandes obras de ingeniería como Canoas siguen en el papel o en licitación, en Villa Cindy, con “profes” como Camila y Fabián, la recuperación del río ya empezó: ocurre cada vez que un niño deja de ver el cauce como una cloaca y empieza a soñar con el día en que vuelva a ser sinónimo de vida.
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