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Un día en El Redentor: lo que ocurre tras las rejas del Sistema Penal Adolescente en Bogotá

La participación de adolescentes en delitos violentos y su captura nos lleva a El Redentor, el centro donde muchos intentan reconstruir sus vidas. ¿Lo logran?

Ana Rodríguez Novoa

05 de mayo de 2026 - 03:20 p. m.
En el Redentor se encuentran jóvenes de toda Colombia y cada seis meses se monitorea el proceso.
Foto: Jonathan Bejarano
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El Centro de Atención Especializada El Redentor es un lugar lleno de historias crudas, que parecen protagonizadas por curtidos delincuentes. Pero no... son jóvenes, a los que les fallamos como sociedad. Ellos pasan allí sus días, porque siendo menores cometieron graves delitos como homicidios, secuestros, extorsiones, hurtos... Algunos son mayores de 18, pero siguen allí, porque la ley les garantiza terminar su proceso en el Sistema de Responsabilidad Penal Adolescente.

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El ingreso al centro es regulado. Afuera muchos tienen enemigos y adentro, muchas veces, esos conflictos los persiguen. Por eso, el centro funciona con extremas medidas de seguridad, que combinan con acompañamiento y pedagogía. “Aquí la mayor sanción es la pérdida de la libertad. Privación real, pero sin renunciar al trato digno ni a la reconstrucción. Ese es el corazón del modelo”, resume Sergio Andrés Acosta Tobón, director del Centro.

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Aunque El Redentor no opera como una cárcel, sus tensiones internas también hacen parte de la vida del centro. Allí no hay guardias penitenciarios ni presencia policial permanente dentro de la institución. La Policía cumple una función perimetral y solo ingresa ante alteraciones del orden. Adentro, la autoridad diaria recae en educadores formadores, cuya labor no es vigilar con lógica carcelaria, sino acompañar, contener y orientar.

Esa diferencia, sin embargo, no elimina los riesgos. Muchos jóvenes llegan con conflictos previos, historias de violencia, vínculos con economías ilegales o lo que Acosta llama “esquemas de calle”: formas aprendidas de resolver problemas mediante el delito o la agresión. Por eso, el reto del centro no es menor: sostener la convivencia, evitar evasiones, atender resistencias al proceso y manejar episodios de violencia, sin convertir el modelo pedagógico en uno puramente coercitivo.

Adentro, la autoridad diaria recae en educadores formadores, cuya labor no es vigilar con lógica carcelaria, sino acompañar, contener y orientar.

El Redentor

Los antecedentes recientes ayudan a dimensionar la complejidad del reto. El episodio más grave ocurrió el primero de diciembre de 2023, durante el cambio de operador, cuando el ICBF reportó desórdenes en la sección de mayores de edad que permanecen en el centro: ocho dormitorios vandalizados, 15 adolescentes lesionados, tres trasladados a un hospital y 41 jóvenes fugados de una institución que entonces atendía a 245 personas.

Semanas después, el 24 de enero de 2024, durante una jornada de visitas familiares, se registraron nuevos actos de indisciplina y un intento de fuga, que obligó a activar apoyo de la Policía de Infancia y Adolescencia, Defensorías de Familia y personal educativo.

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Pero el debate alrededor de El Redentor va más allá de esos episodios. En 2025, este diario planteó una discusión más amplia sobre si los Centros de Atención Especializada de menores realmente logran resocializar o si, por el contrario, profundizan ciclos de violencia.

Bogotá concentra el 18 % de los ingresos al Sistema de Responsabilidad Penal Adolescente (SRPA) del país y casi la mitad de las aprehensiones de menores en la ciudad corresponde a hurto a personas (49,7 %), seguido de lesiones personales (10,7 %) y delitos relacionados con estupefacientes (9,1 %). A esto se suma otra alerta: en los últimos dos años más de 12.000 jóvenes ingresaron al SRPA del país y uno de cada cinco reincidió.

