Bogotá

27 Feb 2012 - 10:43 p. m.

La antipática invasora

La historia del vegetal más peligroso del mundo y su conflicto con la región.

Laura Ardila Arrieta

Sin descomponerse ni por un segundo, ella es capaz de formar matorrales densos a su alrededor para ahogar a toda aquella especie que ose acercársele. Intentar acabarla es fortalecerla, pues es en momentos como ese que se reproduce más rápidamente. Su lucha es por la luz y por el espacio, pero sin tener que compartirlos con nadie. Y en sus empresas destructivas cuenta con capacidades pirogenéticas, para usar en caso extremo de amenaza. Es capaz de producir grandes cantidades de una sustancia inflamable y de propiciar el desplazamiento de aire caliente. Unos poderes que la convierten en un auténtico combustible. Un auténtico combustible que ha generado grandes incendios en los Cerros Orientales de Bogotá en plena temporada seca. Ella acaba con la flora y entorpece el desarrollo de la fauna. Quienes la conocen sólo tienen dos adjetivos para calificarla: invasiva y dominante.

Viste un seductor color amarillo que contrasta con el verde que siempre la rodea, y con él tapiza caminos coloridos que ocultan la historia que hay detrás. De cerca se alcanzan a ver sus espinas.

Su nombre popular es retamo espinoso y es una de las especies vegetales más peligrosas del mundo, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UINC). Dice la ONG Conservación Internacional que llegó al país desde Australia en la década del 70 como insumo principal para construir cercas vivas en algunos páramos.

“Al principio no hubo ningún problema con ella, funcionó bien, tal y como funciona en los países europeos y en su zona de origen, pero luego todo se hizo incontrolable”, detalla el sociólogo Octavio Rodríguez Ortiz, consultor de Conservación Internacional.

Tan incontrolable que, incontables campañas para su erradicación después, su presencia sigue siendo la primera anfitriona en el ecosistema del Páramo de Guerrero. La gigante despensa de agua a 3.400 metros sobre el nivel del mar, que se ubica al lado de los municipios de Cogua y Zipaquirá y surte del líquido a unas dos millones de personas.

Una simpática placita llena de viejos sonrientes en ruana y estudiantes uniformados despide al visitante en Cogua, paso obligado hacia la montaña, cuya área total es de 40 mil hectáreas.

Entonces se ve el café inmenso de la deforestación, de los cultivos extensivos de papa, de las mineras ilegales, pero también, siempre por ahí, el amarillo del retamo trepador que se abre paso en los caminos de arena por donde pasan los tractores que hasta acá suben.

Tres enemigos no exclusivos de este páramo, pues algunos de ellos también hacen daño en los páramos de Chingaza (cultivos extensivos de papa) y Sumapaz (retamo espinoso): la siembra indiscriminada, la explotación minera legal e ilegal y, por supuesto, ella, la antipática especie inflamable.

Son unas 200 minas de carbón ilegales y otras 120 con licencia las que funcionan o han funcionado en el Páramo de Guerrero, según datos no oficiales de algunos expertos ambientalistas de la zona. Testimonio de su existencia son los socavones al parecer abandonados que, como si fueran lunares, inundan la vista si uno mira la montaña desde abajo. También los perros que ladran a lo lejos si uno intenta acercarse. Y las miradas furtivas desde enclenques casitas de madera que sobreviven al viento de la noche.

“Es probado que todas estas minal ilegales son cerradas de tanto en tanto por las autoridades, pero la lejura en la que se encuentran hace que, en ocasiones, sean vueltas a abrir muy fácilmente”, comenta Carlos García, asesor de la gerencia ambiental de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado, quien acompaña el recorrido.

Así las cosas, es muy poco lo que se puede hablar aquí ya del venado cola blanca, de los tinajos, del ratón de monte, de las zorras y de las comadrejas. O de los frailejones, el musgo, los cardos. La belleza urgente del páramo se desdibuja frente a sus problemas.

Según Conservación Internacional, 27 especies sobreviven en este ecosistema bajo algún grado de vulnerabilidad.

Vulnerabilidad de la cual carece la especie del retamo que invadió al gigante que provee el 15% del agua que se consume en Bogotá. El único páramo seco del mundo. La despensa del sistema norte que alimenta la sabana. Cuya majestuosidad se viste del amarillo de ella.

¿Cómo llegar?

Para llegar al páramo de Guerrero por el municipio de Cogua, en Cundinamarca, se puede seguir el siguiente itinerario:

Tomar un transporte público intermunicipal que se estacionan en la Autopista Norte con calle 170; la ruta lo lleva al municipio de Zipaquirá y luego llega a Cogua. Desde el casco urbano de este municipio debe tomar un servicio expreso, si lo requiere, para que lo traslade a la Laguna Verde y otros atractivos del páramo de Guerrero que están a 90 minutos de Cogua por una vía destapada y con varios tramos que requieren un carro de doble tracción. Al retornar, y si va con tiempo, puede pasar por el embalse del Neusa. Finalmente, tome la vía central que lo lleva nuevamente a Zipaquirá y de ahí a Bogotá.

*Espere mañana la historia del Páramo de Sumapaz.

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