En una pequeña oficina en Puente Aranda, una llamada entra al buzón de Andrea Caicedo, auxiliar de enfermería. La mujer contesta y del otro lado un hombre anuncia, con la voz endeble, la muerte de un inquilino en una vivienda en Suba. Con ademanes tranquilos y una voz segura, reflejo de su experiencia de 15 años en esto, pide algunos datos a aquella voz que todavía emerge entrecortada al otro lado de la línea. El grupo Quincy, ahora llamado Grupo GAHD, único en su clase en el país, ha recibido un nuevo caso que atender.
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El equipo se activa. En Bogotá —como en todo el mundo— alrededor de la muerte hay una gestión, unas tareas que debe cumplir personal calificado. Antes de funerarias y cementerios, se encuentra el personal que certifica las defunciones. “A cualquier persona que fallece”, explica Andrea, “se le debe hacer un certificado de defunción”. Los únicos que pueden hacerlo son los médicos. Y en un contexto capitalino, donde se registran cerca de 3.000 muertes mensuales por diversas causas, las diferentes entidades encargadas de estos certificados no daban abasto.
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Y esa fue una de las razones para conformar el grupo GHAD de la Subred Norte de la Secretaría de Salud. En sus inicios los denominaban ‘Los Búhos’ y luego pasó a llamarse grupo Quincy. El rumor es que el nombre devino de un personaje de series de crimen norteamericanas como CSI o el mismo Quincy M.E. Hoy día buscan visibilizarse como el Grupo de Atención Humanizada.
La llamada que recibió Andrea provenía de El Rincón (Suba). Un arrendatario encontró sin vida a su inquilino, de 67 años. No hay certeza de si es muerte natural o “por establecer”. El equipo se activa cuando se reporta una muerte en vía pública o en una vivienda. A diferencia de los equipos judiciales de la Policía y la Fiscalía, este grupo no atiende muertes violentas. Certifican defunciones naturales, reduciendo la presión de los entes investigativos, y acompañan a las familias en la disposición del cuerpo.
El equipo lo integran un médico, un tecnólogo en patología (que en casos con presencia de un virus como el del COVID es quien embala el cadáver), un conductor y una enfermera. En la base se realizan los informes y permanece un auxiliar que atiende las llamadas, que en este caso es Andrea. Salen en duplas de un médico y un auxiliar.
En días muy agitados pueden recibir hasta 100 llamadas, de las cuales certifican hasta 20. Las demás lo hacen las EPS y una buena porción de “muertes por establecer”, violentas o suicidios quedan a cargo del CTI o la SIJIN. “En el mes, así en el más bajo volumen, manejamos 350 casos. (...) Hemos llegado hasta 600 casos o hasta 1000 como en pandemia”, dice Andrea. Llegaron a atender 1.600 pacientes en un mes. En este proceso, uno de los médicos del equipo Quincy-GAHD perdió la vida.
El rugido del motor da inicio a un recorrido que, según don Jesús, conductor, llevará 35 minutos. Las causas de la defunción son inciertas. Lo que se sabe es que el fallecido tenía antecedentes de salud e intentos de suicidio, indicios de que podría no tratarse de una muerte natural. Mientras el carismático conductor escucha con atención la radio, el médico Gabriel Murillo Llanos y la tecnóloga forense Flor Aurora Sánchez Duarte, encargados de establecer las causas, charlan y observan el camino a través de la ventana.
El grupo se viene fortaleciendo y creciendo en personal, particularmente desde una de las épocas más difíciles de los últimos años: la pandemia. Al ser un equipo que se concentra en muertes no violentas en vía pública y en viviendas, sus integrantes permanecían horas recorriendo la ciudad para certificar todo tipo de muertes y asegurarse de que en Bogotá no se vean cuerpos en las calles, como se reportaba en otras ciudades del mundo.
Al llegar a la dirección, Flor y Gabriel no solo deben verificar el cuerpo y la escena para determinar si fue una muerte natural o si requiere intervención judicial. Una vez que se han puesto los trajes de bioseguridad, tapabocas y doble guante, su labor principal es el acompañamiento humano en esos instantes en los que una familia acaba de perder a un ser querido, lo que luego implica atravesar una serie de trámites.
Así, al aproximarse a la patrulla, que se encuentra frente a la puerta del inmueble donde hallaron al hombre de 67 años, se encuentran sus familiares. “Encontrar a la familia en un estado de shock es bastante traumático para uno. Es inevitable pensar que vamos a tener que pasar por alguna situación de esas. Por eso brindamos todo el apoyo a los familiares, con el fin de humanizar un poco la situación, de que sientan un acompañamiento, de que nosotros pudimos llegar a tiempo y que no tengan que permanecer con un cuerpo durante 10 o 12 horas sin saber qué hacer”, dice Flor.
Trabajar con la muerte cambia la perspectiva de la vida. A pesar de los años, hay casos que se quedan grabados en la memoria, recordándoles que detrás de cada fallecido hay una historia. Gabriel añade una anécdota: “uno de los primeros casos que atendí fue el de un adulto mayor que falleció. Después de hacer nuestro trabajo, su esposa nos preguntó si se podía acostar con su familiar, porque ella quería despedirlo acostada con él. Ese yo creo que fue uno de los casos que más me impactó”, cuenta.
“Antes de trabajar con la muerte, uno no asume que está presente todos los días. Al salir de la casa, uno no sabe qué va a pasar”, dice uno de los médicos. Otro integrante indica que puede ser un cargo estresante, pero “asumimos la carga emocional. Asumimos que la muerte existe y que las emociones ya las vemos de otra forma”. Durante la inspección en el barrio Rincón, la escena resulta difícil de descifrar. Tanto por los antecedentes del fallecido, como por lo hallado en el lugar. Nada da indicios de qué haya sido una muerte natural, por lo que el equipo no puede emitir un certificado de defunción en este caso.
“Después de que verificamos”, explica el médico, “lo que hacemos es tomar una de tres conductas: dar el certificado de defunción como una muerte natural; iniciar un trámite de ’necropsia clínica’, que se realiza cuando básicamente nosotros sabemos que fue una muerte natural, pero no tenemos conocimiento de qué fue lo que le pasó al paciente, y tercero, reportar cuando se considere que definitivamente fue una causa externa, un trauma, violencia, intoxicación o cualquier otra que nos indique la normatividad”.
Cuando no se logra certificar la causa de muerte, el grupo Quincy asesora a la familia en el proceso que viene, el cual pasa por otra inspección a cargo de un equipo judicial. “Las familias se sienten seguras cuando llegamos porque, aunque no los certifiquemos, los guiamos en el proceso que sigue a nuestro concepto”, recalca Andrea. La dupla termina de asesorar a la familia del fallecido y se aproxima nuevamente a la camioneta que los llevará de vuelta a la base. En una bolsa roja arrojan los trajes e implementos usados durante la inspección y don Jesús pone en marcha el vehículo de vuelta a Puente Aranda.
Al final del turno, dicen los funcionarios, queda la satisfacción del deber cumplido en una ciudad donde el grupo se asegura de que nadie parta sin dignidad. “La enseñanza que me ha dejado Quincy”, dice Andrea, que permaneció todo el rato contestando llamadas, “es primero a valorar más la vida, porque el tiempo es corto; así que hay que disfrutar cada día como si fuera el último”.
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