
Mientras sus compañeros de hogar trajinan con platos de plástico para almorzar, Mario Acevedo mira a lo lejos y le dedica un instante a la nostalgia. La vejez le cambió el domicilio varias veces. Nacido en Medellín, llegó a Cundinamarca en 1989 detrás de un amor. Diez años después se marchó con su compañera a Armenia, donde el terremoto de 1999 se la arrebató. Regresó a Bogotá, trabajó como carpintero y vigilante, hasta que un accidente, hace cuatro años, afectó su movilidad. Al salir del hospital no tenía esposa ni familia que lo recibieran. “Prácticamente me dijeron que era un encarte, porque ¿quién me recibía?, ¿qué familia tenía?”, recuerda hoy, a sus 76 años.
Sus amigos reunieron dinero para un alojamiento provisional. Después pasó por una fundación en dificultades, hasta que llegó a Bello Horizonte, una comunidad de cuidado de larga estancia de Integración Social, ubicada al filo de las montañas de San Cristóbal. “Yo he recibido una atención excelente”, dice. Su historia deja una pregunta que pronto atravesará muchos hogares bogotanos: ¿quién se encargará de aquellos que, después de una larga vida, necesiten la asistencia que sus familias no les pueden ofrecer? Y una más: ¿cómo se está preparando la ciudad para hacerlo?
Las preguntas valen si se tiene en cuenta que la ciudad que debe atender a Mario está cambiando de edad. Una revisión de El Espectador a las proyecciones oficiales de la Secretaría de Planeación, contrastadas con bases demográficas por localidad, revela que Bogotá pasará de tener 170.030 habitantes con más 80 años en 2026 a 252.588 en 2035, es decir, 82.558 más (48,6 %).
Y la cifra, con los años, seguirá creciendo, si contamos que en la próxima década la población de 60 años o más también crecerá 24,9 %. Todo esto llevará a un vuelco en la proporción intergeneracional: mientras hoy se cuentan 91 mayores de 60 por cada 100 menores de 15 años, en 2035 serán 143 por cada 100. Es decir, Bogotá tendrá más ancianos que niños, lo que obliga a ampliar la pregunta: ¿cómo debe cambiar la ciudad?

Cuidar y acompañar
Existen casos afortunados de mayores que terminan sus días rodeados y cuidados por sus familias. Pero hay otros que no cuentan con esa suerte. Para ellos, actualmente la Secretaría de Integración Social dispone de 1.945 cupos en Comunidades de Cuidado (hogares geriátricos o ancianatos); 100 en servicios sociosanitarios transitorios (donde los cuidan en el día, sin posibilidad de pernoctar), y 600 en el programa “Centro Día a Tu Casa”. Sin embargo, hoy la demanda desborda la capacidad institucional: hay 742 personas (278 con dependencia severa) sin cupo y priorizadas en lista de espera. En proporción, por cada 100 cupos hay 37 personas en lista de espera.
Quienes se benefician reconocen el valor de la atención. José Ignacio Castañeda, de 66 años, por ejemplo, conoce otra cara de la vejez. Cada jueves acude al Centro Día Montaña del Saber, en San Cristóbal, donde la prioridad es preservar la autonomía y los vínculos. Él participa en talleres y conversa. “Estar físicamente en contacto es muy importante”, dice. Por su parte, María Teofilde Corredor, aficionada al deporte, encuentra allí compañía: “Acá uno se siente en familia, en casa”. Algo que valora, a la luz de uno de sus temores de envejecer: “La soledad”.
Sin embargo, no basta con ofrecer actividades. Jean Andrés Icart, responsable de Montaña del Saber, reconoce que la atención institucional no siempre llega a las partes altas de San Cristóbal, donde a veces la distancia entre una persona y el cuidado se mide en cuestas y viajes, lo que evidencia un vacío que se da mucho antes de poder acceder a un servicio de atención.
Según Robinson Cuadros, geriatra y experto en longevidad, “la cadena se rompe cuando seguimos atendiendo por separado las enfermedades, las necesidades sociales y la dependencia funcional. Una sola persona puede requerir tratamiento, rehabilitación y compañía, pero eso no se mide integralmente en las atenciones”.

