Ustedes están muy jóvenes, pero por allá en 1987 en Bogotá, en la Atenas Suramericana, las palabras “Heavy Metal” eran prácticamente desconocidas. Las emisoras, que eran la única forma popular de oír música, solo programaban vallenato y chucu-chucu; la élite oía en la HJCK música clásica y Jazz (“una emisora para la inmensa minoría”, era su eslogan), y en la única emisora juvenil, que era 88.9 FM, solo se oía Michael Jackson y las bandas sonoras de Flash Dance y Footlose, películas gringas sobre baile.
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Lina Botero tenía un programa de TV que se llamaba “Los 10 mejores de la música”, en el que, a veces, pasaban videos de Rock, pero porque en EE. UU. ingresaban al top ten alguna banda de ese género y el programa se limitaba a copiar la lista.
Otra forma que tuve de conocer grupos de Heavy Metal era la librería Nacional de Unicentro, que importaba revistas (Metal Hammer o Kerrang) y se podían hojear gratis durante 15 o 20 minutos hasta que el encargado llegaba a joder preguntando: “¿Joven, va a comprar? Las revistas son solo para la venta”. No obstante, ese tiempo me bastó para memorizar nombres de bandas como Judas Priest, Black Sabbath o Iron Maiden.
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Al cabo de unos meses, me llegó en forma de chisme que en el centro existían unas casetas que vendían discos de todo el Metal que uno se podía imaginar y eran importados de contrabando. Debían ser carísimos, me imaginé.
Mi padre me había mostrado años antes un casete con algo de Deep Purple y de Jimi Hendrix, pero a mí me llamaba la atención más la estética agresiva de Iron Maiden y compañía, no tanto la psicodelia hippie Hard Rock. El caso es que le comenté lo de las casetas de música y el dato le quedó interesando. Cuando hubo cierta holgura económica nos fuimos a conocerlas.
Estaban en la calle 19, entre carreras octava y novena. Ahí, en pleno andén, invadiendo el espacio público, estaban todas pintadas de un azul como de piscina y olían a orines de perro callejero. Cada una tenía un nombre: “Abey Road, la Rockola” etc. Eran oscuras y solo un bombillo de luz mortecina iluminaban su interior.
Nada de eso me importaba. El impacto visual de las portadas de los vinilos de Pink Floyd, Venom y Judas Priest era tremendo: Dibujos y diseños psicodélicos, monstruos, ángeles caídos, pentagramas satánicos. Las ganas de comprarlos todos y oírlos eran incontenibles, eran los mismos nombres de las revistas importadas de la Nacional. ¡No lo podía creer!
Afortunadamente iba con mi papá, porque los vendedores y dueños de las casetas eran rabones con los culicagados como yo. Me miraban con desprecio y preguntaban: ¿“Que quiere?”, con acento golpeado, como preguntándose, ¿este chino que va a saber de Rock? Pero al ver que mi papá les preguntaba por Deep Purple se les bajaban los humos y empezaban a sacar discos y más discos... “Vea este es importado de Londres. Es donde está tal canción o este otro donde está tal otra”. No eran nada baratos, así que podíamos comprar máximo dos o tres, lo mejor escogidos posible, y pa´la casa.
A pocas cuadras de mi casa vivía Andrés, un amigo como 7 años mayor que yo, igual o peor de fan del Metal. Lo llamaba para invitarlo a oír las nuevas adquisiciones musicales y hacíamos un extraño ritual con los discos importados, que venían sellados: lo esperaba a que se viniera corriendo desde la 118 con sexta y con bisturí y las narices pegadas al empaque, aspirábamos el aire encerrado en el cartón del vinilo. “¡Uy marica! ¿si huele? ¡Aire de Londres!”
En los siguientes viajes a las casetas azules, los dueños ya me trataban con menos desprecio y hasta me recomendaban vinilos de nuevas bandas como Motorhead, Metallica y Celtic Frost. Mi padre se había relegado a acompañarme y a pagar, porque esas bandas tan pesadas a él no le cuadraban mucho.
Había un problema con los vendedores de vinilos: pedían muchas unidades de un mismo grupo, que no tenían mucha salida, y después se desencartaban con sus clientes. No había un tocadiscos en la caseta para oírlos antes de comprarlos. Una vez me hicieron comprar uno de Def Leppard: “¡Son ingleses, vea! La están rompiendo en toda Europa”. Llegué a oírlo a mi casa, todo emocionado. El Álbum se llamaba “Hysteria” y después del tercer track, me pillo que eso no era Metal, ni siquiera Rock... era un pseudo-pop agresivo, con letras para excitar quinceañeras. “Histeria” la que me dio a mí “¡Me tumbaron!”.
Entonces, tocaba buscar a otro más pendejo que yo para hacer un trueque y tratar de no perder la plata. Fue así como me conseguí el álbum doble de Metallica, el And Justice for All. Lo imprimieron en Venezuela, pero tenía buen sonido. La ingeniería de sonido de ese Álbum era nueva para mí: no había casi bajos y la batería sonaba como el motor de un Mustang de 8 cilindros (en especial el tremendo doble bombo de Lars Ulrich) y las guitarras eran como bloques de concreto que caían sobre tejas de Zinc. No sé si me explico, pero así lo veía. Salió bien el trueque, me dije.
Para 1989 el alcalde Andrés Pastrana mandó a desalojar esa cuadra de la avenida 19 y ese mismo año se inauguró el centro comercial Omni 19. Los locales se trasladaron ahí y hasta que se acabó el siglo XX fueron punto obligado de melómanos para conseguir música ya en formato CD y en casetes importados. Luego fue que llegó la debacle, gracias a los formatos intangibles con el internet, las descargas de Ares y otros reproductores de PC.
Fue una época complicada para Abbey Road, La Musiteca y demás locales. Afortunadamente, con el boom del vinilo y de sus clientes fijos, han logrado sobrevivir. Hoy día hay almacenes de venta de música en formatos físicos por toda la ciudad y se pueden hacer tours. Es un mercado vivo y muy interesante. Es Bogotá D.C., el resto es tierra caliente.
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