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Frenan canchas y vuelve la pregunta de fondo, ¿qué pasa hoy en la Van der Hammen?

Tras el freno en seco a la construcción de unas canchas de fútbol que estaban afectando el suelo de este activo ambiental para la ciudad, el debate sobre la reserva Thomas Van der Hammen se reabrió. Mientras la reserva continúa fraccionada y amenazada por prácticas ecocidas, el Distrito trata de incorporar predios para salvarla y conservarla.

Miguel Ángel Vivas Tróchez

21 de enero de 2026 - 07:00 a. m.
Panorámicas y predios de esta Reserva forestal.
Foto: Cristian Garavito
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Con total desidia de todo principio ambiental y de la importancia que tiene la reserva Thomas Van der Hammen para la resiliencia climática de la ciudad, un grupo de ciudadanos decidió convertir una porción significativa del lugar en una cancha de fútbol. Aunque la Corporación Autónoma de Cundinamarca intervino a tiempo y frenó la construcción de las dichosas canchas, la noticia volvió a sacudir un debate que en Bogotá nunca termina de cerrarse.

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Este episodio, más que una práctica indebida como las docenas de imprudencias de este tipo que a diario enfrenta y penaliza la CAR, funge como una excusa puntual para poner, de nuevo, la pregunta que la mayoría de los protectores de la reserva y ciudadanos preocupados se hacen: ¿Qué tan a salvo está este importante nodo ecológico en las condiciones actuales?

De momento hay varias respuestas y un horizonte que no parece del todo claro, a pesar de las apuestas de preservación. No en vano, lo ocurrido con las canchas no resulta una rareza ni un accidente aislado, sino, más bien, otro capítulo de una historia larga, marcada por tensiones entre conservación, propiedad privada y presión urbana. Una historia en la que la reserva existe en los planos, pero en el terreno sigue siendo un territorio fragmentado, disputado y, en muchos casos, a la espera de una definición.

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La Corporación Autónoma Regional detectó actividad en la reserva ambiental.
Foto: CAR

Una reserva difícil de ordenar

La Reserva Thomas van der Hammen fue declarada en 2011 con el propósito de garantizar la conectividad ambiental entre los cerros orientales, el río Bogotá y los ecosistemas de la Sabana. La idea era ambiciosa y técnicamente sólida; sin embargo, desde su nacimiento cargó con una limitación estructural que sigue pesando hasta hoy, y es la referente a la propiedad del suelo.

En este sentido, la reserva tiene cerca de 1.395 hectáreas, pero alrededor del 95 % está en manos privadas. El Distrito es dueño directo de apenas unas 28 hectáreas, una porción mínima que, si bien es conservada por las autoridades ambientales de la ciudad, no se compara con el otro espectro de tierra en propiedad de privados que, en su mayoría, no recibe el tratamiento de preservación adecuado.

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De hecho, la forma como hoy se usa el suelo refleja las dinámicas de esa disparidad y la erosión que enfrentan a diario los suelos de la Van der Hammen. De acuerdo con los registros catastrales, cerca del 68 % de la reserva (unas 950 hectáreas) aparece clasificado como suelo agropecuario. Durante años, esta cifra se ha repetido como prueba de que la Van der Hammen es, ante todo, un espacio productivo. Pero la clasificación no cuenta toda la historia.

Cuando se mira con más detalle, el panorama cambia e, incluso, resulta preocupante, ya que buena parte de ese suelo agropecuario no está siendo cultivado de manera efectiva. Son predios con pastos, en barbecho o con usos intermitentes, que conservan la categoría rural, pero sin una actividad productiva constante, de acuerdo con informes realizados por la Universidad Nacional. En términos reales, solo alrededor del 20 % de la reserva, unas 279 hectáreas, corresponde a cultivos activos, principalmente floricultura y agricultura intensiva.

Por todo lo demás, el resto del territorio se reparte entre áreas que conservan valores ambientales o han sido objeto de procesos de restauración y que representan cerca del 13 %. De tal modo que, en el terreno y en la práctica, se tiene una mezcla de usos que van desde colegios y clubes deportivos hasta bodegas, vías internas e infraestructuras dispersas.