Envejecer en muchas Bogotás
El panorama plantea retos a futuro, en especial en una ciudad donde la geografía de la vejez no será uniforme. Las proyecciones muestran, por ejemplo, que Suba pasará de 32.637 habitantes con más de 80 años a 53.087 en 2035 (62 %); Kennedy, de 20.363 a 32.549 (59,8%); Bosa, de 9.179 a 15.857 (72,8%) y Usme, de 4.987 a 8.607 (72,6 %). En el resto de la ciudad, unas localidades tendrán más personas mayores y otras envejecerán con rapidez. “Bogotá son muchas ciudades en una”, resume Juan Manuel Anaya, investigador de la Universidad de la Costa, quien pide políticas adaptadas a cada territorio.
Esto es algo indispensable, pues los adultos mayores que conservan autonomía saben que salir de casa puede ser una prueba diaria. Un andén interrumpido o la dificultad de abordar un bus encogen el radio de vida de una persona. María Margarita López, historiadora y profesora de las universidades Sergio Arboleda y El Bosque, habla de una “selva de agresividad de concreto”, donde conseguir una silla o hacer una fila puede convertirse en otra barrera.
Transmilenio informó que todos sus buses troncales y alimentadores tienen al menos un mecanismo de accesibilidad, frente al 58 % de los buses zonales. La categoría incluye desde rampas hasta sillas preferenciales o información sonora. No obstante, eso no garantiza desplazamientos sin barreras, pues no todo está al 100 %. Por ejemplo, dos de sus 19 ascensores estaban fuera de servicio al responder el cuestionario.

El IDU, por su parte, reportó que desde junio de 2024 hasta agosto de 2026 ha construido y puesto a disposición 418.421 metros cuadrados de espacio público bajo normas de accesibilidad, así como 933.116 metros cuadrados intervenidos mediante conservación. No informó qué proporción de toda la red de andenes cumple esos estándares. La Secretaría de Hábitat dice que entre 2022 y 2026 ha mejorado 1.778 viviendas de hogares con personas mayores, pero desconoce cuántos habitan casas con barreras físicas. Una rampa aislada no resuelve un recorrido interrumpido. Finalmente, el sector salud reportó la atención a 37.900 personas y 131.000 atenciones del Sistema Sociosanitario, sin detallar las edades de sus beneficiarios. En el San Juan de Dios, el Distrito proyecta un centro de innovación sobre envejecimiento y, si bien Anaya reconoce los avances, advierte que “la longevidad saludable no puede ser una propaganda”.
Los años que vienen
Lo paradójico en este panorama es que, mientras la cantidad de adultos mayores crece en la ciudad, el presupuesto programado de la Subdirección para la Vejez viene disminuyendo: pasó de COL 246.900 millones en 2024 a COL 184.406 millones para 2026, una caída del 25,3 %. En este punto, aunque se desconoce si la reducción afectó los servicios o simplemente cambiaron competencias o rubros de financiación, la situación reitera una pregunta ¿cómo ampliar la atención mientras crece la población mayor?
A la incertidumbre se suma la situación de ingresos en los hogares. “Hay muchas hijas que me dicen: ‘Doctor, o cuido a mi papá o salgo a trabajar’”, relata Cuadros. Este dilema lo enfrentan muchas familias, en especial aquellas donde los adultos llegaron a la vejez, como el caso de José Ignacio, sin haber asegurado una pensión.

De momento, la nueva Política Pública de Envejecimiento y Vejez sigue en elaboración. Planeación informó de 149 actividades de participación y 73 hallazgos identificados. Espera adoptar el instrumento a mediados de 2027. Entre sus indicadores previstos figuran el riesgo de abandono y la carga de cuidado. Falta convertirlos en decisiones sobre cupos, vivienda, movilidad, recursos y atención.
En Bello Horizonte, Jorge Cala, de 69 años, prefiere ocuparse de las plantas antes que mirar televisión: “Me voy a arreglar las maticas, a echarles tierra”. El almuerzo se aquieta y algunos residentes se alistan para salir en una ruta a citas médicas y cambiar la cotidianidad del lugar por postales de una urbe que parece no estar lista para ellos.
En un carro cercano suena una canción, a ritmo de salsa, que parece una epifanía para este desafío: “(…) Cuando el tiempo con su manto blanco, nos pinte el cabello y se acabe lo bello / Y los años, que no admiten engaños / Nos dejen sin piel…”. La ruta se aleja poco a poco de las montañas de San Cristóbal y a su paso asoma una pregunta final: ¿será capaz la ciudad de garantizar una vida digna para quienes demandarán a futuro compañía, autonomía y servicios para pasar sus últimos días? Se espera que la política en construcción lo haga posible.
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