Un video de apenas 48 segundos fue suficiente para que la nueva directora del ICBF, María Carolina Restrepo, se viera envuelta en una polémica a menos de un mes de asumir el cargo. El clip muestra el momento en que Restrepo, con tono de rechazo e indignación, cuestiona varios dibujos y frases plasmadas en un mural ubicado cerca del despacho de la sede central de la entidad, en Bogotá.
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“Cómo usan a los niños. Esto es absolutamente abusivo. Un niño qué va a saber, dizque de resistencia chiquita. ¡Qué es eso! ¿Cómo pueden usarlos? Miserables. Cuando lo que tienen es que jugar», se escucha reclamar a Restrepo, mientras una persona con un teléfono hace zoom a la frase «Aquí estuvo recistencia (sic) chiquita" y señala una gráfica en particular.
La controversia generó cuestionamientos inmediatos, empezando por los de la exdirectora del instituto Astrid Cáceres, quien a través de sus redes sociales explicó que la frase alude a un colectivo de niñas en Bogotá, que buscaba prevenir las violencias contra la infancia a través del arte. Según la exfuncionaria, en 2023 las integrantes de la agrupación visitaron la sede en el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer y la Niña.
En diálogo con este diario, Cáceres detalló que durante esa jornada no solo se reconoció la incidencia social del grupo, sino que las niñas participaron en una muestra cultural. “Ese fue el mensaje que ellas quisieron dejar en un muro con tiza. Formaba parte de un espacio en el que también había una biblioteca y material de juego para las niñas y niños que llegaban o para los hijos de los funcionarios”.
Al ser indagada por el símbolo al que se hace énfasis en el video —que para algunos sectores evoca la hoz y el martillo vinculados al comunismo—, la exdirectora respondió que se trata de un “garabato”. “Nunca vi ese escenario. Depende mucho de lo que uno quiera ver, pero detrás de esto hay una satanización de las palabras lucha o resistencia para ligarlas con una ideología”, sentenció Cáceres.
La historia de Resistencia Chiquita
Al otro lado de la línea, Antonia, hoy de 16 años, atiende la llamada junto a su madre, Ana Estibaliz. La joven es la fundadora del colectivo social Resistencia Chiquita, cuya labor tuvo incidencia en zona rural, en la localidad de Santa Fe.
Antes de conocer su historia, Antonia recuerda que hace tres años, junto a sus compañeras, la invitaron al ICBF para presentar la obra Niña Salvaje, ganadora en 2023 del Programa Distrital de Estímulos de la Secretaría de Cultura. Ese día recorrieron las instalaciones e intervinieron el muro que hoy causa discordia. “La más chiquita del grupo fue quien lo escribió sin segunda intención. Es muy irónico que ahora nos digan que es una instrumentalización política”. Por eso, dice sentirse indignada y molesta.
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“Fueron palabras ofensivas y despectivas. Me sorprendió que ni siquiera buscara en Google qué quería decir esa frase. Y más increíble que ella, como directora, no tenga conocimiento previo de las experiencias que se tuvieron dentro de la institución”, reclama. Un episodio que también puede leerse como otro costo ante el accidentado proceso de empalme entre la administración saliente y la entrante.
La historia de Resistencia Chiquita se remonta a 2016, cuando a Antonia le faltaban 20 días para cumplir 7 años. Lo recuerda con tanta claridad, porque ese fue el punto de quiebre para su activismo en la defensa de los derechos de las niñas a una vida libre de violencias: en las noticias se estaba hablando del feminicidio de la pequeña Yuliana Andrea Samboní. Con inocencia, le preguntó a su mamá si eso mismo le iba a pasar cuando cumpliera 7 años y Ana respondió con una mezcla de dolor y sinceridad que eso podía pasar en cualquier momento de la vida, solo por el hecho de ser mujer.
“Ahí decidí que no me iba a quedar quieta ni callada y que, si alguien debía defender los derechos de las niñas, teníamos que ser las mismas niñas”, rememora. Con el ejemplo de su madre —activista, feminista y gestora cultural—, empezó a asistir a plantones. Allí conoció a Isabella (hija de una de las amigas de su mamá) y juntas crearon el colectivo. Entre marchas y arengas se bautizaron Resistencia Chiquita, “porque los cuerpos pequeños que habitamos son capaces de contener la inmensidad de nuestra lucha”, explica.
Con los cambios y la llegada a una vereda en zona rural de la localidad de Santa Fe, fue la oportunidad para Antonia e Isabella de reconocer e incidir en la prevención de las violencias contra las niñas, combinando el arte y el activismo, para mostrarles un futuro diferente, ante problemáticas recurrentes como embarazo adolescente o matrimonios infantiles. “Queríamos reflexionar sobre qué y cómo identificar las violencias de género”, sostiene.
