Hace apenas dos años, septiembre había dejado en Bogotá uno de los registros más altos de homicidios de los últimos tiempos: 129 personas fueron asesinadas durante ese mes de 2024. Un año después fueron 84. Ahora la cifra volvió a caer y septiembre de 2026 terminó con 73 casos, el registro más bajo disponible para ese mes desde 2003.
La reducción frente al año pasado fue de 11 homicidios, equivalente al 13,1 %. Pero la diferencia es mucho más pronunciada si la comparación se extiende hasta 2024: en dos años la ciudad registró 56 homicidios menos durante septiembre, una caída de 43,4 %.
La secuencia reciente muestra con claridad el cambio: septiembre terminó con 97 homicidios en 2023, subió hasta 129 en 2024, cayó a 84 en 2025 y ahora descendió hasta 73. El registro del año pasado ya había sido presentado por la Alcaldía como el septiembre menos violento en más de dos décadas. El resultado de 2026 volvió a reducir ese mínimo.
La caída no comenzó en septiembre
El resultado del último mes se inserta en una reducción que las autoridades distritales venían reportando a lo largo de 2026. Según la Secretaría de Seguridad, el homicidio acumula una disminución cercana al 8 % frente al mismo periodo de 2025.
La tendencia se había hecho visible desde comienzos del año. Solo durante enero y febrero, Bogotá pasó de 176 homicidios en 2025 a 154 este año, una reducción de 12,5 %.
El Distrito ha relacionado parte de este comportamiento con una mayor focalización territorial de sus intervenciones, particularmente en aquellos sectores donde se concentran homicidios, estructuras dedicadas al tráfico de drogas, circulación de armas y otras dinámicas de violencia.
Una de las herramientas utilizadas han sido las llamadas “megatomas”, intervenciones en las que participan Policía, Secretaría de Seguridad y otras entidades y que incluyen controles a establecimientos, patrullajes, verificación de antecedentes y operaciones construidas a partir de información de inteligencia.
A estas acciones se suman investigaciones de la Fiscalía y la Policía contra estructuras vinculadas con homicidios y sicariato, además de una apuesta por identificar zonas específicas donde se repiten los hechos violentos.
Sin embargo, la coincidencia entre estas intervenciones y la reducción de los homicidios no basta para establecer una relación directa de causa y efecto. La violencia letal también cambia según las disputas entre organizaciones criminales, la disponibilidad de armas de fuego, los mercados ilegales y los episodios de violencia asociados con riñas e intolerancia.
Ciudad Bolívar bajó sus homicidios
Una de las reducciones que resaltaron las autoridades ocurrió en Ciudad Bolívar, una localidad que históricamente ha concentrado una parte importante de los homicidios de Bogotá. Allí, según el balance conocido al cierre de septiembre, los casos disminuyeron 23,5 %.
Parte de las acciones distritales se han concentrado precisamente en ese territorio. Allí funciona el denominado PMU Vida, un mecanismo que cruza información de Policía, Fiscalía, Medicina Legal, Ejército y otras entidades para identificar puntos críticos, horarios y dinámicas relacionadas con la violencia homicida.
El comportamiento, no obstante, está lejos de ser uniforme en toda Bogotá. Según el balance distrital, 12 localidades no registran incrementos en homicidio, mientras que las autoridades mantienen especial seguimiento sobre seis territorios.
Bosa figura entre ellos. Aunque presenta una reducción cercana al 9 %, su condición de frontera con Soacha y la presencia de dinámicas criminales que atraviesan los límites administrativos continúan obligando a las autoridades a concentrar allí parte de sus intervenciones.
Los Mártires, Santa Fe y Rafael Uribe Uribe también se encuentran entre los sectores que siguen bajo observación debido a la persistencia de fenómenos relacionados con violencia y criminalidad.
El sicariato sigue detrás de buena parte de los casos
La reducción del número total tampoco significa que hayan desaparecido los principales motores de la violencia homicida. Según los balances conocidos, el sicariato continúa explicando algo más de la mitad de los homicidios de Bogotá. Otro bloque importante, que oscila entre 32 % y 36 %, corresponde a episodios relacionados con violencia social e intolerancia.
La composición resulta relevante porque obliga a separar dos problemas que requieren respuestas distintas. Los homicidios vinculados con estructuras criminales exigen investigación, inteligencia y persecución de autores materiales y determinadores. Por otro lado, las muertes derivadas de riñas, conflictos personales o episodios de intolerancia responden a dinámicas diferentes y requieren intervenciones preventivas.
En paralelo, Bogotá ha continuado ampliando sus herramientas tecnológicas. El Centro de Comando, Control, Comunicaciones y Cómputo, C4, dispone de cerca de 14.000 cámaras y alrededor de 15.000 radios, además de herramientas vinculadas con la Línea 123 para georreferenciar emergencias y recibir información de los ciudadanos.
Dos años después del salto de 2024
El dato de septiembre resulta especialmente relevante porque el punto de comparación no está demasiado lejos. En septiembre de 2024 fueron asesinadas 129 personas en Bogotá. Doce meses después fueron 84 y ahora son 73. Dicho de otra manera, por cada diez homicidios que registró la ciudad durante aquel septiembre, hoy ocurren aproximadamente seis.
Es una reducción considerable, pero todavía demasiado pronto para convertirla en una victoria definitiva sobre la violencia. Un solo mes puede estar condicionado por múltiples circunstancias y el verdadero alcance de la reducción dependerá del resultado acumulado del año, de lo que ocurra en los territorios donde persisten los homicidios y, sobre todo, de si el descenso consigue mantenerse.
Por ahora, septiembre deja una fotografía poco frecuente en la historia reciente de Bogotá: después de alcanzar 129 homicidios hace apenas dos años, la ciudad cerró el mismo mes de 2026 con 73. La diferencia son 56 vidas en una comparación que, precisamente por su magnitud, merece algo más que celebrar una cifra: obliga a entender qué cambió y si ese cambio puede sostenerse.
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