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Uno de los pocos sectores que no detuvieron sus operaciones en medio de la pandemia por la COVID-19 han sido los servicios fúnebres en Bogotá, ciudad que es el foco del coronavirus en Colombia al concentrar casi la tercera parte de los casos del país. Sin embargo, las restricciones en la movilidad, decretadas por el presidente, Iván Duque, para mitigar el avance de esta enfermedad han cambiado sus dinámicas e, incluso, pusieron freno al número habitual de muertes en la capital del país. Un dato que muestra parte de esa reducción lo dio el Distrito: en marzo de 2020 hubo 63 homicidios, casi cuarenta menos que en marzo de 2019.
Aunque la Alcaldía y Medicina Legal aún no tienen un consolidado de las personas que murieron en Bogotá en las casi tres semanas que lleva la cuarentena, para las funerarias la reducción es ostensible. Dicen que antes de la pandemia a funerarias como La Fe o Gaviria llegaban cinco o siete cuerpos al día; ahora llegan dos o tres. “No somos ajenos a la pandemia. Al ser parte de la cadena sanitaria, tenemos que continuar brindando nuestro servicio; por ende, hemos hecho cambios en las velaciones y rituales de nuestros usuarios”, señaló Beatriz Álvarez, gerente de la Funeraria Gaviria.
Aunque las funerarias no han sido formalmente convocadas por el Gobierno para que afronten la pandemia, estas tienen la tarea de mover los cuerpos al horno crematorio del cementerio de Serafín, en el sur de Bogotá, para que estos sean incinerados. Por ejemplo, el personal que conduce los cuerpos con COVID-19 sigue un estricto protocolo de protección a la hora de trasladar a las víctimas mortales. Además, tuvieron que invertir en los materiales que impidan que los líquidos (lixiviados) que expelen los cuerpos se esparzan y terminen contagiado a otras personas o posándose en superficies del carro fúnebre.
Establecimientos que hacen parte del grupo Coopserfun —es decir, Los Olivos y La Candelaria— no dejan entrar a más de ocho personas a las velaciones. Además, estas no duran más de tres horas y el uso de tapabocas es obligatorio. En una de sus visitas, este diario vio cómo en la sede norte de La Candelaria dos familias grabaron en sus celulares los últimos momentos antes de que el coche fúnebre se llevara los restos de sus seres queridos a un osario en el norte de la capital. Un familiar grabó el vehículo hasta que lo perdió de vista y luego enfocó la cámara hacia sus familiares, quienes saludaron y enviaron un saludo a sus familiares y amigos que no los pudieron acompañar.
“Claramente, para las familias ha sido duro no estar rodeadas de parientes y amigos en momentos tan difíciles. La compañía para la mayoría de personas es trascendental en el duelo. Es increíble lo que esta pandemia ha generado. Tener que grabar el evento fúnebre en otras circunstancias habría sido visto como de mal gusto e irrespetuoso. Hoy se convierte en algo válido y una acción que surge desde lo más profundo del ser humano”, dice el conductor de un coche fúnebre.
Fabi Said Castro, sacerdote de la Funeraria Gaviria, señaló que este es un momento especial para la familia, en el que se marca un momento clave en la historia de sus integrantes. “Nuestro reto es proceder como si nada de esto estuviera pasando (respetando las medidas sanitarias). Mejor hacer nuestro trabajo como si cada familiar estuviera ahí presente. Es un momento único en el que no se puede estar pendiente de si falla algún tema de comunicación”, señaló el sacerdote, exdirector espiritual de la Fundación Kolping, Vicaría Episcopal de La Inmaculada Concepción.
En este sector, donde hay varias floristerías, como en otros puntos cercanos al Cementerio Central o a los camposantos del norte, la mayoría de locales permanecen cerrados. Solo algunos que tienen contratos siguen funcionando a media máquina. Ese es el caso de Diflora, empresa que lleva 25 años en esta cadena de la industria y tiene un local en el Restrepo y otro en el norte. Edwin, un valduparense de 42 años, dijo que él sigue haciendo algunos arreglos, pero que, a veces, las familias prescinden de ellos porque las velaciones duran poco. “Vea, hasta mucha corona se pierde”, dice mientras señala unos arreglos que se marchitaron.
Otro eslabón que la pasa mal son los lapidarios, encargadas de grabar en mármol los nombres de los difuntos. Carlos Peña es uno de ellos, un bogotano de 54 años que heredó en su familia esta tradición, que lleva tres generaciones en el oficio. Su local, uno de los cien que funcionan al lado del Cementerio Central, estaba abierto porque estaba alimentando a sus tres gatos y “haciendo ronda, para que no se roben nada”. Peña dice que su bolsillo solo podrá aguantar hasta finales de abril, plazo que coincide con la prórroga de la cuarentena que decretó el presidente.
Al mismo tiempo que Peña cerraba su local y se despedía de sus gatos, también partía un grupo de personas que acaban de enterrar a un familiar. Eran diez, el número máximo que autoriza el Distrito para que ingresen por inhumación. Un aviso grande en la entrada del cementerio advierte que hasta el 30 de mayo no se permitirá el ingreso a los visitantes. ¿Y si se necesita una lápida en estos momentos? El lapidario responde con las manos en los bolsillos de su jean: “Eso se puede poner después. A los muertos los podemos atender luego, es el momento de atender a los vivos”.
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