Sin embargo, en 2024, tuvo que hacer una pausa obligatoria de su colectivo. La labor de su mamá empezó a incomodar y tuvieron que salir juntas de su hogar, producto de amenazas. El momento más crítico ocurrió el 24 de julio de ese año, cuando al regresar a su vivienda hallaron a dos de sus mascotas muertas de manera violenta.
Aunque Ana interpuso la denuncia ante la Fiscalía, señala que no recibieron esquemas de protección con el argumento de que el predio carecía de nomenclatura formal y no había un sospechoso individualizado. “Nos tocó irnos prácticamente con lo que llevábamos puesto”.
Aun así, no cesaron los hostigamientos. Cuenta que en el lugar donde se estaba hospedando, lejos de su hija, hombres armados dispararon contra el inmueble. Por fortuna, nadie salió herido. “Para algunas personas no era muy conveniente que se generaran cambios estructurales. Allá hay personas muy mayores metiéndose con niñas de 13 años. Entonces, que la directora del ICBF cuestione el mural es también una forma de revictimizar a las niñas que nos vieron y se atrevieron a hablar”, indicó Ana.
Hasta finales del año pasado, contaron con un apoyo temporal de la Secretaría de Gobierno para su reubicación, pero no tienen esquema de protección y la denuncia en Fiscalía parece no avanzar.
La niñez y el activismo
La controversia, que no esquivó el tinte político, reabrió el debate sobre la participación de la infancia en causas sociales. Desde la organización humanitaria Save The Children enfatizan que “el activismo no tiene edad” y que cualquier niña o niño que alza su voz por sus derechos ejercita una ciudadanía activa.
Este principio está amparado por la Convención sobre los Derechos del Niño, que reconoce su libertad de expresión, de celebrar reuniones pacíficas y de ser escuchados ante las decisiones que los afectan. Figuras internacionales como Malala Yousafzai y Greta Thunberg, o locales como el activista ambiental Francisco Vera, son referente de este ejercicio a temprana edad.
De hecho, Vera, conocido por su defensa del medioambiente y exiliado por amenazas, rechazó las declaraciones de la directora María Carolina Restrepo y cuestionó que este no ha sido el único gobierno donde se desestima la voz activista de la niñez. “Quienes han dirigido la institución más importante en la protección de la infancia en el país, han tenido un profundo sesgo adultocéntrico que no nos reconoce como ciudadanos y que, al contrario, minimiza nuestra agencia diciendo que estamos instrumentalizados por alguien mayor”.
En la misma línea, Antonia defiende su autonomía: “Nosotros tenemos algo que a veces les falta a los adultos: empatía. Escuchamos y nos damos cuenta de lo que pasa. Al final, somos quienes vamos a habitar esta sociedad”. “Es mucho más lo que he aprendido de ella que lo que he tenido que enseñar. La mejor decisión que he tomado es permitirle ser y acompañarla”, defiende Ana, su mamá.
Acompañarla, sobre todo, si ese activismo tampoco ha sido fácil. Hoy, siendo estudiante de grado décimo, Antonia recuerda que por sus ideas fue objeto de matoneo en su colegio. “Muchas veces uno se pregunta para qué sigue haciendo eso. Pero al final del día es por qué lo hacemos, que también vuelve y le da ganas a uno de seguir luchando”. Esa resiliencia, agrega, le ha permitido que ahora “no oculte lo que pienso y no negocie mis posturas políticas aunque me haya costado algunas amistades”.
De las palabras y símbolos del mural cerca al despacho de la nueva directora del ICBF, parece no quedar rastro alguno. Pero sí un vestigio de polémicas y cuestionamientos que, al final del día, obligaron nuevamente a Restrepo a pronunciarse. Lo hizo, defendiendo que una “niña de 6 años no constituye, organiza, estructura y sostiene autónomamente durante años un colectivo. Ahí, necesariamente, intervienen adultos”.
Resistencia Chiquita está en pausa hace dos años luego de haber logrado romper algunos estereotipos dentro de la comunidad. Antonia tiene la intención de retomarlo, aún más luego de esta coyuntura. Por ahora, pasa sus días entre el colegio y semilleros, como aprender sobre atención a víctimas de violencia sexual. “Ya no quiero tener una doble vida. Quiero defender lo que creo”, enfatiza.
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Mientras el ICBF entra en una nueva etapa de dirección —Restrepo es abogada, con estudios en derecho tributario y en 2022 intentó llegar al Senado por el movimiento cristiano Salvación Nacional—, colectivos como Resistencia Chiquita reafirman que la participación de la infancia no depende del aval institucional ni de la coyuntura política de turno, sino de una imperiosa necesidad de hacer oír su voz frente a las violencias de género que las afectan desde temprana edad. Sobre todo, si en el último cuatrienio, el informe de empalme reportó una alarmante escalada de casos por violencia sexual a menores, con un total de 4.381 acompañamientos.
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