A medida que se asciende por las colinas del sur de Bogotá, la carretera se hace estrecha. Luego de dejar atrás el ruido invasivo del tonelaje de los carros atrapados en trancones, los gritos de impaciencia y la fricción de las llantas sobre concreto, empiezan a aparecer cultivos, perros echados a borde de carretera y casas levantadas con ladrillo desnudo. Arriba, en la vereda Quiba Alta, de Ciudad Bolívar, el viento pega distinto. De hecho, es el único vestigio de ruido que interrumpe la eterna calma de la vereda. El aire deja atrás el hollín y el polvo de la ciudad autoconstruida y se convierte en un halo neutro y herbal, que deleita a los visitantes. Huele a campo. Cuesta creer que esto siga siendo Bogotá, dicen la mayoría de los visitantes.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Allá, entre calles inclinadas y potreros abiertos, funciona la Biblioteca de la Creatividad, una construcción de madera y ladrillo, que funge como un campamento de deporte, ciencia y arte, en medio de la calma del paisaje. Los niños corren de un salón a otro con libros y cubos Rubik en las manos; en una esquina ensayan pasos de danza campesina, y en otra, dos adolescentes desarman un robot, mientras discuten por qué uno de los sensores dejó de responder. Afuera, sobre una pared blanca, alguien plasmó una frase que resume buena parte de lo que ocurre en este sitio desde hace 16 años: “Soñando también se aprende”.
Todo el compendio de acciones científicas no es aleatorio: se divide en proyectos liderados por los propios estudiantes y siempre llegan a una idea tangible, que cataliza nuevos sueños y motivaciones. El último de ellos, a punto de finiquitarse, desafía la distancia y hasa las propias estrellas para llevar a de los alumnos de la biblioteca hasta la NASA.
Más información sobre Bogotá: El colegio que hace brotar ciencia en una vieja cantera de Ubaté.
La biblioteca en la que nada es inminente
Iván Triana, uno de los fundadores de la biblioteca, recuerda el momento en el que decidió regresar a Ciudad Bolívar. Luego de terminar la universidad, se fue de la localidad, siguiendo el mismo libreto que escuchan miles de jóvenes de la periferia: para progresar hay que irse. Sin embargo, un día se encontró con un amigo de infancia viviendo en la calle, escena que se estampó en su memoria y no le permitió volver a concebir la vida de la misma manera. Luego se cruzó con otros muchachos, que conoció años atrás, cuando prestó servicio militar cerca de Quiba. Algunos habían abandonado el colegio y otros estaban atrapados entre el desempleo y la violencia.
Entonces, aquella escena decadente de su amigo sin techo mutó en una epifanía, con la cual entendió que el problema no empezaba con la falta de dinero, sino mucho antes: cuando se le destruye a un joven su idea de futuro. “Cuando un joven ha crecido en un entorno donde le dicen ‘Usted no puede... ¿Quién le dijo que usted podía estudiar eso o crear un proyecto, si somos de acá. No tenemos plata’. Sin duda, pierde el entusiasmo. Con esto frustran sus sueños”, comenta.
Por eso este espacio nunca quiso parecerse a una biblioteca tradicional y se convirtió en un recinto donde ningún destino es fatal e inevitable. Con magia, robótica, liderazgo, emprendimiento, agricultura, música y talleres, el futuro se construye de manera liberada y alejada de prejuicios. La apuesta siempre fue silenciosa, pero ambiciosa. Allí, antes de enseñarles programación y otras habilidades para sacar adelante grandes ideas, había que convencer a los jóvenes de algo clave: todos los sueños tienen derecho a existir.
El sueño de ir a la Nasa
La biblioteca queda en una montaña que tiene unos metros sobre el nivel del mar más arriba que Monserrate: está 3.200 metros más cerca de las estrellas. La historia que hoy tiene a cuatro adolescentes preparando maletas para viajar a Estados Unidos empezó hace tres años, durante una lectura colectiva de El niño que tocó las estrellas, la autobiografía de José Hernández, el hijo de campesinos mexicanos que terminó convertido en astronauta de la NASA.
Mientras avanzaban por la historia, alguien lanzó una pregunta al aire que todavía resuena entre estos cerros: “¿y por qué nosotros no?”. A partir de ahí empezaron a soñar. No con artefactos complejos, propulsores o cohetes para llegar al espacio. Ellos identificaron en propia la biblioteca una iniciativa digna de mostrarla ante el mundo, por tener más poder que cualquier nave: el poder de impulsar vidas a escenarios que antes creían inalcanzables.
