Tras el racionamiento, mientras Bogotá buscaba nuevas fuentes de abastecimiento y las autoridades exploraban el potencial de los pozos subterráneos, en un laboratorio universitario desarrollaban una tecnología para responder otra pregunta: ¿qué hacer cuando hay agua, pero contiene mucha sal? La respuesta, que intenta construir un grupo de investigadores, es un prototipo de desalinización capaz de generar agua apta para el consumo humano, mediante ósmosis inversa, tecnología que usa membranas especializadas para separar sales e impurezas.
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El proyecto nació en Bogotá, pero encontró aplicación en uno de los territorios con mayores dificultades de acceso al líquido vital: La Guajira, donde, según el DANE, apenas el 57,1 % de la población recibe agua potable, un dato tan lejos del promedio nacional (90 %), como de encontrar pronto una solución. Organizaciones como Unicef estiman que 448.000 personas requieren asistencia continua en saneamiento, y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) indican que hasta el 82 % del agua que llega al departamento se pierde por fugas y deficiencias en la infraestructura.
Respondiendo a un problema histórico
Fue en ese contexto que el trabajo de Sebastián Torres, ingeniero químico y candidato a magíster de la U. Nacional, encontró un norte. “Queríamos algo que no se quedara en un documento, sino que tuviera utilidad real”, explica el investigador Aunque la iniciativa suele presentarse como una apuesta para La Guajira, vale aclarar, no surgió pensando en el departamento. La idea era recuperar y adaptar un sistema experimental que permanecía sin uso en la universidad.
Con el tiempo, y tras un trabajo conjunto con el Servicio Geológico Colombiano, el equipo identificó que la tecnología podría ser útil para tratar agua de pozos subterráneos, con altas concentraciones de sales. Los investigadores realizaron visitas a La Guajira, tomaron muestras y reprodujeron en el laboratorio las condiciones de algunos pozos, para evaluar la capacidad del sistema.
Uno de los aspectos más llamativos del prototipo es que intenta aprovechar al máximo cada litro. En lugar de desechar la que sale con mayor concentración de sales, la devuelve al proceso, creando un circuito que permite aprovechar más y reducir el desperdicio. El desarrollo también buscó economía. Según Torres, su construcción vale casi COP 17 millones, mucho menos que equipos comerciales. Pero, más que el ahorro, el investigador destaca que se trata de una tecnología sencilla de operar en territorios, con acceso limitado a asistencia técnica.
Los resultados, hasta ahora, indican que el prototipo puede tratar un metro cúbico de agua al día, es decir, casi 1.000 litro, suficiente para cubrir las necesidades de consumo directo de unas 400 personas. Aunque la cifra es modesta frente a las plantas industriales, para los investigadores podría representar una diferencia importante en comunidades donde el acceso al agua potable sigue siendo limitado.
Otro aspecto a destacar es el bajo requerimiento energético. El prototipo se diseñó para operar con equipos de menor potencia que habituales para procesos de desalinización. Incluso, podría funcionar mediante paneles solares, algo relevante en zonas como La Guajira, donde la radiación solar es abundante. Aunque el sistema demostró funcionar en laboratorio, los investigadores consideran que la siguiente etapa será evaluar cómo responde bajo condiciones ambientales reales.
El reto no es solo tecnológico
Como ocurre con cualquier sistema de ósmosis inversa, el proceso genera una corriente residual con mayor concentración de sales. “La idea no generarle un problema extra a las comunidades. Es importante recalcar que la corriente residual puede reutilizarse para actividades que no tengan que ver con el consumo humanocomo las labores de aseo, fundamentalmente”.
Durante las visitas a La Guajira, Torres encontró una situación que se repite en numerosos proyectos de abastecimiento: infraestructura que funciona un tiempo, pero termina abandonada por falta de mantenimiento o apropiación de las comunidades. “Cuando surge un problema y la persona que instaló el sistema ya no está, el proyecto empieza a deteriorarse ”.
Por esa razón, parte importante de la investigación es desarrollar estrategias de transferencia de conocimiento, que permitan a las comunidades comprender el funcionamiento de la tecnología y que los puedan operar de forma autónoma. “El proyecto nació para buscar prototipos que aporten a mitigar problemas de comunidades apartadas y vulneradas. La idea es que el equipo lo puedan usar fácil, pero siempre brindando el acompañamiento en cuanto a mantenimiento y observación del impacto”.
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La apuesta coincide con un momento en el que las aguas subterráneas han cobrado relevancia tanto en Bogotá como en Cundinamarca. Durante la reciente crisis de abastecimiento, la Empresa de Acueducto volvió a estudiar el potencial de varios pozos y recientemente, la Gobernación de Cundinamarca anunció una inversión de COP 12.240 millones para explorar y evaluar el potencial de aguas subterráneas en 16 municipios.
Aunque el prototipo desarrollado en la Universidad Nacional no se diseñó para resolver los problemas de abastecimiento en Bogotá ni para operar los acuíferos que estudian las autoridades regionales, sí aporta conocimiento sobre un desafío puntual: cómo aprovechar fuentes subterráneas cuya calidad limita su consumo directo. Por ahora, el proyecto avanza junto al Servicio Geológico. Los investigadores trabajan en completar el sistema integral, realizar nuevas validaciones y dar el salto hacia pruebas prolongadas en condiciones complejas.
Aunque quedan etapas antes de una implementación a gran escala, los investigadores creen que el prototipo demuestra la viabilidad de utilizar tecnologías de desalinización de menor costo, para aprovechar aguas subterráneas. En un país donde, tanto La Guajira como regiones cercanas a Bogotá buscan nuevas fuentes, la apuesta es que ese conocimiento se convierta en alternativa para ampliar la disponibilidad de agua potable.
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