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Así, la reserva funciona hoy más como un mosaico de actividades humanas y parches ecológicos que como un corredor ambiental continuo, lo cual no permite su conservación y ha servido como argumento equívoco, según expertos en conservación y ambientalistas, para quienes desean desarrollar urbanísticamente los predios, al no considerarlos una reserva consolidada.

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La tierra concentrada y una reserva en pausa

La estructura de la propiedad que actualmente reposa en los papeles de posesión de los predios en la reserva ayuda a entender por qué el conflicto persiste. Investigaciones periodísticas de El Espectador demostraron que un número reducido de empresas y sociedades controla más del 70 % del suelo de la reserva. Entre los principales propietarios figuran nombres y razones sociales ligados a constructoras, empresas vinculadas al sector inmobiliario, floricultores, patrimonios privados y fiducias.

No obstante, al tener la condición de reserva, pero además al estar protegidos por el POT, estos predios no han podido desarrollarse como en su momento proyectaron los dueños de la tierra al momento de adquirirla, de manera tal que los suelos de la Van der Hammen se mantienen como un activo en pausa. En ese contexto, intentos como el de las canchas de fútbol no sorprenden, pues son expresiones de una presión constante por introducir usos dentro de un territorio donde los límites son difusos y reinterpretados al acomodo de los propietarios.

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El intento del Distrito por destrabar el nudo

Con ese telón de fondo, el Distrito ha buscado en los últimos años una salida distinta. La principal apuesta ha sido la Transferencia de Derechos de Construcción y Desarrollo (TDC), reglamentada mediante el Decreto 626 de 2023. El mecanismo permite que los propietarios entreguen predios ubicados en la reserva a cambio de derechos edificables que pueden usar en otros sectores de la ciudad, especialmente en áreas de renovación urbana o zonas definidas como receptoras.

La Secretaría Distrital de Ambiente, en respuesta a consultas periodísticas de este diario, entregó recientemente la foto más actualizada del proceso. Según esa información, ya se concretó la entrega de un predio de 96.000 metros cuadrados, y existen ofertas de propietarios interesados en transferir cerca de dos millones de metros cuadrados adicionales, es decir, unas 200 hectáreas dentro de la reserva. De materializarse, esa cifra representaría un salto significativo frente a lo logrado en más de una década.

Plano de localización predios con ofrecimiento para TDCD - Reserva Forestal Thomas van der Hammen.
Foto: Secretaría de Ambiente

La Secretaría también señaló que el ritmo de restauración comenzó a cambiar. Entre 2011 y 2023 se consolidaron cerca de 60 hectáreas. En contraste, entre 2024 y 2025 se sumaron alrededor de 19 hectáreas adicionales, una señal de que el instrumento empezó a mover una dinámica que llevaba años estancada.

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Sin embargo, el mecanismo no avanza sin cuestionamientos. Ambientalistas y defensores de la reserva han expresado dudas sobre los ajustes normativos que acompañan la implementación de la TDC. El principal temor es que los derechos de construcción terminen alimentando procesos de densificación en otros puntos de la ciudad sin garantizar, al mismo tiempo, una restauración efectiva y oportuna de la reserva.

Una promesa incompleta

Más de diez años después de su declaratoria, la Reserva Thomas van der Hammen sigue siendo una promesa a medio camino. Las cifras del uso del suelo, la concentración de la propiedad y los avances, todavía parciales, de la transferencia de derechos muestran que el problema no es solo ambiental. Es urbano, económico y político.

El episodio de las canchas de fútbol lo deja claro. La protección de la Van der Hammen no se garantiza solo con una línea verde en los mapas ni con decisiones aisladas en los juzgados. Depende de cómo la ciudad resuelva, en la práctica, las tensiones entre propiedad privada, instrumentos de mercado, control ambiental y modelo de desarrollo. Mientras eso ocurre, la reserva sigue ahí: declarada, disputada y, todavía, inconclusa.

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Por Miguel Ángel Vivas Tróchez

Periodista egresado de la Universidad Externado de Colombia interesado en Economía, política y coyuntura internacional.juvenalurbino97 mvivas@elespectador.com
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