Sobre ello trabajaron y convencieron a la NASA de recibirlos en sus instalaciones. Lo que vino después fue menos romántico y más difícil. Los muchachos comenzaron recogiendo botellas reciclables por las veredas para pagar los pasaportes. Luego vendieron esferos, llaveros, comida y productos hechos por ellos mismos. Aprendieron a tocar puertas, a pedir ayudas, a hablar frente a desconocidos y a sostener conversaciones con empresarios y universidades. Durante meses caminaron con cajas de dulces bajo el brazo, para reunir el dinero para continuar el proyecto. Cada etapa tenía una meta concreta. Primero el pasaporte, después la visa y más adelante los tiquetes y los viáticos.
Nada fue rápido
Cuando las relaciones diplomáticas entre Colombia y Estados Unidos atravesaron uno de sus momentos más tensos, el proyecto estuvo a punto de quedar congelado. Las citas para las visas se aplazaron meses y algunos de los viajeros pensaron que todo se tendría que posponer. Pese a ello, los jóvenes siguieron reuniéndose cada semana en la biblioteca, mientras esperaban noticias de la embajada, para entrenar robots, leer y desarrollar proyectos con la comunidad.
Eso les sirvió para seguir nutriendo las historias que darán a conocer a la comunidad internacional, como la de Jason Garzón, quien llegó a la biblioteca después de perder séptimo. Tenía 12 años y una sensación de fracaso que recuerda con vergüenza. Él, por ejemplo, hoy cursa último grado de colegio, gracias a una promoción anticipada, y trabaja en un emprendimiento de marketing digital apoyado con inteligencia artificial, para impulsar negocios de la vereda.
La de Luz Adriana Cangrejo, que por años creyó que la magia era apenas un truco de cartas y terminó creando un proyecto de danza campesina, para que los niños vuelvan a sentirse orgullosos de decir que crecieron en el campo. También la de Haylin Barreto, que llegó desde Rovira (Tolima) siendo apenas una niña y ahora no solo lidera procesos de robótica con estudiantes más pequeños, sino que sueña con estudiar negocios internacionales e ingeniería de sistemas. Y finalmente Celeste María Figueroa, que pasó de no querer subir a la biblioteca por “pereza” a convertirse en una de las mecánicas del equipo de robótica.
Cuando ellos hablan de la NASA, ninguno menciona cohetes primero, sino que hablan del proceso; de los nervios al vender productos en la calle; de aprender a programar después de horas de frustración frente a una pantalla; del miedo a hablar en público, y del momento mágico en el cual descubrieron que podían resolver problemas por cuenta propia. Entre julio y agosto viajarán al U.S. Space & Rocket Center, en Alabama, y luego a la Universidad de Florida, donde participarán en actividades académicas relacionadas con ciencia, tecnología y sostenibilidad.
Todos representarán a Colombia en competencias de robótica y compartirán espacios con investigadores, que trabajan en proyectos agrícolas vinculados a futuras misiones espaciales. El viaje no está completamente financiado. La biblioteca mantiene activa una campaña para conseguir el dinero que les falta para hospedajes, alimentación y transporte.
La idea es que los cuatro jóvenes y su profesor visiten colegios de Ciudad Bolívar para contar su experiencia frente a estudiantes de su misma edad. No como celebridades improvisadas ni como ejemplos inalcanzables, sino como muchachos que crecieron en las mismas montañas, caminaron las mismas calles de barro y tuvieron dudas parecidas. En Quiba Alta, donde Bogotá deja atrás la urbe para ser campo, la NASA dejó de ser una palabra lejana. Ahora aparece escrita sobre carteles hechos a mano, pegados en salones donde todavía se escuchan niños resolviendo cubos Rubik y robots chocando entre sí sobre una mesa de madera.
Afuera sigue haciendo frío. El viento sigue bajando desde los cerros. Y en medio de todo eso, una biblioteca rural lleva años enseñándoles a cientos de jóvenes que el futuro también puede pronunciarse en primera persona. Quizá lo más importante ocurrirá después del regreso, cuando en medio de la montañosa Bogotá rural estos cuatro jóvenes sean ahora los docentes que les enseñarán a los más jóvenes cómo conquistar estrellas y galaxias, aun a miles de años luz de sus telescópicas aspiraciones.
Continúe leyendo: Un hervido nariñense en Bogotá: cómo una familia volvió comunidad un rincón del Parkway.
Para conocer más noticias de la capital y Cundinamarca, visite la sección Bogotá de El Espectador.