Beto es un hombre que habla con analogías y metáforas. Un pulpo, un pez saltando de un árbol, una semilla germinando de las cenizas, postales a blanco y negro. Estas son algunas de las imágenes que evoca mientras intenta resumir la historia de cómo llego a la descabellada idea de abrir el primer café de especialidad en el corazón de una de las zonas más estigmatizadas del centro de la capital colombiana: el Bronx. “Descabellada” porque su café, escogido a mano y traído de varios rincones del país, vale lo de tres tintos en un sector donde algunos clientes son mecánicos, habitantes del barrio en reconstrucción y uno que otro “chirri”.
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Luis Alberto Díaz Dueñas, bajito y de cabello negro, guarda bajo su aspecto de bogotano promedio y su título de médico zootecnista un abanico de historias del antiguo Bronx. Usando un saco rosado, que en letras blancas dice ‘Vronx60 Café el Renacer’, es como a diario recibe a cientos de clientes. “Les doy la bienvenida al café que nació en el Bronx hace ya 6 años”, comienza como si así diera inicio al recorrido de un museo importante.
“El 21 de febrero del 2020 nace este emprendimiento, con la idea de generar cultura por medio del café en esta zona de Bogotá”. No es un museo de arte con grandes obras, pero su establecimiento sí guarda piezas antiguas a través de las cuales se puede contar tanto la historia de cada grano, como de uno de los episodios más traumáticos de la ciudad.
El pulpo
Llegar no es fácil. Queda en la carrera 15a con calle 8-54. Muchos dicen que es inseguro (quizá tengan razón), pero basta con acercarse a la ventana de cristal por la que brota un aroma a café recién hecho en casa para dejar atrás las sensaciones que produce recorrer San Victorino, el estruendo de la carrera décima y una avenida Caracas en construcción, sitiados por el exorbitado comercio y un río de obras que parece interminable.
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Es un local pequeño, ubicado en medio de un centenar de negocios de mecánica. La estética “minimalista” que deja al descubierto los ladrillos de una pared, así como las mesas y las sillas blancas, incluso los pasteles amarillos con arándanos, contrasta con la presencia de dos mecánicos con overoles azules, que ingresan a Vronx60. Uno de ellos se quita su gorra roja como quien llega a un templo. Al verlos, y después de ofrecerles el café de la semana, ‘Beto’, se devuelve en el tiempo:
“Toda la vida viví entre mecánica, talleres, pistones, cigüeñales, culatas, grasa y demás. Así se desempeñó mi vida desde los nueve años. No viví en el Bronx, pero al ser el lugar donde estaba el negocio familiar (un taller, para variar) ha sido mi segundo hogar. Allí vi pasar de El Cartucho al Bronx y ahora una nueva mutación del sector”.
Durante ese tiempo, dice el barista, alcanzó a conocer lo que era El Cartucho. Una cruda postal que nunca se fue de su memoria y que resume el nivel de degradación a la que llegó el sector. La basura se apilaba por montañas que Beto y su padre atravesaban en el carro para salir del barrio. “Un día, un camión de basura pasó por una de esas montañas, sin ver que adentro dormía un habitante de calle, un consumidor”.
Desde los nueve años carga esa imagen, del habitante de calle abrazando la llanta del camión. Una imagen que, a pesar del fin de El Cartucho, se siguió alimentando, cuando los expulsados se trasladaron al barrio donde su familia tenía el taller y dieron vida al Bronx, zona que Beto describe con otra analogía: “El Bronx era como un pulpo. Abría sus tentáculos en la noche. Los domingos, por el comercio, se recogía. Pero siempre volvían a tratar de absorberlo”.
Un cáncer extirpado
“Cuando tú me preguntas qué es el Bronx”, siguió Beto creando metáforas, “se vienen a mi mente imágenes a blanco y negro de lo que era. Pero también otras multicolor, de lo que se espera y de lo que ya es. Había muchas cosas oscuras, tristes, pero también hay cosas que vale la pena recordar”.
Imágenes a blanco y negro: ver el barrio deteriorarse entre la droga y el crimen; amigos que acabaron en la cárcel o muertos, y un negocio familiar en medio de un nido de peligro. “Llegó un punto en el 2015 en que ya nos dimos cuenta de que ‘el enano’ —o sea la problemática— se creció. Un año antes de la intervención era muy difícil: se veían más muertos botados en las calles; era más descarado el consumo, y el narcotráfico. Cada vez se veía cosas que uno no quería ver. Nos íbamos a tener que ir”.
