
Bajo una nube que atraviesa el pico más alto de una montaña, adornando un “retazo de cielo”, como lo llaman los habitantes de la zona rural del municipio de Manta (Cundinamarca), se encuentran un puñado de fincas rodeadas de bosque alto andino, que es el hábitat natural de una criatura imponente y que muy pocas personas han tenido la fortuna de ver en vivo: el oso andino, la especie de los mil nombres, dadas las numerosas denominaciones que recibe este sigiloso animal, cuyo peso ecosistémico sobre la zona de páramos no es siquiera comparable con sus 80 kilos en promedio. Sin embargo, por años, la relación entre vecinos ha estado marcada por la desinformación y el miedo, algo que las autoridades ambientales buscan revertir.
Su presencia no es mito. Su estampa color sombra, que merodea arboladas, praderas y fangos ha sido captada por las cámaras trampa que instaló la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) para monitorear la fauna de la región. Las imágenes no solo han permitido reconstruir escenas de la inasible cotidianidad de la especie (tan esquiva para los humanos), sino que han dado luces para entenderlo y trazar un plan para protegerlo, de mano de los campesinos.
En especial ahora, que su hábitat está cada vez más en riesgo. La montaña, que ha sido su refugio natural y testigo silencioso de sus movimientos, viene cambiando. Una parte del paisaje, con quebradas que cruzan áreas boscosas y praderas, de a poco la han ido colonizando el ganado y los cultivos. Al subir por vías escarpadas, que en invierno son intransitables, aparecen paulatinamente fincas sembradas con café, caña y frutales.
Por fortuna, todavía existe una frontera. Más arriba, donde se instalaron las cámaras y desde donde se divisan las veredas del Palmar y Guateque, frontera entre Cundinamarca y Boyacá, se conserva, sin mayor huella de presencia humana, parte del anillo ecológico por donde deambula el oso.

El ganado en la parte alta
En la finca San Antonio, ubicada en medio de este paraíso de humedad y monte, ha residido toda su vida José Ignacio Gómez Robayo con su madre, de 97 años, y su hermano Álvaro, quien es el presidente de la junta comunal de Manta Grande Arriba. Hace años, cuando empezaron a circular reportes sobre la presencia del oso en los sectores altos de El Chuscal y El Palmar Arriba, él sacó el ganado que tenía en una de esas áreas para evitar ataques, aunque advierte que nunca ha visto un comportamiento de ese estilo.
“Me tocó sacar el ganado por precaución, pero nunca vi a un oso comiéndose otros animales. No me consta”, aclara. La cautela de su relato es relevante, porque brinda una descripción de uno de los tantos rumores imprecisos sobre el oso: sus ataques al ganado. Justamente, esta mala fama, de la que existe mucho comentario y poca evidencia, ha sido la causa detrás de los problemas de convivencia entre la comunidad y el denominado “guardián de los páramos”.

Su hermano Álvaro, como líder de la comunidad, conoce el temor de otros ganaderos, que desde su rol intenta aplacar, trazando una frontera entre el relato y el conocimiento. “Por mi parte no lo he visto ni me consta. Todo han sido comentarios, pero ninguno de esos relatos basta para determinar que detrás de la muerte de algunas vacas esté el oso. En cambio, sí tengo certeza de que el oso nos brinda la oportunidad de tener un agua más limpia”, explica, refiriéndose a su rol como polinizador.
La cautela de estos hermanos tiene como antecedente los hechos registrados en 2019 tras la muerte de un bovino en El Palmar, vereda cercana a Manta, la cual la comunidad le atribuyó equivocadamente al oso. Sin embargo, una necropsia que realizó la CAR estableció que el bovino había muerto tras caer en una zanja. Si bien la confusión se dio al encontrar marcas de interacción del oso con el cadáver, estas se produjeron después de la muerte y por la condición carroñera del oso.
De ahí viene, como lo explican los expertos de la CAR, la necesidad de afianzar el trabajo de campo con las comunidades, para despejar los mitos y permitir una interacción pacífica e informada entre los campesinos que hoy viven en inmediaciones del hábitat de este imponente animal.

La otra parte del acuerdo
Más de 104 habitantes de las tres veredas participaron en talleres sobre biodiversidad, actividades productivas y prevención de conflictos con la fauna silvestre. Hubo niños, jóvenes, docentes y vecinos de Palmar Arriba, Quimbita y Manta Grande Arriba. En las actividades se socializó la importancia del oso para el ecosistema y la inversión con la cual adaptan sus fincas en torno a la mejora de la convivencia con el oso. Entre las acciones previstas están la renovación de praderas, preparación de bioinsumos, instalación de bebederos, aislamiento de áreas y construcción de corrales. También se entregó material vegetal y elementos para instalar cercas de protección.
Adaptación de los espacios
Maximiliano Mahecha Vásquez tampoco ha visto al oso cerca de su casa. Su padre le heredó una finca de casi dos hectáreas y sabe por sus vecinos que el mamífero silvestre ronda la zona. Su herencia venía con una fortuna adicional: una quebrada que queda justo en el límite del bosque. A partir de este paraíso y de la mano con la CAR decidió sumarse al programa de protección, sembrando árboles nativos, dejando una porción de terreno libre, no solo para el paso del oso sino para cualquier otra especie detectada en la zona. “Les dejé por donde caminar”, cuenta mientras su apacible voz se mezcla con el intempestivo choque de la cascada y las piedras. Al otro lado de este enclave natural están las praderas que necesita para sostener su ganado.
Para separar el corredor natural de sus potreros, la CAR le entregó a Maximiliano postes, cinta, un panel para la cerca eléctrica y apoyo para construir corrales como parte de un programa que busca adaptar las fincas del sector y mejorar la convivencia y las interacciones con los osos. Según Adela del Pilar Espitia Guerrero, profesional de la Corporación, quien ha hecho parte del proceso, primero se hicieron talleres; luego se instalaron las cámaras trampa, que validaron la presencia del oso en el territorio, y finalmente caracterizaron 29 fincas, antes de definir las acciones para mantener el ganado lejos del corredor natural.
Hoy este programa reúne a la autoridad ambiental, a la Gobernación y a las juntas comunales de Palmar Arriba, Quimbita y Manta Grande Arriba. En él se han invertido COP 460 millones, de los cuales la CAR aportó COP 300 millones y el departamento COP 160 millones. A cada junta se le asignaron COP 110 millones para ejecutar las intervenciones. Además de cercas y corrales, se contempla la restauración de áreas degradadas, sistemas agroforestales, siembras y cercas vivas. Los acuerdos de conservación comprometen a las comunidades por dos años.
Para la CAR es claro que la expansión de las actividades agropecuarias ha estrechado el espacio de tránsito del oso, que es clave para el ecosistema, pues es el encargado de dispersar semillas en estas montañas, que ayudan a regenerar un bosque del que no solo dependen los campesinos que crían ganado, sino gran parte del departamento que consume el agua que producen los páramos. De eso es consciente José Ignacio, quien sabe también que todavía hay mucho por hacer.
Las cámaras ya mostraron al oso y parte de su ruta. Ahora toca seguir sembrando árboles y cercas, de la mano de las autoridades, para delimitar bien esa frontera de protección. De esta manera, no solo se le garantizará al guardián del páramo la tranquilidad de seguir recorriendo el bosque andino sin la amenaza que representan muchos humanos desinformados, sino a los campesinos la de seguir trabajando sus tierras y su ganado, cerca de su vecino silvestre.
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