Antes de que el bullicio del centro de Bogotá vuelva a tragarse las conversaciones de junio y las banderas multicolores se replieguen hasta el próximo año, hay una casa donde el orgullo dura más de un mes. Allí permanecen suspendidos en las paredes óleos, fotografías, recortes de prensa, objetos cotidianos e historias que nadie quiere archivar.
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Mientras el calendario marca el Día Internacional del Orgullo, el Museo LGBTI de Colombia recuerda que la memoria también necesita un techo, porque aquello que un país decide conservar habla tanto de su pasado como de aquello que se queda en el olvido. “El museo es un espacio cultural, pedagógico y de resistencia, dedicado a preservar la memoria histórica de la comunidad diversa”, resumió su director, Rubén Darío Gómez.
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Disrupción del espacio y la memoria
El recorrido comienza mucho antes de la primera obra. Apenas se cruza la puerta, la ciudad parece quedarse al otro lado del umbral. La luz se hace más tenue, los pasillos invitan a caminar despacio y las salas comienzan a revelar una historia que rara vez aparece en los libros de texto. No existe una única narrativa, y todo parece bifurcarse en fragmentos de vidas que, reunidos, terminan por construir una memoria colectiva.
Lo primero a la vista es un libro con pasta roja con la página 230 intencionalmente abierta. Detrás de una vitrina transparente funge como el objeto referente para abrir el recorrido. Se trata de la primera derogación del “delito” de la homosexualidad en 1980. “Fue la primera vez que ser diverso no infringía la ley. Fue un gran primer avance”, mencionó Gómez.
Escaleras más adelante, el museo se convierte en un laberinto de exposiciones en donde el multicolor de la bandera se expande y toca con su luz los demás pabellones. Una sala recuerda a las mujeres lesbianas, otra reconstruye la experiencia de los hombres gais y una más recoge las luchas de las personas trans. Más adelante aparecen los antiguos bares de los años setenta, ochenta y noventa, aquellos refugios donde la libertad apenas cabía entre las sombras de la noche. Luego llegan las obras que hablan del conflicto armado, de la polarización política y de las violencias, que también atravesaron a quienes fueron perseguidos por amar de una manera distinta.
Una historia que encontró refugio
El museo abrió sus puertas en 2018, cuando el mundo conmemoraba los 50 años de los disturbios de Stonewall, el episodio ocurrido en Nueva York que cambió para siempre la lucha por los derechos de las personas LGBTI. Sin embargo, su origen no responde únicamente a esa efeméride. Nació de una pregunta mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más incómoda: ¿qué ocurre con las historias que nunca llegan a los archivos oficiales?
Su director resume esa misión en una idea que atraviesa cada rincón del lugar: “El objetivo principal es rescatar la memoria histórica, visibilizar los relatos y las luchas de una comunidad que ha sido históricamente marginada”. Por eso, además de las exposiciones permanentes, el museo lleva sus colecciones a colegios, universidades, parques e instituciones públicas, convencido de que la memoria pierde sentido cuando permanece encerrada entre cuatro paredes. Quizás el mayor valor de este lugar consiste en recordar que el orgullo también puede expresarse en silencio. No únicamente en las marchas que cada junio llenan las calles de colores, sino en la posibilidad de detenerse frente a una pintura, una fotografía o un documento.
El museo tampoco esquiva las contradicciones del presente. En una de las exhibiciones se aborda la polarización que atraviesa al país y muestra que las diferencias políticas fracturan a la propia población diversa, quienes suelen quedar en el medio de las grandes disputas políticas. Otra exposición, casi al lado, recuerda que fuera de las grandes ciudades muchas personas continúan viviendo con miedo, una realidad que obliga a entender que los avances legales aún conviven con profundas desigualdades sociales.
Al final del recorrido, cuando el visitante vuelve a encontrarse con el ruido de la ciudad y millones de almas distintas deambulando por sus calles, permanece una idea que Gómez repite casi como un deseo: “La tolerancia quiere decir que podemos respetar que otra persona piense y sienta diferente”.
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