El inicio de la operación comercial de la primera línea del metro de Bogotá está proyectado para el 15 de marzo de 2028. Ese día todos podrán viajar en el esperado sistema de transporte. Pero hay una pregunta silenciosa que ronda la fase final del proyecto: ¿la operación garantizará el acceso universal de la ciudadanía? ¿Se contemplarán las particularidades de múltiples discapacidades, aun cuando estas no sean evidentes? En teoría todos los sistemas de transporte deben garantizar el acceso universal, pero en la práctica es otra cosa.
Al tomar Transmilenio (TM) como referencia, el actual sistema de transporte masivo de la ciudad, la experiencia de usuario para la población con discapacidad suele tener profundos claroscuros: hay señalética, módulos en braille, sillas preferenciales y accesos especiales, pero esta infraestructura suele verse sobrepasada por las particularidades y la cotidianidad de un sistema marcado por la congestión. Por eso, es clave ver cómo se moviliza esta parte de la población, qué retos sortea a diario y qué se debe hacer para garantizar que el proyecto más grande de la ciudad realmente garantice un tránsito libre y digno.
Metro 20
Para anticiparse, Bogotá Cómo Vamos viene realizando un ejercicio de escucha y análisis de 20 temáticas clave, a través de mesas de trabajo. En ellas, la ciudadanía y expertos identifican vacíos técnicos, urbanísticos y sociales, para consolidar recomendaciones y una hoja de ruta con respaldo técnico. “El diálogo abarca desde infraestructura física hasta cultura ciudadana. Más que diagnósticos, buscamos la apropiación comunitaria,”, explica Felipe Mariño, director de Bogotá Cómo Vamos. En esa línea, el quinto encuentro se centró en la accesibilidad universal para analizar las barreras físicas, operativas y actitudinales que deben resolverse para garantizar viajes seguros y dignos.
“Me acostumbré a no usar transporte público”
Desde que Yadira Moyano, de 45 años, sufrió un accidente cerebrovascular, usar el transporte público ha resultado en experiencias que no quisiera repetir. “Del ACV me quedaron varias secuelas de movilidad y percepción. Ir parada entre la montonera de un Transmilenio o un SITP es complejo. Soportar ciertos niveles de ruido también. Y como mi apariencia no está en el imaginario de una persona “enferma”, no me ceden el puesto. Incluso estando embarazada era una lucha”, cuenta.
En consecuencia, evita usar el transporte público y, cuando lo hace, va acompañada. Tomar taxi o vehículos de aplicación tampoco es una opción: “la economía no está para eso”. Para no perder la autonomía, decidió limitar sus desplazamientos a Barrios Unidos, la localidad donde habita. “Mientras las alternativas de acceso sigan en una zona gris y la cultura ciudadana no dé un paso hacia la empatía, mucha gente como yo simplemente no va a poder movilizarse”, puntualiza.
Paula Suavita, quien también asistió al evento, hace énfasis en las discapacidades invisibles. Su diagnóstico de esclerosis múltiple le genera dolor y fatiga crónica. “No luzco como una persona que necesita una silla. Me pueden ver ‘normal’ pero puedo tener un dolor fuerte o estar exhausta. Por lo general, las personas no ceden las sillas si no vas con muletas, tienes cierta edad o es evidente que la necesitas”. En este punto vuelve el tema de la cultura ciudadana, la apropiación del sistema y el cuidado del otro.
Para avanzar en ello, desde hace meses la estrategia distrital ‘Bogotá modo metro’ hace énfasis en este componente mediante capacitaciones y estrategias en TM. Sin embargo, las cifras muestran la complejidad del panorama: pese a las acciones para contener la evasión, en el primer semestre de 2026 el índice de colados alcanzó el 17,9 %, cuatro puntos más que el 13,9 % del mismo periodo en 2025. Comparendos, guardias enfrentándose a usuarios y torniquetes de piso a techo son medidas que, buscando reducir los indicadores, han tensado aún más la convivencia.
Barreras más allá del diseño
Pero no todo recae en el comportamiento de los usuarios. La tecnología y la infraestructura son fundamentales. Si bien la Empresa Metro y el concesionario de la Línea 1 tienen la obligación de cumplir estándares internacionales como la instalación de ascensores, rampas y baldosas podotáctiles, escuchar las fallas de los usuarios resulta clave. Miguel es usuario frecuente de Transmilenio y SITP. Ser sordo no le impide desplazarse con suficiencia. Sin embargo, advierte que su caso no es el de toda la comunidad.
Destaca una brecha en el acceso a la información: mientras las personas sordas con acceso a educación pueden desenvolverse en entornos lectoescritos, quienes no tuvieron ese acceso enfrentan barreras severas si no hay contenidos en Lengua de Señas Colombiana (LSC), los cuales hoy brillan por su ausencia.
Diana Sandoval, asesora de la Secretaría de Movilidad, señala que el sistema ha fortalecido la señalética y cuenta con anfitriones e intérpretes en estaciones y portales. Sin embargo, para un usuario frecuente como Miguel, los vacíos en el día a día son evidentes. En materia de operación y seguridad, su testimonio refleja un factor de riesgo alto: ante un incidente, la falta de comunicación genera una indefensión total. Miguel denuncia que, en el caso de una persona sorda, al no poder explicarse con otros usuarios ni con las autoridades la brecha salta a la vista, pues ni el personal del sistema ni la Policía suelen estar capacitados para atenderlos.
Frente a este escenario, Miguel propone la capacitación obligatoria en LSC para operarios, guías y agentes de Policía. Esta preparación en campo, combinada con avisos visuales adaptados e inspirada en experiencias como la del Metro de Medellín, en donde encontró intérpretes y pantallas con lenguaje de señas, resulta indispensable. Por eso, la discusión sobre accesibilidad es solo una pieza del rompecabezas.
Con 15 encuentros aún por delante, el ejercicio de Metro 20 tiene la tarea de poner la lupa sobre los desafíos técnicos, urbanísticos y sociales que siguen pendientes antes de marzo de 2028. Escuchar a tiempo la voz de usuarios como Yadira, Paula y Miguel es la única garantía para que las recomendaciones que se entreguen al Distrito se traduzcan en soluciones. Como bien señala Mariño, “el plan es empezar a hablar de 20 cosas importantes antes del primer viaje comercial; lo que podamos llevar de aprendizajes desde acá ya es lo que queremos lograr”. Al final, la verdadera prueba del sistema será asegurar que, desde el primer día, nadie se quede abajo.
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