Robert Campos tenía 20 años cuando salió de Venezuela rumbo a Colombia, luego de vivir de cerca las protestas de 2016 y 2017. Recuerda estudiantes arrastrados por la policía, heridos y muertos, hospitales sin medicamentos y anaqueles vacíos. “Salir a la calle era vivir con miedo”, dice. La decisión de migrar llegó tras una experiencia que lo marcó: su madre murió luego de una operación en un hospital donde no había anestesia ni insumos médicos. Hoy, con 26 años, Robert vive en Bogotá. Observa la noticia con alivio, pero también con desconfianza.
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Aun, como muchos otros, no tiene un plan inmediato de retorno, aunque ya lo ve más posible. “Aquí hubo tortura, exilio y millones de jóvenes sin futuro”, afirma. Adicional el joven rechaza que la crisis venezolana se reduzca a sanciones económicas o disputas por el petróleo.
“La escasez no era un rumor, era el día a día: supermercados vacíos y hospitales sin medicamentos. A mi mamá la operaron sin anestesia. La gente se despertaba del dolor en los hospitales.”, agrega el joven que lleva la bandera de Venezuela atada como una capa. “Después de eso, salir a la calle era vivir con miedo, como si en cualquier momento te fueran a señalar. Yo no me fui por gusto. Me fui porque ya no se podía vivir allá”, dice Robert, quien sueña con terminar algún día sus estudios en diseño gráfico que dejó pausados.
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Mientras la región latinoamericana atraviesa una sacudida con el golpe de Estados Unidos, en la capital colombiana, se evalúan los posibles efectos migratorios que puedan devenir. La ciudad no puede ser ajena porque, entre otros datos, según la Alta Consejería de Asuntos Migratorios, Bogotá registra cerca de 615.000 ciudadanos venezolanos, de los cuales cerca del 51 % son mujeres. Desde el inicio de la diáspora han nacido en la ciudad 27.000 hijos de migrantes, los llamados “nuevos bogotanos”.
De ahí que Bogotá fuera escenario de varias manifestaciones el fin de semana. Fueron tanto a favor como en contra de la caída de Maduro. En su mayoría el sentimiento fue de júbilo, aunque este vino acompañado de una incertidumbre que se acrecienta con el paso de las horas. En otros puntos como inmediaciones de la embajada norteamericana, hubo bloqueos y rechazo de un grupo de ciudadanos venezolanos que protestó el día sábado. “Las milicias bolivarianas van a responder”, se escucharon megáfonos en la calle 26.
José Miguel Alvarrán, conocido en redes como Josecito Reparte, lleva ocho años en Bogotá. Dice que la noticia “llegó al corazón” y abrió una puerta que parecía cerrada. “Esto no es de la noche a la mañana, pero ya se abrió una esperanza”, afirma. Migró dejando estudios congelados y llegó a una ciudad desconocida, trabajando de lo que apareciera. Hoy es repartidor y creador de contenido, y sueña con retomar la universidad y participar en política. “Venezuela no va a ser la de antes, va a ser una mejor”, sostiene.
En términos económicos, en Bogotá, el 70 % de la población migrante está empleada y un 10 % estudia. Sin embargo, el 97 % vive en arriendo, y solo el 36 % está afiliado al sistema de salud.
José de Jesús Ruiz, constructor y soldador de 58 años, salió de Venezuela de manera abrupta por ser opositor visible. Pasó años separando a su familia y trayéndola poco a poco a Colombia. Hoy vive en Lourdes, donde trabaja por cuenta propia. Durante su proceso migratorio perdió a su hijo menor en un episodio de violencia armada en el Cauca, una herida que aún carga. “Esto lo estábamos esperando desde hace muchos años”, dice sobre las noticias de Caracas, aunque desde ya advierte que la reconstrucción será “larga y compleja”.
Las mujeres migrantes enfrentan retos adicionales. Un informe de la Personería reveló que el 78 % de las mujeres venezolanas está relegada a trabajos del hogar, mientras que el 73 % depende del trabajo informal y el 13 % de apoyos de terceros o entidades.
Marleny, oriunda de Maracaibo, llegó a Bogotá hace tres años y medio con su hija. Migró cuando la inflación y la falta de alimentos hicieron imposible sostenerse. “Uno trabajaba mucho para nada, a veces solo alcanzaba para comer una vez al día”, recuerda. Hoy recibe la noticia con alegría, pero también con cautela. “Esta es apenas la primera ola”, dice. Sueña con volver, pero solo cuando Venezuela ofrezca condiciones para rehacer su vida.
Así, miles de voces resuenan en la capital. Para Robert, la noticia no significa un regreso inmediato, pero sí la primera vez en años en la que puede imaginarlo. “La esperanza volvió, pero el miedo todavía no se ha ido”, cerró.
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