Bogotá

19 Sep 2009 - 9:58 p. m.

El mantel de la memoria

La historia de un mantel sobre el cual almorzaron y cenaron durante 50 años reconocidas figuras intelectuales y políticas que dejaron para siempre su firma en él. Un ilustre documento histórico.

Santiago La Rotta

El primer nombre que quedó estampado en el mantel fue el de Pablo Neruda, que en 1946, y sin saberlo hasta un tiempo después, daría inicio a una larga seguidilla de firmas que quedaron impresas en aquel pedazo de tela sobre el que comieron los Carranza y sus amigos durante medio siglo.

Luego vino el de Delia Carril, esposa del poeta chileno, quien firmó con el nombre con el que la conocían sus amigos: “Hormiga”. Era 1946 y Rosita Coronado de Carranza, esposa del poeta Eduardo Carranza, decidió estrenar su blanco mantel en el bautizo de su hijo, Juan, con un valor agregado: en él quedarían, del puño y letra de cada uno, los nombres de sus comensales, que más que intelectuales y políticos de renombre eran los amigos entrañables de una familia que vivió en Chile, España y Colombia; más que una colección de autógrafos, el mantel es un álbum de recuerdos.

El método era sencillo: primero, la firma original en carboncillo. Y luego, cuando los invitados se habían ido, doña Rosita bordaba en hilos de diferentes colores el nombre para que jamás se borrara.

Juan Carranza, guardián actual de la pieza, se acuerda de una tarde cualquiera en la que todos los invitados (en su mayoría poetas españoles) callaron para oír a Agustín Lara entonar en vivo “María Bonita”. “Nunca olvidaré a aquel personaje chiquito, de color amarillento y con la cara acuchillada que hizo el silencio con una guitarra y su voz; lo único fue que él no firmó el mantel”.

Al volver a Colombia, y radicarse en Bogotá, el lienzo personal de doña Rosita, en el que trazaba la historia de sus almuerzos y sus amigos, fue expandiéndose poco a poco. El poeta Aurelio Arturo o el dirigente Álvaro Gómez compartían, en el sentido más literal de la expresión, manteles con el premio Nobel de Literatura Vicente Aleixandre o el diplomático Alfonso Bonilla Aragón; el del aeropuerto, aclara entre risas Juan Carranza.

“El mantel ya no lo uso porque ni sé bordar ni tengo amigos importantes: esa gente ya se acabó”, recuerda el menor de los hermanos Carranza, hijos del poeta de Piedra y Cielo, quien con su relato amable cuenta cómo luego de la muerte de su madre hubo que hacer una rifa entre los hermanos para ver quién se quedaba con el mantel, una posesión preciada que contenía una buena parte de la historia familiar, así como de la sensibilidad que, según el hijo, siempre caracterizó a su madre. “La rifa la hicimos en la casa de María Mercedes por iniciativa de una amiga y, por fortuna, me lo gané yo”.

El pasado de los Carranza está atravesado por el talento culinario de su madre, que no sólo cocinaba muy bien, sino que cuatro años antes de su muerte editó un libro de cocina que fue reimpreso una y otra vez. Los almuerzos y cenas, con el mantel de fondo, se convirtieron en algunos de los recuerdos más entrañables de aquellos niños que de pequeños solían pasar sus tardes de vacaciones deambulando por el estudio de Salvador Dalí, en su casa de Portlligat, España.

En 1968, los Carranza, aprovechando la visita de Neruda para la inauguración del primer Festival Iberoamericano de Teatro de Manizales, ofrecieron un almuerzo en su honor. Mientras todo terminaba de prepararse, don Eduardo le dijo a su hijo, Juan, que fuera hasta el Hotel Tequendama para recoger al poeta. “Llegué puntual al Tequendama. Salimos a caminar y durante todo el trayecto Neruda elaboró una conversación exclusivamente en verso, desde la calle 26 hasta la 73; fue la media hora de mi vida en que más cerca he estado de la genialidad”, cuenta Juan Carranza. Y añade: “Cuando llegamos me dijo: ‘Mira, este torso tallado me lo dio la semana pasada Indira Gandhi en Nueva Delhi. Te lo regalo, eres al único al que le he traído algo’ ”.

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