Bogotá

6 Dec 2020 - 1:59 a. m.

Jhon Parra, médico al frente de una UCI en Bogotá

Los últimos nueve meses salvar las vidas de personas contagiadas de COVID-19 ha sido su prioridad, en medio del temor por el contagio, la muerte de compañeros y la escasez de insumos primordiales.

“Papá no se saluda hasta que no se baña”, repite la hija de Jhon Parra, médico de 38 años que en los últimos nueve meses ha dirigido la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital El Tunal, la segunda más grande del país, con 105 camas para pacientes con COVID-19 y una de las que más ha sentido la presión del virus, pues en las localidades de influencia (Usme, Ciudad Bolívar, Tunjuelito y Rafael Uribe) se han presentado alrededor de 67 mil casos y 1.771 muertes.

La vida le ha cambiado del cielo a la tierra, no solo porque su carro se ha convertido en un armario, donde vuelve a ponerse la ropa con la que lucha con el virus en el hospital, sino porque estos meses han implicado grandes retos de entereza y liderazgo, pues le ha tocado enfrentarse a la muerte de compañeros, a los dramas de las familias que no pudieron dar un último adiós a sus parientes y a la recursividad, que ha sido vital cuando los insumos no son suficientes.

Y en medio de todo el eje central ha sido el miedo. Primero, cuando se comenzó a nombrar el COVID-19 y a sus víctimas. “En cualquier momento iba a llegar al país y sabíamos que no iba a ser igual a cuando se anuncia la entrada de un virus a Centroamérica o África, donde es normal. Ante el hecho de ver China, España o Italia enfrentados a una situación donde la mortalidad es grande, uno dice que eso es peor que una guerra o 50 guerrillas, porque cualquiera es vulnerable y nosotros no teníamos la seguridad de cómo protegernos o hacerlo con nuestros pacientes”.

También estaba el temor por las familias. Eso llevó a Parra a vivir por mes y medio en un hotel y a que hasta hoy, pese a que su hermana cumplió recientemente 15 años, no se haya atrevido a visitar a sus padres. Ha visto los efectos del coronavirus en personas mayores y con comorbilidades, pero también en jóvenes sanos, que empeoraron de un momento a otro. Como una de sus primeras víctimas, un colega, Juan Carlos Nieto, a quien hospitalizaron ante una neumonía severa. “El miedo era que se trataba de uno de nosotros. Desde el principio la situación no pintaba bien, por la evolución tan rápida, y en ese momento tampoco estábamos tan entrenados para dar una respuesta adecuada”.

Con el aumento de los casos también se incrementaron las muertes. Aunque las camas en UCI se triplicaron, sin un tratamiento, el virus no deja de ser mortal. De hecho, durante los picos más altos, entre junio y julio, la morgue llegó a tal ocupación, que temieron que ocurriera algo similar a lo que estaba pasando en Guayaquil, Nueva York y Brasil, donde tuvieron que emplear camiones con refrigeradores para almacenar los cuerpos y cavar fosas comunes para superar la crisis. Esto es algo que muchos no han aguantado, “esto ha tocado la parte más sentimental de cada persona y ha sido difícil. Hubo gente que tenía toda la experiencia del mundo y renunciaron, porque sentían que no podían con esto, porque nos ha vulnerado. Sin embargo, de una u otra forma nos hemos ido adaptando y la recompensa es que no hemos visto morir gente en las calles”.

Para lograrlo han tenido que optar por la recursividad, pues cada mes surge una nueva urgencia. Al principio compraron máscaras grandes con filtros, que rápidamente subieron de precio, por lo que tocó optar por otras alternativas y adaptar máscaras de esnórquel para su protección. Luego faltaron los insumos, no por falta de recursos, sino por el desabastecimiento a escala mundial. Y cuando todo parecía encajar empezó a faltar el personal médico. “Fue bastante difícil, porque es como tener 50 aviones y solo cinco pilotos. Ha sido un proceso en el que nos tocó empezar a preparar sobre la marcha, dictar charlas, leer más y enseñar a personas sin experiencia”.

Asimismo, se han tenido que replantear los protocolos, pues siguen existiendo otras enfermedades y virus que pueden llegar a ser más mortales, pero se deben enfrentar a la par. “Ahorita hay un desabastecimiento de medicamentos para sedación y nos ha tocado optimizar recursos o utilizar otros que tiempo atrás estaban en desuso”, indica Parra. De igual forma, han tenido que humanizar otros procesos, porque pese a que han apelado a videollamadas y constante comunicación con las familias, el aislamiento que deben mantener por posible contagio y el complejo proceso de la muerte, que impide cualquier ritual de despedida, son cargas que aún no se saben tratar del todo.

“Las quejas han aumentado, así como las amenazas a los médicos, pero uno en cierta forma entiende a las familias, el momento difícil por el que atraviesan y la desinformación que se genera. Por ejemplo, algunos nos echan la culpa de las muertes, porque aseguran que somos parte del cartel de COVID, por un tema que fue anunciado por el Ministerio de Salud y que fue malinterpretado”, afirma el médico.

El miedo sigue. La ocupación de UCI en El Tunal está sobre 87 %, dado que han vuelto las víctimas de siniestros viales, robos y otros eventos que antes ocupaban el hospital. La reapertura y la forma como se está enfrentando la llamada reactivación le hace temer a Parra que el segundo pico sea más mortal que el primero, en el que se vieron historias como la de la familia de un joven, con cerca de 30 años, que fue asintomático y contagió a sus padres, quienes murieron con ocho días de diferencia.

“No somos héroes, estamos cumpliendo una labor”, dice Parra, quien asevera que esta etapa no terminará pronto y por eso, ahora más que nunca, se deben seguir adaptando, como lo han hecho en los últimos meses con los cerca de 80 especialistas que lo acompañan, y como lo deben seguir haciendo en los meses que vienen, que serán cruciales.

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