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“Los jóvenes no pueden salir, no deciden sobre su tiempo ni sobre su movilidad. Todo ocurre bajo reglas y supervisión permanente. La diferencia está en cómo se ocupa ese tiempo, para salir con herramientas”.

Sergio Andrés Acosta Tobón, director del Centro

La rutina del encierro

Por ser menor de edad, su identidad no se puede revelar y él, mientras nos cuenta su rutina, así lo prefiere. No quiere que lo recuerden por lo que hizo, sino por lo que intenta ser: se concentra en el estudio, la música, los talleres y en entender esas emociones que antes lo desbordaban. Su día empieza a las 5:45 a.m., tiende la cama, se baña, se arregla. Comparte el dormitorio con otros 23 jóvenes, que tienen entre 16 y 27 años. En un salón amplio, con camas alineadas, sin puertas ni silencios absolutos. Todo se vive acompañado.

Después del desayuno vienen los encuentros, una reflexión, una oración. Cada uno dice su nombre y cómo se siente: tranquilo, motivado, cansado. Para él, ponerle palabras a lo que siente es tan importante como cualquier clase. Los lunes comparten el propósito de la semana. El suyo, casi siempre, es ocupar la mente, aprender algo nuevo y no dejar que nadie le cambie el ánimo.

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Ocupar la mente

Algunos acceden a estudios técnicos, tecnológicos o universitarios, mientras cumplen su sanción. Las clases son virtuales, con horarios, evaluaciones y exigencias inflexibles. Acceder depende del comportamiento, del cumplimiento de objetivos pedagógicos y del concepto del equipo psicosocial. El director hace una aclaración: “los jóvenes no pueden salir, no deciden sobre su tiempo ni sobre su movilidad. Todo ocurre bajo reglas y supervisión permanente. La diferencia está en cómo se ocupa ese tiempo, para salir con herramientas”, dice el director.

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Desde el área psicológica lo explican así: el encierro tiene un impacto emocional profundo, en especial, en adolescentes, que están aprendiendo a reconocer y a regular lo que sienten. Por eso, el estudio se vuelve un ancla. Ordena la mente, le da sentido a los días y reduce la ansiedad. No es solo de aprender una materia, sino sostener la frustración, la disciplina y la espera.

El Redentor, dice, ha sido su acrisolamiento: “el paso por el fuego para tomar forma”. Llegó como una pepita de oro sin pulir y el encierro lo ha transformado.

Menor interno en El Redentor

Cuando no tiene clases, él busca mantenerse ocupado. Ahí aparecen la música y, en ocasiones, la televisión. Desde la dirección del centro lo repiten: permitirlo no borra la sanción. En un lugar donde la mente puede quedarse atrapada en el pasado, ocuparla se vuelve una forma —mínima, pero vital— de ser más que un expediente.

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¿Qué pasó antes de llegar aquí?

Nuestro guía suspira antes de responder, como si estuviera atrapado entre lo que fue y lo que es ahora. El Redentor, dice, ha sido su acrisolamiento: “el paso por el fuego para tomar forma”. Llegó como una pepita de oro sin pulir y el encierro lo ha transformado. Antes, su vida giraba entre el colegio y el baloncesto. El estudio no era prioridad. Sus papás lo animaban a buscar otros intereses, pero él casi siempre respondía que después. Las oportunidades estaban ahí, pero no las tomó.

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No se veía como alguien perdido. Tenía metas, una rutina. Lo que no tenía —lo entiende ahora— eran herramientas para manejar lo que sentía. Guardaba la rabia, la tristeza o la frustración hasta que explotaba. Era de los que decía estar bien, aunque fuera mentira. No pedía ayuda y eso le pasó factura. Lo dice sin rodeos: “controlar las emociones no es lo mismo que gestionarlas”.

