19 Dec 2009 - 10:00 p. m.

El fantasma de las navidades pasadas

Algunos de los vendedores ambulantes del sector aseguran que la decoración de fin de año de este emblemático lugar bajó su calidad para evitar que grandes cantidades de gente lleguen a este punto para disfrutar del alumbrado.

Santiago La Rotta

Hace un año, cuando el reloj daba las 7:00 p.m., Maryluz había vendido 50 pinchos de carne y otras tantas mazorcas en el puesto ambulante que suele ubicar en una de las esquinas del Parque de la 93 cada diciembre desde hace casi una década. Su familia (mamá, hermano y cuñado) hacían lo propio en otros puntos cercanos al parque, uno de los epicentros bogotanos de la actividad navideña, una época llena de caminantes hambrientos y compradores.

Hoy, el panorama, al menos para Maryluz, es drásticamente diferente. Hay menos caminantes, o tal vez no: lo que sí hay menos son compradores. Cuando son las 7:00 p.m., luego de llevar tres horas de trabajo, ha vendido cinco pinchos y seis mazorcas. Su jornada, que en un buen día podría terminar a medianoche, ahora se alarga hasta las tres o cuatro de la madrugada, hora en la que los borrachos salvan el día con sus chistes flojos y su apetito voraz.

La escena, con números ligeramente diferentes, se repite en los puestos de su familia y de un par más de vendedores anónimos que dicen, con la resignación que otorga el recuerdo de mejores tiempos, que la “cosa está dura pa trabajar”, como reza la canción. Cada uno, por separado, da la misma versión de los hechos: “La decoración del parque está floja y la gente ya no viene tanto”.

Hace varios años, cuando la Navidad comenzó a ser la manía colectiva de luces y decoración rococó de hoy, ésta preferiblemente en tonos verdes y rojos, el parque portaba orgulloso un árbol de gran altura y un ejército de figuras que adornaban todas las esquinas del lugar. El espectáculo atraía a una gran cantidad de gente que, sin importar si el viaje tomaba un par de horas en el siempre organizado transporte público, llegaban al lugar para regocijarse con el espíritu navideño.

Este año, según los vendedores ambulantes, la decisión de no instalar un alumbrado vistoso, que atrajera a las masas, vino de los comerciantes del sector, dueños de algunos de los restaurantes, discotecas y bares más costosos y visitados de Bogotá. La ecuación, de acuerdo con los primeros, es simple: luces=gente (hordas, no clientes) entonces no luces=no gente. En donde en otros años hubo una pista de patinaje, además del clásico árbol de gran tamaño, hay, esta Navidad, una pequeña casa iluminada, no más de un puñado de pinos con alumbrado y una familia de osos polares con luz estroboscópica (aquella que advierten puede inducir un ataque de convulsiones en ciertas personas) en una esquina de un local privado.

Sin embargo, Roso Aguilar, quien vive en Bosa, emprendió el peregrinaje para que su pequeña hija viera la decoración de fin de año en los templos del watt del norte de la ciudad. También lo hizo aquella madre de dos niños, que no dio su nombre por la prevención colombiana de no revelarle nada vital a otro compatriota, quien todos los años hace la ruta por el Parque de la 93, el Nacional, el Virrey y otros más, todos lejos de su casa en el sur de la capital. Ninguno de los dos vuelve en todo el año al parque, con excepción de cuestiones que involucran trabajo.

Mientras la Navidad se vive con furor en casi toda la ciudad (la carrera 15 inundada de luces, los parques Virrey y Nacional a reventar de familias en plan de contemplación), la 93, en palabras de varios de los transeúntes que pasaban en frente del bosque navideño instalado en la mitad del lugar, era un sitio oscuro, flojo, aburrido.

Al final de la noche, claro está, no había el olor de la mazorca asada o del carbón recién apagado. No estaban los kilos de basura en el suelo. Tampoco los niños que jugaban por entre el mar de luces o las ancianas que no recordaban una Navidad igual en Bogotá.

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