12 Sep 2009 - 8:59 p. m.

La mujer del mostrador

El cierre parcial de la pista norte de Eldorado hizo de agosto el mes más agobiante.

Diego Alarcón Rozo

“La barrera imaginaria. Acuérdate que hay una barrera imaginaria que impide que los insultos te aflijan, que las groserías te desencajen, que la cólera suba más arriba de los tobillos, nunca a la cabeza. Jamás te olvides, te digo, de que esa barrera existe y que es parte fundamental de tu trabajo. Mantente serena, tranquila, la paciencia no tiene límite, respira”.

Desde hace 12 años esta es la consigna que rige el diario vivir de Dorfi Balaguera, una de las auxiliares de módulo de la empresa Aires en el aeropuerto Eldorado. Mejor será decir que es la encargada de poner la cara ante los clientes, de decir desde un gentil cómo está y entregar los pasabordos, hasta dar la mala noticia de que tal o cual vuelo fue cancelado. Entonces es cuando desearía que esa barrera de la que viene oyendo desde que iba a la universidad, y de la que seguramente también les hablan a los árbitros de fútbol, estuviera revestida de acero templado.

Del cielo pueden caer meteoros y las nubes estar enmarañadas en una cadena de tornados. Eso es lo de menos, porque la gente siempre va a querer volar. “Los clientes no entienden que si cancelamos un vuelo por mal tiempo es por su seguridad, entonces, ¿qué hago?, pues pongo la barrerita de nuevo, me armo de paciencia”, y Dorfi Balaguera extiende sus manos al frente y las mueve de arriba abajo en un ademán sutil.

Trabajando en medio del caos

Es una mañana de viernes de temporada baja en el aeropuerto Eldorado. Dorfi Balaguera está sentada en su escritorio, atendiendo a un señor de apellido Restrepo. En el cabezote de la pantalla de su computador se lee Aires Terminal Emulator, y desde allí la mujer parece enviar señales al ejército ruso en un lenguaje más encriptado que el Morse. Teclea, pregunta al señor Restrepo, vuelve a teclear. Teclea códigos que sirven de llave para entrar a una nueva pantalla, a confirmar la hora, a asignar un asiento. Se despide no sin antes indicar el tiempo y la dirección de la sala que sirve de preámbulo al avión. A su lado, su compañera, una joven de nombre Catalina, permanece en silencio mientras otra mujer da la impresión de querer tragársela con los ojos y le repite hasta la saciedad que “es ilógico”. Así es el oficio, diría Balaguera más tarde.

Su trabajo no cambia a menudo, es una rutina que sólo de tanto en tanto se rompe con la aparición de personajes que le dan un respiro o que la obligan a respirar para no atosigarse. Hace un buen tiempo que no ve a Ramón, un hombre de anteojos que viajaba con regularidad y que había hecho pactos con el ridículo para no ruborizarse cada vez que se le antojaba cantarle a Balaguera canciones de Leo Dann. Decía que estaba enamorado, que para qué quiero el mundo si pierdo el alma. Para que quiero el alma si tú no me amas. Su tristeza fue grande —cuenta la mujer— cuando le dije que mi alma estaba con mi novio y que me iba a casar.

Se ve de todo trabajando en un aeropuerto. Gente famosa, gente que llora, que reza, que grita, que estalla y donjuanes, porque según Diana Moyano, la jefa, “la que diga que no le coquetean es una mentirosa”. Otros, en cambio, van sumergidos en sus propios mundos, como aquel extraño que en alguna ocasión preguntó a la auxiliar, con toda la seriedad del caso, si tenía conocimiento de cuándo iba a ocurrir el próximo eclipse lunar.

Insultos ha recibido muchos, de toda ralea y ni hablar de las veces que ha tenido que escuchar ese “es que mi plata no vale”, tan propio de nuestra cultura atravesada por la mafia. Incluso, alguna vez un energúmeno trató de golpearla antes de que un policía lo atajara. Sin embargo, nunca su trabajo le ha dolido tanto como cuando le dijeron inepta. Ese día, como rezan los manuales, esperó pacientemente hasta terminar con su fila de clientes y se dirigió a las oficinas de la empresa, a pocos pasos de su puesto, para romper en llanto en esa suerte de cuarto de los lamentos.

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