Ese era el pensamiento de la mayoría de los comerciantes y habitantes del barrio. “La intervención fue dura. Fue como tratar un cáncer. Al paciente le da duro”, dice mientras filtra un café para un mecánico que acaba de llegar. Esa madrugada de la intervención del 2016, la familia de Beto se dio cuenta de que no podían entrar. “Teníamos trabajos por entregar, pero había cuatro cinturones de seguridad”. Aunque la operación llegó con la promesa de un cambio y la gente reconsideró el irse, para el barista, quedó un estigma, una suerte de “maldición”:
“Luego vinieron las noticias: que había terror, cocodrilos, carros robados, todo el estigma terrible. Recuerdo que después de la intervención tratamos de echar para adelante con el taller de mi papá. Repartimos volantes que decían, ‘Repare su motor sin cuota inicial’, pero la gente decía, ‘Ni regalado llevo mi motor por allá’. Esta es la hora en que todavía cargamos con ese estigma. Mucha gente olvidó que la mayoría éramos personas del común, que solo queríamos progresar”.
El pez en el árbol
Edna Lizeth Aguas pasa por el frente de un mural que dibujó una artista colombiana y que intenta trazar la historia del café, desde sus inicios hace siglos en África hasta las nuevas rutas globales del grano. Hace 12 años que conoció el barrio Voto Nacional y a Beto. Es la cofundadora de Vronx60. “A mí, en lo personal, el sector me generaba miedo, pero después todo fue cambiando y ahora es para mí como un pueblo. Yo siempre he dicho que me siento más segura en esta zona que en otros sectores de Bogotá”.
La pareja tenía formación veterinaria y la idea de emprender. Las opciones, sin embargo, eran limitadas. Después de desocupar el Bronx, a la familia de Beto solo le quedaba recuperar sus locales y, a él, montar otro taller de mecánica en uno de ellos, como parecía ser su destino. “Yo era como un pez que iba saltando de rama en rama, hasta que un día, por error, caí al agua y me di cuenta de que ese era mi lugar”, dice de encontrar en el café las aguas para poder nadar a satisfacción.
Comenzaron vendiéndole tintos a los ciclistas que iban al páramo y a Choachí, “porque nadie lo hacía”. “Cuando entramos al mundo del barismo”, añade Lizeth, “nos dimos cuenta de que este mundo es amplio y muy bello. Quisimos que eso se transmitiera acá en nuestro café. Por eso tratamos de dar una experiencia; explicar de dónde viene el grano y que dependiendo del sitio dónde se cultive y del proceso que le hagan, las notas van a ser totalmente diferentes”.
De hecho, los procesos de filtrado dieron nombre al local: V60 es el método preferido de estos emprendedores. Aunque no querían ponerle la palabra “Bronx”, (“esa palabra guarda cicatrices”), quisieron reconfigurarla. “Café del Renacer”, añade, “porque eso dice el grafiti pintado en la última casa que quedó de pie de ese pasado oscuro. Y tiene todo el sentido”.
La semilla
Después de aprender las artes de cultivo, selección a mano, tostado y filtrados, la pareja montó el local. Beto tuvo que mentirle a su papá para hacerlo. “Él se dio cuenta el día que llegaron las máquinas. No sabía qué estaba pasando”. Recordando los tiempos duros del post-Bronx, en los que su padre regalaba arreglos de mecánica, “cuando inauguramos nuestro negocio, dimos café gratis”, recuerda.
Lizeth agrega: “al principio, a la comunidad le daba pena entrar, porque sentían que no merecían un lugar como este. Ellos, que andan entre grasa y elementos de mecánica, no querían ensuciar el sitio blanco”. Aunque fue duro y aún el local está “aguantando”, con el tiempo se han vuelto “una familia. Piden su café sin azúcar, nos dicen: ‘ya aprendimos’”. Hoy, en este café llegan notas del Huila, Tolima, Nariño y Cauca, pero Cundinamarca se ha convertido en un productor relevante.
También abrieron una sede del café en La Candelaria y buscan imprimirle un sentido social a lo que hacen. “La proyección es que, ojalá, este segundo piso se vuelva una escuela para las personas de bajo recursos”. Otro proyecto que tiene la pareja es vender un pin con la cara de un habitante de calle dibujado por una artista bogotana. “Cada persona que compre la libra de café con un pin adicional, aportará a un fondo para habitantes de calle.
“Aquí”, agrega Beto, “como todos los que seguimos en este sector, todavía estamos en etapa de aguante. Antes de la intervención del Bronx en 2016, todos se iban a ir. Tras la intervención, es como cuando se ara la tierra, echaron un abono y está en esa etapa. Cada uno sembró su semillita. Estamos en espera de que llegue el agua para regarla”. Esta es la última metáfora de Beto, mientras sirve un café en una taza que lleva impresas las palabras precisas para cerrar esta historia: crear, creer y agradecer.
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