Por eso evita contar el delito que cometió. No lo niega ni lo minimiza, pero insiste en que reducir su historia a ese hecho no explica nada. Prefiere que se entienda el proceso. De poder cambiar algo, dice, hubiera buscado ayuda antes y fortalecido los vínculos familiares. No habla de arrepentimiento, sino de aprendizaje. Llegar a El Redentor no interrumpió una vida caótica, sino una vida que avanzaba sin saber cómo frenar. El encierro lo obligó a detenerse y a aprender a gestionarse.

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“Aquí no entra el delito, sino el sujeto”. El proceso se individualiza para entender las condiciones de cada joven (atravesadas por contextos complejos) y construir otras formas de resolver los conflictos.

Sergio Andrés Acosta Tobón, director del Centro

La familia: el encierro compartido

Habla de su mamá con cuidado. Ella lo visita cuando puede y es el hilo con el mundo exterior. Las visitas no son libres. Están sujetas a horarios, traslados y protocolos. Incluso con la ropa: los visitantes deben vestir camisa blanca, pantalón negro de sudadera y chanclas. Nada es a elección, pero el encuentro le permite sentir que no está solo. Pensar en su mamá le ordena la cabeza. Le recuerda que no quiere decepcionarla más. Tiene dos hermanas, pero el vínculo es distinto, silencioso, distante. Sabe que su ausencia les pesa, aunque no siempre lo expresen.

Allí entendió algo que no había dimensionado: el encierro no se cumple solo. También lo viven quienes esperan afuera. Sabe que el regreso no será sencillo. En libertad lo esperan preguntas, miradas y silencios incómodos. También charlas, como la que se debe con su papá. Por eso insiste en prepararse. No solo con un título o un oficio, sino con otra forma de estar con los suyos. No quiere volver siendo el mismo.

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La sanción

La ley distingue entre infancia, adolescencia y juventud: los menores de 14 años no ingresan a este sistema, sino a medidas de protección; a partir de los 14, se activa el Sistema de Responsabilidad Penal para Adolescentes. El mecanismo de sanción lo decide un juez y depende del delito. Solo se modifica si los informes psicosociales evidencian avances en lo pedagógico y lo restaurativo. Algunos permanecen, incluso después de cumplir la mayoría de edad. Quien entra al sistema como menor, debe terminar bajo este modelo, donde la máxima sanción son ocho años de privación.

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“No es una medida de protección, es una sanción”, resume Acosta Tobón. El modelo se diferencia del sistema penal adulto en su propósito: “Aquí no entra el delito, sino el sujeto”. El proceso se individualiza para entender las condiciones de cada joven (atravesadas por contextos complejos) y construir otras formas de resolver los conflictos. Cuando cumplen la sanción, mucho salen con cédula y sin antecedentes. No porque la sanción desaparezca, sino porque el sistema parte de una premisa: el delito cometido siendo menor de edad, no puede ser una marca permanente.

Hoy en El Redentor hay 188 jóvenes de distintas regiones y hay una sede femenina. Los encuentros mixtos son mínimos y ocurren en actividades reguladas. La Policía de Infancia custodia las entradas y los traslados. Desde el sistema insisten en algo: estos espacios no solo sancionan, también ofrecen oportunidades, donde un joven debe salir con la capacidad de decidir quién quiere ser.

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Cuando piensa en el futuro, él no habla de empezar de cero, sino de salir preparado. Quiere trabajar, estudiar y no ser una carga para su mamá. Le interesan la programación, el análisis de datos. Se imagina en una empresa grande. Incluso fuera del país. No lo dice como un sueño lejano, sino como un plan. Tiene claro que lo que pasó no se borra, pero eso tampoco lo define. Su apuesta es construir una vida distinta y demostrar —con lo que haga afuera— que su historia apenas comienza.

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Por Ana Rodríguez Novoa

Periodista y profesional en Opinión Pública desde 2021, formada en la Universidad del Rosario. Con especial interés en temas sociales y culturales de Bogotá. Ha trabajado en redacciones universitarias y proyectos editoriales, con experiencia en reportería y escritura narrativa. Actualmente hace parte del equipo de Bogotá en El Espectador.amrodriguez@elespectador.com
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